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domingo, 27 de noviembre de 2016

Ironía.

Primer capítulo.

-          ¿Tienes fuego? – preguntó Marcos tumbado en el césped inclinado y mojado por el rocío mañanero.
¿Qué podríamos decir de Marcos? Era una persona simple, a veces demasiado simple. Su pelo corto y sus ojos azules potenciaban su simpleza, la cual cada vez que se mostraba radiaba un aire de sutileza lírica. Era, evidentemente, un chico atractivo, musculado, con labia; en otras palabras: era todo aquello que todos hemos querido ser en algún momento de nuestras vidas.
Estaba sentado.
Acababa de liar un porro de maría y se lo había colocado entre los labios dificultando el habla. Aun así continuaba siendo realmente guapo. Una belleza juvenil; imberbe, fuerte y metrosexual. Sin carencias, con un carácter algo agresivo y rebelde que descolocaba completamente a las chiquillas de su clase; que más que a estudiar, se dedicaban a mirarle embobadas y a poner sonrisita estúpida cada vez que le devolvía la mirada.

-          Sí, pero preferiría usarlo para quemarme – Respondió Héctor jugando con su cipo entre las manos; hasta que, tras estar un rato pensando en silencio, se lo arrojó a Marcos –. ¿Qué opinas del suicidio? ¿No lo consideras algo romántico? Aunque dicho así… La verdad es que todo es exageradamente romántico – ambos rieron de forma sutil e irónica.
Héctor era un melancólico guitarrista, ya saben, de los que siempre se van con la música a otra parte. No se separaba de su guitarra clásica, era su firma de identidad, aunque a él le iban más otro tipo de géneros menos suaves; empero siempre había dicho que si quieres ser un genio en algo primero tienes que serlo en la base de ese algo. Típica frase adolescente sin ningún sentido.
Héctor tenía diecisiete años y Marcos dieciocho. Se podría decir que eran la escoria del mundo. Al menos así se sentían ellos.
Sin embargo Héctor no era como Marcos.
Héctor era un joven trasnochado. Moreno de ojos verdes, delgado y con una envidiosa fibra genética. Un hipster sin gafas, con una barba abundante y un sombrero negro que le cubría su corto pelo despeinado.
Vestía siempre con camisas sin marcas y vaqueros rotos que rozaban el suelo. Converse negras, como todos esperábamos, las cuales eran incapaces de brillar debido a su repugnante suciedad.
Era la esencia de lo alternativo, un rebelde completamente desubicado que buscaba el límite de su propio arte.

-          ¿Y por qué no una canción de amor? Ya puestos a hacer el gilipollas… - Contestó Marcos absorbiendo muy lentamente el humo de la marihuana, a la par que se iba tumbando en el césped.
-          ¿Crees que vendería? No sé, me inclino más por el suicidio. Además, si me suicido después de componer una canción de amor me convertiría en una leyenda – ambos sucumbieron a las risas sarcásticas.

-          Cierto, pero piensa en mí un poco y suicídate con una catana, siempre me hizo ilusión – Marcos se incorporó de nuevo –. Anda toma tu cipo y cállate, que tan solo te ha dejado una furcia – le lanzó el cipo con fuerza y le dio en el pecho a Héctor sin apenas sorprenderle.

-          Llevábamos dos años Marcos… No sé, en serio.  En realidad no la echo de menos, tan solo me siento completamente melancólico y con ganas de follar suave – Estaba triste, se le podía notar. Sin embargo jamás lloraba, era la frialdad emocional absoluta. Tantísima sensibilidad para el arte y tan poca para las emociones. Se alimentaba del dolor como si se tratase de un alimento puro que utilizaba para sus propios fines. Un psicópata muy mal orientado.

-          ¿Follar suave? ¿Qué coño estás diciendo? Nadie querría follar así, solo las niñas. ¿Ahora eres una niña? – rio. Marcos era así, agresivo y vividor. Le repugnaba todo lo relacionado con el amor. En resumen un crío inmaduro –. No digas absurdeces tío, lo que realmente necesitas es echar un polvo en condiciones, o fumar algo de hierba – le pasó el porro a Héctor con cuidado y fumó mirando al cielo, serio, absolutamente desconsolado –. Pero bueno… además del problema con la chavala esa; que espero que ya hayas olvidado su nombre; ¿cómo vas con tu otro problemilla?

-          Bueno… Hace algo de tiempo que no encuentro a ningún viajero, ya sabes. Debe ser que he estado muy ocupado emocionalmente. En parte lo echo de menos, incluso más que a mi ex. Dios que raro suena decir ahora ex… No sé, el caso es que hace tiempo que no me encuentro con nadie – sujetó el porro con las manos y le dio otra calada antes de devolvérselo a su amigo.

-          ¡Mira quién viene por ahí! ¡Pero si es en hombre con aires de mujer! – grito Marcos con una sonrisita burlona.

-          Cállate gilipollas – respondió Raquel de forma brusca y a la vez amigable a marcos mientras se sentaba junto a ellos –. ¿Cómo andáis? Espero que me vayas a dar un poco de ese porro, porque si no te voy a arrancar tira a tira la piel de tu cara, y a ver cómo vas a ligar ahora Marquitos.

-          ¡Madre mía como vienes hoy eh! Toma, toma; prefiero seguir conservando mi belleza, no todos tenemos la misma suerte – rio Marcos y se tumbó en el suelo con las manos apoyadas en la cabeza.

-          No tientes a la suerte. ¿Y tú cómo estas Héctor? ¿Quieres que pegue a la puta esa? – Raquel era muy peculiar. Una pelirroja con mechas negras en las puntas y el lado izquierdo, de la cabeza, rapado.
Agresiva y visceral. Una mujer bisexual muy difícil de tratar, pero que en el fondo tan solo necesitaba algo de cariño. No era mala persona, quizá algo alocada. Es posible que en ciertas ocasiones no pensara demasiado y le partiera la cara a alguien, pero en el fondo era una gran persona.
Tenía diecisiete años como Héctor.
Tocaba el bajo y dada su condición vestía muy punk, con camisetas de cuero y ropas rotas. Un estilo chocante y a su vez innovador. En cierta medida era bastante atractiva.
-          No hace falta Raquel, estoy bien. La hierba siempre sienta bien – Héctor ya había abandonado la realidad y sus amigos lo sabían; era demasiado recurrente para no conocerlo.

-          Al menos te ayudan a aguantar las estupideces incansables de los profesores – dijo contemplando el húmedo césped. Pese a su brusquedad se sentía afligida por no poder hacer nada para ayudar a Héctor. Siempre habían estado juntos, desde muy pequeños. Los tres se conocieron en el colegio, y desde entonces no se habían separado. Se necesitaban mutuamente.
Además Raquel odiaba ir a la escuela, creía que todo lo que tenía que aprender estaba en la vida y no en los libros; por lo tanto, se sentía angustiada. Odiaba perder el tiempo. Se hubiera quedado todo el día junto a sus amigos en la hierba fumando y discutiendo sobre la música underground.

-          Ahora que lo dices va siendo la hora, dale la última calada al porro y vámonos – dijo Marcos algo apurado.
En el fondo era un buen estudiante.
Se pusieron en pie y caminaron entre risas hasta el colegio. En realidad solo rieron Marcos y Raquel; Héctor permaneció apartado todo el trayecto, envuelto en pensamientos poco convencionales. Tenía una habilidad innata, o al menos así lo creía él, capaz de ralentizar el tiempo y apreciar la realidad de una forma más sensible y profunda. Un artista conceptual aun sin desarrollar.
Componía y caminaba.
Mientras tanto sus amigos discutían y tonteaban, no se percataban de su existencia, siquiera le preguntaban. Ellos conocían el comportamiento de Héctor; ambos sabían que era un noctámbulo, no se le podía despertar una vez dormido.
Cuando llegaron a clase todo era lúgubre y oscuro. Las sillas aún estaban encima de las mesas y nadie se había dignado a encender la luz. Los pocos alumnos que se encontraban en el aula habían entrado a oscuras y se habían sentado, bajando la silla, apoyando la cara en el pupitre para aprovechar unos segundos más de sueño.
Marcos por joder encendió las luces; nadie se atrevió a replicarle. El sistema celular de la sociedad impide el ataque a células de categoría.
Héctor dejó la guitarra atrás y se sentó en su pupitre al final de la clase. Nadie nunca le hablaba. Él siempre estaba apartado, alejado de la radiación pudorosa que sudaba la gente. Era un misántropo selecto.
Estaba de muy mal humor.
Estaba excesivamente melancólico.
Su rabia interna era fruto de una mujer, lo que le resultaba patético y romántico al mismo tiempo. En el fondo era un poeta sin talento, un genio de la guitarra. Un músico en busca de experiencias extrasensoriales; es decir, un músico más.
No se enteró en ningún momento de que había empezado la clase. Es posible que ni siquiera supiese donde estaba. Bailaba en su mente, recorría cada estímulo olvidado, potenciando la melancolía y buscando una salida a su sufrimiento placentero.
Sus manos vibraban. Era algo común en él. No sabría explicarlo, simplemente sus manos temblaban cada vez que experimentaba aquella forma artística humana; la cual se podría definir como la representación de lo conceptual en la realidad a través de uno mismo. Él notaba cómo su cuerpo padecía una enfermedad mental irremediable y luchaba con su alma para poder encerrar ese dolor, absorbiendo su esencia creadora, capaz de dar a luz a las obras más puras de la humanidad.
-          Puto coñazo de clase. ¿Cómo sois capaces de aguantar esta mierda sin estar drogados? En mis tiempos las cosas eran de otra manera. Al menos te pegaban si cometías alguna infracción, ahora no ocurre nada interesante en las clases. Parece una escuela canina; está el que saca la lengua y te mira cómo un gilipollas, él que mira la luna en busca de la paz mundial y él estúpido que tan solo piensa en follar mirando a las mujeres como si intentase hacerlas levitar. Los mataría a todos. ¿Cómo te llamas chico? – al lado de Héctor se podía ver un señor mayor, de unos setenta años, hablándole con total naturalidad. Sin tapujos. Nadie más le veía. Nadie le escuchaba. Era Héctor la única persona capaz de aguantar a ese abuelo extraño de pelo canoso y ropa de olor peculiar.
-          ¿Héctor? – preguntó incrédulo.
-          ¿No sabes tu nombre chico? Yo a tu edad ya me sabía el nombre, no necesitaba preguntarlo – dijo brusco y sonriente.
-          Me llamo Héctor y he estado fumando. Quizá seas una alucinación – Rio y siguió hablando, pero nadie le escuchaba. Únicamente aquel viejo cascarrabias podía escuchar su voz –. ¿Eres un fantasma?
-          Ves, tú eres de los míos. ¿Quién aguantaría esta bazofia sin la ayuda de la maría? Nadie. Aunque ahora que lo pienso no necesitaba contestar… Era una pregunta retórica. Bueno… ¡Qué más da! Y sí, soy un puto fantasma, ¿algún problema? Morí muchacho. Sí, morí. Yo no tuve ninguna culpa, tan solo quería algo de emociones. ¿Acaso tú no hubieras hecho lo mismo? A mi edad y anclado en una vida de mierda. Todo limitaciones – hablaba rápido y sin pausa. Era el típico viejo capaz de contarte la segunda guerra mundial en verso sin frenar para tragar saliva. Poseía un don adquirido. Yo hubiese pagado para oírle hablar, el principal problema es que lo hacía gratis.
-          No si ya… –  intentó decir.
-          Yo vivía con mi esposa. ¡Cincuenta años joder! Estuve con ella cincuenta putos años de mierda. ¿Sabes lo que es vivir cincuenta años con una sola mujer? Era una agonía. Todo eran pegas… nada de sexo… ¡Y encima era católica! Todos los domingos a misa. ¿Para qué coño quería que yo fuese a misa? Yo solo quería echar un polvo. Nada más. ¿Soy culpable por eso? Por dios… llevábamos cinco años sin rozarnos. Ella decía que ya no estábamos para eso. ¡No estaría ella! Yo era un toro – rio y se volvió a enfadar. Fue algo extremadamente curioso porque se le arrugó la cara.
-          Eres un fantasma curioso. ¿Qué solución encontraste? – dije sin saber muy bien que decir o hacer. Ahora que lo pienso fueran unas palabras un tanto patéticas.
-          La coca. ¡Oh dios, no sabes lo que es la coca! Aquello era una alegría constante. La primera vez casi me manda directo a la tumba y, ¿sabes lo mejor? Me importó una mierda. Me veías a mí, tirado en el suelo, retorciéndome y riendo a la vez. Era un sentimiento inigualable. Un día llegué a casa tan colocado que levanté de la siesta a mi mujer lamiéndole las piernas.
-          Dios… agradecería que me ahorraras esos detalles…  – puso una cara de asco tan justificable que hasta el propio viejo se rio.
-          No me seas exquisito, seguro que tú has hecho cosas peores a las muchachas y a edades menos apropiadas.
-          Es posible… pero daba menos asco, ya sabes, por decirlo de manera suave – Héctor estaba acostumbrado a estas situaciones y siempre se las tomaba a cachondeo. Es cierto que al principio le desconcertaban pero a medida que avanzaban las conversaciones se lo tomaba de forma natural. No lo consideraba ningún don, tan solo una cosa más de su vida. Había convivido con ello desde pequeño, ¿por qué debería resultarle extraño?
-          La cuestión es que se despertó y me pegó una bofetada, no sabes cuánto me reí. Fue algo mágico. Pude ver su cara entre asustada y orgásmica. ¡Me pegó! Se despertó sin saber cómo reaccionar y me pegó. Perdona si me repito, es que estoy algo mayor ya – rio, esta vez de verdad. Me resulto incluso extravagante. Un anciano riéndose de esa manera no debía ser muy normal.
-          Señor… no es por desilusionarse, más que estar mayor, usted está muerto – en cuanto lo dijo las risas inundaron la clase e hicieron un eco indescifrable por sus compañeros.
-          A eso iba, a eso iba. Me volví completamente adicto a la coca. Ya ves tú, después de tantos años de vida formal sucumbí a la depravación en los últimos años de mi vida. No sabes cuánto me alegro de haberme separado de lo convencional. Era algo ridículo. A nadie le importaba una mierda tu forma de actuar, ya eras un viejo decrépito sin nada que aportar a la sociedad. Yo quería nuevas experiencias. Asique, ya que mi mujer no se dignaba a bajarse las bragas, llamé a un prostituta. No me gusta llamarlas señoras de compañía; ¿sabes?; me resulta algo vulgar – su cara era seria pero su sonría leve le delataba. Era un viejo crío lleno de melancolía.
-          ¿Contrataste a una puta? – preguntó impactado.
-          Por supuesto que la contraté y lo mejor es que no la llegué a pagar. Porque verás tú, cuando estábamos follando en la bañera, después de ingerir dos pastillas de Viagra; pues claro, no se me iba a levantar por amor al arte. Bueno, al grano, que divago mucho. Después de eso, entró mi mujer y me golpeó con la lámpara del pasillo repetidas veces hasta matarme. Fue algo cómico, iba tan colocado que ni me enteré de que había muerto.
-          ¿Te mató tu mujer? – dijo incapaz de contener la risa.
-          Sí hijo, me mató mi mujer. Lo peor no fue eso, lo peor fue que no había terminado. ¿Sabes lo que es la frustración de estar a punto de acabar, follando sin parar, golpeándola contra la pared de la bañera y agarrándola del pelo, y no poder eyacular? Me desperté en mi forma espectral y lo primero que salió de mi boca fue “hija de puta”. ¿Te lo puedes creer? Toda una vida amargándome y en el instante más feliz va y me lo jode. Me entraron ganas de regresar solo para cortarle la lengua y obligarla a que se la comiera – se miraron fijamente intentando parecer serios y ofuscados, empero rieron como amigos tras unas copas de más.
-          Esta usted loco señor – dijo secándose las lágrimas de la risa.
-          ¡Y menos mal que lo estoy! Lo único que me arrepiento es de no haberle dicho adiós a mi mujer, en el fondo la quería.
-          ¿La querías? Pero si te follaste a otra…  – dijo incrédulo.
-          Ya sabes lo que dicen, del roce al cariño y del cariño al amor solo lo separa la fina línea de la abstinencia – volvieron a reír –. Aunque eso no fue lo mejor ni mucho menos. Lo mejor fue que tras morir, a mi mujer la apresaron y murió durante el proceso judicial.
-          ¿No la has visto por aquí? – preguntó instantáneamente.
-          ¿La has visto tú? Bua, olvídalo, no creo que la veas, se habrá ido lo más lejos posible de mí. Estará dando el coñazo a Dios. ¿A quién le importa? A mí ya no. El trato era hasta que la muerte nos separase.
-          ¿Y cómo es que sigues en este mundo? ¿No prefieres irte? – preguntó interesado, el viejo le caía bien, era un buen hombre.
-          ¿No lo adivinas? Nadie me ve muchacho, puedo ver a las mujeres completamente desnudas. En el fondo no soy más que un viejo pervertido. Tanto tiempo sin sexo me han vuelto adicto a esto.
-          ¿Y quién no es adicto al sexo? – rieron juntos por última vez y el espectro desmedido desapareció al compás del sonido estridente del timbre de final de clase.
-          ¿Héctor, estás ahí? ¿Estás bien? – preguntó Raquel asustada al ver a su amigo completamente ido sin articular palabra y con los ojos fijos en un punto imaginario.
-          Déjale, habrá visto a otro viajero – dijo Marcos riendo e ignorando a las chicas que le seguían y reían a su espalda.
-          ¿Eh? ¿Ya ha acabado la clase? – Héctor despertó confuso y desubicado.
-          Sí, ¿no has oído el timbre? – Raquel no comprendía nada, le resultaba extraño ver como su amigo cada vez se perdía más en sí mismo. Quería ayudarle pero no encontraba la manera, y a esas edades la impotencia puede llegar a ser un trauma incorregible. Aunque seamos sinceros, esa chica ya era incorregible.
-          Sí, sí, perdona. Estaba conociendo a una persona – su mente aún continuaba en los cielos y su cuerpo mostraba la decadencia en su fuero interno. Se sentía absorto, cansadísimo; era la representación irónica de un equilibrista. Convivía entre dos mundos y no sabía bien a cual agarrarse.
-          ¡Ves, te lo dije! Me debes… ah, bueno, no me debes nada porque no apostamos – rio –, la próxima deberíamos apostar – Marcos continuaba en su línea irregular. No había quien le entendiera.
-          ¿Pero de qué coño estáis hablando? ¿Alguien me lo puede explicar? – Raquel se ofuscaba y la paciencia no era precisamente una de sus mejores cualidades.
-          No pasa nada Raquel, no te preocupes. Vamos yendo hacia el patio que tengo algo que comentaros – Héctor estaba nostálgico, triste, depresivamente apático. Una mezcla indescriptible entre la necesidad y la desconsolación.
-          A saber que historias absurdas has escuchado esta vez – Marcos siempre se lo tomaba a broma. Le resultaba algo natural y gracioso. ¿Por qué desconfiar de su amigo? No tenía ninguna razón por la que mentirle.
-          ¿Escuchar el qué? Me estáis cabreando, os lo digo muy en serio. Queréis contarme ya de una puta vez que es lo que ha pasado – Raquel se sentía impotente de nuevo y era una sensación que odiaba profundamente.
Llegaron al patio y se sentaron en las gradas de piedra que daban hacia las dos canchas de baloncesto.
No era un patio especialmente grande, dos canchas de baloncesto y una de fútbol arriba de las gradas. Un patio a dos niveles separado por unas míseras escaleras.
-          Bueno, ¿qué nos tenías que comentar? Me tienes expectante – dijo Marcos entre risas y burlas.
-          ¿Qué opináis del exceso? ¿Pensáis que puede traer consigo nuevas emociones y experiencias? – Héctor era cada vez más raro y sus amigos cada vez se lo pasaban mejor con él.
-          ¿La hierba te ha afectado verdad? Tú estás muy mal y yo como una idiota preocupada…  – Raquel se mostraba confusa y enfadada, su pena no se había ido pero había reducido su preocupación.
-          Tú nunca entenderías los problemas de un hombre Raquelilla, por mucho que quieras aparentar tozudez y fuerza no eres más que una niña llorica y enamoradiza – era propio de Marcos hacer bromas sobre el físico andrógeno de Raquel, llevaban así desde que se conocieron, pero parecía que a Raquel le seguía molestando como al principio; quizá simplemente jugaban.
-          Y tú eres un gilipollas misógino – ambos rieron y dejaron correr el tiempo charlando sobre la interacción del artista en un medio caótico y despreocupado. Simples pajas mentales de críos indecisos.

Las clases terminaron rápido, apenas se dieron cuenta. Es cierto que cuando tu mente ha naufragado en planetas frondosos el tiempo vuela, asique en cierta medida hicieron trampas. Raquel no paraba de buscar una manera de ayudar a Héctor, Marcos no pensaba asique el tiempo no suponía un problema y Héctor… bueno Héctor era otra historia. No había naufragado, vivía en otro planeta poco transitado. Se había mudado allí hace tiempo en busca de aventuras irreales y complejas. Su cabeza era el paraíso  del caos mundano, una realidad atrayente y perturbadora. Un deseo magnánimo recubierto de fino cable electromagnético que transformaba su alma en un ente vibratorio incapaz de escapar de aquella tortura inquisitoria. Siempre ansiaba más, jamás estaba satisfecho; su mente anhelaba un mundo lunático repleto de fibra emocional. En resumen quería escapar de aquel lugar transitado y convertirse en un espectro infinito.
Cuando salieron de clase se sintieron libres. Un sentimiento entremezclado. Raquel se sentía apurada, anclada en una época de incomprensión y fundamentalismo. Pensamiento bastante alejado de la realidad, lo que en verdad ocurría es que no era capaz de esforzarse para contentar a la sociedad, sus ambiciones eran mucho más personales y egoístas. Compartía en gran medida el amor de Héctor por la música y sus ilusiones iban de la mano de una vida convulsa y llena de indulgencia. Odiaba en lo más profundo de su ser el control, la libertad era para ella una manifestación absoluta de la ausencia de normas. Creía en un estado natural sin límites, sin presión, sin ningún tipo de cadena directa o indirecta. Una anarquista sin estudios definidos y con ideas bastante equivocadas sobre la concepción del mundo. Un genio sensible y autodestructivo. Si hubiesen nacido de la misma madre afirmaría que Raquel y Héctor eran hermanos, pero no fue así. Raquel nació en una familia de acogida que se negaba a decirle su procedencia; lo más probable es que su familia biológica la abandonaran para vivir del narcotráfico, o irían tan colocados que las posibilidades de criar a una niña eran completamente nulas. En cambio, Héctor, provenía de una familia con bastante capital. Una suerte le decían muchos, nada más alejado de la realidad. Sus padres jamás estaban en casa, su progenitor trabaja día y noche en la directiva de una empresa de programación militar; se dedicaba a viajar por todo el mundo y ni su propio hijo sabía con exactitud a lo que se dedicaba. Por otro lado su madre era la típica pija con aires de puta que coqueteaba con los hombres como si estos fuesen sus esclavos. Siempre con la sonrisita en la boca y con una ropa juvenil que más que aminorar su edad se la aumentaba. Un intento de exteriorizar toda su juventud a través del maquillaje y de orgasmos fingidos con hombres que posiblemente ni recuerda. ¿Infiel? Bueno… hay diferentes interpretaciones. Su marido tampoco es que la respetara. En resumen ella era la mujer florero más rica de la zona y él, el hombre más afortunado, no todos los hombres se acuestan con mujeres de esa condición; pues todo es cuestionable, pero la belleza de su madre era ejemplar.
A Héctor le importaba una mierda. Hacía tiempo que había abandonado la idea de familia. Vivía por y para él. Lo único que entraba en su círculo irrisorio eran sus amigos, pero claro, hasta que dejaran de interesar.
¡El arte! En la convergencia final, aquellas tres personas pensaban únicamente en el arte.
Raquel prefería practicar seis horas al día con el bajo antes que acercarse a sus padres adoptivos, consideraba que la habían raptado y todo el amor que le intentaban profesar se transformaba en rabia en los ojos de aquella niña íntimamente maltratada.
Marcos jugueteaba con una guitarra eléctrica que le regalaron cuando tenía diez años, empero su verdadera pasión era el dibujo, es cierto que muchas veces, o la gran mayoría lo usaba para llevarse a chicas ingenuas a la cama, sin embargo era lo que le apasionaba. Siempre lo escondería y jamás lo reconocería pero el dibujo le recordaba día a día que era una persona humana capaz de sentir. Era la voz de su unicidad inequívoca.
Y bueno… Héctor, todos sabemos lo que le apasionaba a Héctor. Darle una guitarra y toda la humanidad desaparecería ante sus ojos.
Allí estaban, caminando juntos hacia sus casas, entre urbanizaciones y jardines decorativos que reflejaban la decadencia de la vegetación. Hijos del cemento, hermanos del ladrillo ilustrativo; que más que hacernos regresar a un Londres victoriano, nos convertía en míseros esclavos de un progreso arquitectónico sin creatividad.
-          ¿Hoy podremos ir a tu casa a tocar? – Raquel tan solo quería estar al lado de Héctor, él necesitaba algo y ella quería averiguarlo; o por lo menos acompañarle en sus tardes de soledad y dolor armonizado.
-          Que va, prefiero estar solo. Lo más probable es que me emborrache y componga algo. Me apetece caer en un coma etílico. ¿Nunca os ha pasado? ¿Esa necesidad de caer muerto en el suelo sin poder controlarte? No sé, me resulta tan vivaz… Tan artístico…
-          Sí vamos todo un poeta, no te jode – la contestación de Marcos fue borde pero propia. Héctor a veces desvariaba demasiado.
-          Bueno… Pienso que sería un buen plan. De todas maneras lo acabaré haciendo, nadie  ha dicho que me acompañéis. Tú seguro que estarás por ahí coqueteando con alguna guarra sin personalidad – Héctor era siempre tan pedante que su humildad ni existía. Serio, irónico, pero sobretodo altivo. Como cualquier artista.  ¿O alguien se atrevería a desprestigiar las obras de Hemingway en su cara? Ni siquiera en su cara muerta serían capaces.
-          No lo dudes. ¿Acaso hay mujer mejor? Cuánto más idiotas son, cuanto menos profundas son, mejores son en la cama. Además lo prefiero, así al final se van a sus casas y no las vuelvo a ver. Nada de romanticismo, nada de sentimientos. Un pacto carnal. Me gusta… es la polla, reconocerlo – rio y miró a Raquel como insinuándose.
-          En serio… me das asco… Eres repugnante. Mira que me gusta follar sin más; y reconozco que de vez en cuando los sentimientos están mejor en marte. Pero por dios… eres un puto machista y lo peor es que lo muestras sin tapujos. ¿Quién te crees que eres? – Esta vez Raquel se había ofendido de verdad. Siempre se mostraba ofendida de verdad.
-          No te alteres hermosura pelirroja, sabes que a ti también te gustaría – rio Marcos y miró a Héctor en busca de su aprobación.
-          Anda cállate –  dijo Raquel y todos rieron.
-          Bueno, yo me voy ya, que os vaya bien – Héctor se despidió y se encamino hacia su casa con un andar ebrio
El día se tornaba translúcido y la mirada de Héctor era indescifrable. Un muerto sonriente.
Cuando llegó a su casa todo estaba perfectamente ordenado y solitario. Dejó las cosas en su habitación y fue al salón a coger algo de alcohol. No agarró gran cosa, una botella de ron, y se sentó en el sofá desperdigado. Bebió mirando al techo, saboreando el licor repulsivo que correteaba por su lengua transformando sus neuronas en siervas de su escasa lucidez.
Allí estaba. Solo. Imaginando una vida relativa. Comprendiendo la inestabilidad del alma humana. Consumiendo las reservas de odio y resucitando al arquetipo de personas que jamás llegaría a ser.
Pura melancolía alcohólica.
-          Te veo preocupado muchacho. No deberías beber sin una guitarra en tus manos – el viejo rio, era como si la charla anterior le hubiese abierto las puertas a sus recuerdos y a su conocimiento.
-          ¿Otra vez tú? ¿A qué vienes, a violarme? – Héctor ya no sabía articular palabra.
-          Ojalá, ojalá. No, vengo a despedirme. He visto algo que no puedo contarte. Solo he de decirte que es hermoso, muy hermoso. He visto una luz en el final de una carretera somnolienta, al final de un túnel oscuro. Algún día lo descubrirás, no hay nada más gratificante.
-          ¿Has visto a Dios? – rio y volvió a entristecerse.
-          ¿En serio te lo has creído? Na, no he visto una puta mierda. Solo he venido a decirte que tengas cuidado. El amor es cruel y puede llevarte a la tumba. Uno ya ha visto mucho y en el fondo me has caído bien, llevaba mucho tiempo sin poder hablar con alguien. Espero que tengas mucha suerte en tu viaje, y recuérdalo; siempre que te choques contra un muro recuerda que habrá otro detrás esperándote. ¡Adiós!
-          Adiós…
La luna apareció en el cielo y el canto del grillo eclipsó el sonido contemporáneo y estridente de la carretera.  Todo se desvaneció ante sus ojos y regresó a su lugar de procedencia; un sueño complejo y real.




















Segundo capítulo.

-          ¡Mierda! – Héctor se levantó de golpe de la cama y lo primero que contempló fue su ropa y la de la chica que le abrazaba desperdigada por el suelo. Ya saben, sujetadores, bragas, calzones blancos; mejor no entrar en detalles, ¿no creen?
-          Em… ¿Estás despierto? ¿Qué te pasa? – tras el grito de Héctor, la chica, sin apenas articular palabra y con los parpados entreabiertos, retiró la mano del pecho de su amigo nocturno y se enderezó, sentándose con las piernas cruzadas encima de la cama.
-          ¡Qué llego tarde joder! ¿No te has dado cuenta de la hora? Dios, puta mierda, me tenías que haber avisado – Héctor cada vez se ponía más nervioso; en cambio la mujer que compartía las sábanas estaba muy relajada y adormecida.
-          Pero… ¿Avisarte de qué? ¿Siempre te despiertas así? – contestó frotándose los ojos.
-          Que llego tarde al puto conservatorio, empezaba hoy.
-          ¿Esa es tu escusa? Las he visto mejores si te digo la verdad, pero bueno, así mejor. ¿Te ayudo a recoger? – la mujer era realmente hermosa, de unos veintidós años; tres años más que Héctor. Morena, ojos azules, delgada pero con curvas. Una autentica belleza dulce y provocadora.
-          ¡Qué no es una excusa coño! No quería seguir viéndote, pero no tiene nada que ver – se miraron y Héctor continuo hablando –. Lo de ayer estuvo bien, ambos estábamos muy borrachos, yo estaba sensible… Ya sabes… Te conozco de un tiempo, eres una buena niña, y bueno… pues eso, que estuvo bien. Tampoco sé muy bien que decir, además no tengo tiempo y me tengo que ir. ¿Por dónde pilla el metro? – la hermosa mujer sonrió y no se dignó a contestarle, se tumbó de nuevo en la cama y se hizo la dormida.
-          Bueno, gracias por todo. “Qué asco de vida coño”. Adiós – se levantó y se puso a recoger sus cosas. Tardó menos de diez segundos en vestirse y salir corriendo, coger la guitarra y cerrar la puerta de aquella casa prácticamente desconocida.
-          ¿Ya se va? – preguntó un hombre trajeado de unos treinta y cinco años aproximadamente apoyado en la pared fumando. Pajarita, sombrero de copa. Un hombre extravagante, ilógico, completamente desfasado.
-          Amos no me jodas. ¿otro fantasma? ¿ahora? Esto no me está pasando a mí…  – fue directo al ascensor, sin siquiera mirarle.
Su humor era a veces… complejo.
Le miró por última vez y se despidió con la mano. Es cierto que Héctor ya no era la misma persona, pero quién lo sigue siendo tras dos años. Su nostalgia era una enfermedad que le asediaba el alma a ratos, el resto del tiempo se lo pasaba cabreado o inmerso en una realidad conflictiva.
-     Necesito hablar con usted, ¿tenéis tiempo? – el dandi se materializó a su lado en un ascensor prácticamente diminuto. Su sola presencia ya molesto a Héctor.
Su comportamiento era pintoresco, victoriano. Un hombre social por naturaleza, fiestero, culto y elegante. Su compostura era impoluta y su puesta en escena fascinante. Un hombre esclavo de la opinión, de la inmadura recreación del convencionalismo social. Siempre apoyado en la pared. Correcto y educado. Un verdadero hombre ridículo.
Se secó la nariz con un pañuelo blanco con sus iniciales grabadas en el extremo izquierdo.
Héctor pudo contemplar como sobresalía una cadena de oro de su pantalón y se adentraba en su bolsillo.
No tardó en comprobar como sacó un reloj redondo, pequeño, y lo abrió para estudiar la hora. Era hermoso, oro metalizado. Todo brillaba en su cubierta lisa y bien constituida. Una obra maestra diseñada para aparentar que el tiempo tan solo lo controlan las personas de la élite; cuando en realidad el tiempo controla todo aquello que se dedique a ostentar.
-         Son las diez y media, ¿a qué hora le vendría bien quedar? – preguntó sin apenas dar oportunidad a Héctor para hablar.
-         A ninguna joder, ¿no te ha quedado claro que no tengo tiempo o qué? No eres más que un puto fantasma muerto, ya quedaremos en otro momento, tienes toda la vida por delante; o la muerte, yo que sé – el ascensor paró y se abrieron las puertas despacio.
-         ¿A las ocho te viene bien? – pregunto el hombre sin prestar atención a las palabras de Héctor.
-         Lo que tú digas – salió corriendo sin mirar atrás, corrió y corrió hacia el metro.
-         ¡Quedamos en el puente a las ocho y media entonces! – gritó mientras veía a Héctor desaparecer en el camino.

Cuando llegó al conservatorio se sintió vacío, inseguro; envuelto en un aura de preocupación ilógica. Estaba solo en el mundo y tenía un miedo atroz a entrar por aquella puerta de madera débilmente metalizada.
Todo lo que tuviese relación con lo social le erizaba la piel; transformaba su entereza en fría angustia mundana. Siendo él, en realidad, una persona fuerte, incapaz de sentir el dolor colérico; mientras que el entorno social le devoraba como a un crío inmaduro preso de su propia ilusión inmaterial. En otras palabras su inteligencia emocional brillaba por su ausencia y su realidad, la realidad que había creado en su mente, difería en cada punto de la prosa humana. Su lírica, su poesía mística, entrelazaba con esmero y cuidado las fantasías artísticas que iban brotando en su mente desestructurada; lugar donde su subconsciente habitaba relajado, esperando a que llegase el día de implosionar, comprendiendo la verdad de lo interior.
Allí se encontraba, preso del engaño superficial. Entrando a la guerra desarmado y a una hora inadecuada.
Por allí caminaba, esclavo de una verdad alegórica. Recreándose en sí mismo, ensanchando su níveo espíritu para no parecer vulnerable.
Allí, en tierra de todos, caminó hasta llegar a la clase que le tocaba; una hora tarde.
Cuando entró todos le miraron; algunos con admiración, otros con desprecio, a él solo le importó que le miraran. Sus fríos rostros le produjeron un calor somnoliento que se cobijó en su corazón tembloroso y habló despacio y con voz leve.
-          Lo siento, me dormí – la clase había comenzado y todos con la guitarra en mano le observaron entre risas muy mal camufladas.
-          Siéntese – el profesor le ordenó con un desprecio apático, finalizado con un casi imperceptible resoplido –. “Mi vida es una mierda”.
La clase no duró mucho, todos sabemos por qué.
Al acabar fue a comer a la cafetería, donde se sintió altivo; aquel lugar era demasiado repulsivo para él.
Dejó la guitarra en la silla y fue a pedir algo simple para comer; una hamburguesa con patatas.
Cuando se sentó todo le empezó a recordar al colegio. Sintió un vació mordaz que le recorría el estómago. No le gustaba mucho la sensación de la novedad, no se sentía seguro; aunque a la vez sentía una madurez creciente, una madurez ilimitada que convertía su inseguridad en un avaricioso poder capaz de cualquier cosa.
-          Muy buenas, ¿me puedo sentar? – saludó un joven de pelo largo moreno y rizado, corpulento, ojos negros, expresivo; un hombre feo pero atractivo. Vestía alternando colores grises, blancos y negros; pantalones vaqueros, zapatillas Vans, camisa rajada sin mangas y un gorro de tela. Un hombre alto que desprendía un aura de frescura y comicidad. Héctor no llegó a entender muy bien por qué se sentó a su lado aquel día –. Me llamo Alberto, encantado – le dio la mano y se sentó.
-          Héctor, igualmente – Héctor siguió comiendo como si no hubiese pasado nada.
-          ¿Es tu primer día? Se te nota algo diferente. No eres igual que toda esta mierda – Alberto era agresivo, sin miedo, posiblemente dada su educación. Solo se había criado con su padre; campeón de boxeo retirado, lo cual le había afectado significativamente a la cabeza; por lo que podríamos decir que se había criado solo. Un joven simpático, educado pero directo. Una mezcla entre lo dandi y lo bohemio; una de las cosas que más le llamó la atención a Héctor, le gustaba la gente extraña.
-          Sí, y encima he llegado tarde. ¿Diferente o raro? No es lo mismo – ambos rieron.
-          Ya, bueno… Por cierto, soy gay, ¿no te importará no? Últimamente la gente no lo acepta muy bien – rio y empezó a comer la bandeja que había llevado a la mesa. Algo de carne con patatas fritas.
-          Mientras no intentes nada raro a mí me da igual lo que te folles – le miró serio pero Alberto se rio, siempre se tomaba todo a broma.
-          Tranquilo no eres mi tipo – sonrió – me gustan los chicos más grandes, no te ofendas.
-          Tranqui, no me ofendo – Héctor seguía comiendo como si nada.
-          Por lo que veo tu instrumento es la guitarra, ¿compones? – Alberto le miró intrigado pero Héctor siguió reaccionando como si todo le diese absolutamente igual.
-          Se podría decir que sí, de vez en cuando. Normalmente cuando bebo.
-          ¿Bebes? Qué raro en un artista, ¿no crees?
-          Ya ves – Alberto rio mientras que Héctor tan solo sonrió de forma pasiva.
-          Pues andaba buscando un guitarrista para formar un grupo, yo toco la batería. Quizá te interese. Además eres justo lo que quería. Eres perfecto – Alberto era una persona muy decidida. No había oído tocar jamás a Héctor pero sabía que era lo que buscaba.
-          Depende, aun no sé si compartimos las mismas ideas – Héctor reaccionó en seguida, sabía que era una oportunidad que no podía perder, pero no estaba dispuesto a ser uno más, él quería serlo todo.
-          ¿A dónde quieres llegar? Todo sería ir viéndolo, por ahora me interesa alguien como tú – Alberto no estaba dispuesto a perder el tiempo, sabía lo que quería e iba a por ello. Además, no era nada tonto, conocía a las personas como Héctor y por eso le necesitaba, por eso le parecía una persona irremplazable.
-          ¿Yo? A ningún lado, lo único, tengo a gente que te podría interesar – Héctor apenas se inmuto pero la oferta le pareció realmente interesante. No dejaría pasar aquella oportunidad.
-          Perfecto, ¿te parece bien que quedemos esta noche en un bar de jazz sobre las diez? Tráetelos.
-          Vale, pero llegaré tarde – recordó en aquel instante la cita con el fantasma y por alguna razón que desconocía no podía faltar.
-          Cómo si llegas por la mañana, con tal de que llegues… Bueno, me tengo que ir a clase, ha sido un placer, luego a la salida te doy la dirección. Hasta luego – terminó lo poco que le quedaba en el plato y salió bastante rápido a clase.
La realidad es una tragedia si no sabes realmente como traducirla a tu formato. Allí estaba Héctor, pensativo; acaba de conseguir lo que hacía tanto tiempo que buscaba pero en el fondo no se sentía preparado, y a la vez, su mente transitaba por la atmósfera de la tierra en busca de una razón para entender el motivo del encuentro con aquel fantasma pintoresco.
Se levantó de la silla y fue de nuevo a clase con su guitarra a la espalda. Sin articular palabra con persona alguna, sin prestar atención; tocando por inercia y dejando pasar el tiempo desganado y somnoliento. Una mezcla profana entre el caos y el orden, lo cual le llevaba a la conclusión de que en realidad no tenía idea alguna de su futuro. Sus objetivos no eran más que escusas para no pensar en el final, en su muerte insignificante, en la muerte de su propio significado. No dejaría jamás una huella tan grande capaz de definir su propia existencia. Lo sabía, en el fondo lo sabía y no hacía más que mentirse a sí mismo para no pensarlo; para escapar a aquella verdad atroz que le consumía inconscientemente.
Cuando salió de clase se encontraba mal, estaba pálido, con nauseas. Su mente exprimía cada grado de desconsolación y sus lágrimas seguían sin aparecer. Su frialdad abrumaría a cualquiera, su compostura innata. Un hombre hecho y derecho que nunca dejaría de ser un niño sin infancia. Corroído por su propio ser, por su propia razón, por sus propias mentiras…
Ahí estaba, en la puerta que abría un mundo enorme e inaccesible. Sin fronteras claras. Sin límites más allá de sus propias reglas. Y él, en su soledad incandescente, oteaba el universo como un jugador sin pilas, sin fuerzas para ganar, sin fuerzas para intentarlo. Un mero instrumento de un sistema que invadía su fortaleza y lo obligaba a seguir un camino que aborrecía.
-          ¿Estás bien? – dijo Alberto al pasar por su lado. Su lividez había aumentado, y su luz estaba completamente apagada. Parecía un muerto en vida.
-          … Sí, perdona… Estaba pensando… en mis cosas. Lo siento – Héctor ni le miró a la cara, siguió mirando el horizonte manchado por la sangre de un sol que se apagaba cada día.
-          Ya que te he encontrado te digo la dirección, quedaremos en el local que hay a dos calles al norte del puente, usando el navegador del móvil llegarás en cinco minutos. Te lo he dejado la dirección en esta nota, toma – Le dio con cuidado una nota amarilla con la calle del local de jazz. Héctor la cogió despacio y la metió en su bolsillo.
-          Gracias. Estaré ahí sobre las once – la voz de Héctor asustaba, era funesta y horripilante.
-          ¿Seguro que estás bien? – Alberto estaba preocupado, aunque en realidad le era indiferente.
-          ¿Qué?, Ah sí, perdona, estoy bien. No te preocupes – Héctor le miró con una sonrisa inquieta y prosiguió observando el atardecer.
-          Vale, vale. Nos vemos allí, me voy. Hasta luego – esta vez la voz de Alberto sonó seca, y su cuerpo se disolvió en el espacio al cruzar la calle.

Su mente volaba sin alas, descendiendo por barrancos empinados, repletos de rocas desgastadas, buscando en algún lugar de la montaña una respuesta a sus desánimos descontrolados.
Dejó atrás el conservatorio y se dirigió pausado al puente que sobrepasaba la autopista; el típico puente sucio y feo que transcurre por una ciudad típica y desabrigada. Caminó lento pero seguro, ya saben, esa seguridad de aquellos que viven en su pompa y lo único que ven de la realidad es su oscuro suelo.
Tardó poco en llegar, la verdad es que no estaba muy lejos. Aunque también podríamos decir que todo pasa más rápido si no dejas de pensar en la propuesta de una nueva vida.
-          Parece que ya llegaste. Aunque… es un poco pronto, ¿No cree?, Quedamos a las ocho y media y son menos diez, ¿A qué se debe tanta prisa? ¿No sabe que es de muy mala educación llegar pronto? Qué mal gusto… Bueno… será cosa de jóvenes. Ya que está aquí, le quería comentar una cosa… ¿Ha visto la hermosura del vacío? Cada vez que me siento a apreciar la singularidad de este sitio, lo pienso, las vistas del puente son hermosas, el vacío que crea es cuanto menos, ¡espléndido! ¿No cree?
-          ¿Para eso he venido, para escucharle mientras dice gilipolleces? No tengo tiempo la verdad, mi día ha sido una mierda y muy extraño, no tengo porque aguantar esto. “No tengo porque aguantar esto...” Adiós – Héctor se dio medio vuelta y se dispuso a irse, cuando de repente el hombre saltó del puente y se precipitó hacia la carretera. Héctor fue corriendo a socorrerle, al menos lo intentó, pero lo más que pudo hacer fue apoyarse en la barandilla y observar como aquel fantasma chochaba contra el suelo y desaparecía.
-          Perdona, no he sido muy educado. Mi nombre es Will Thomson; encantado – El fantasma apareció a su espalda y casi provoca que se fuera puente abajo. Se giró, y lo pensó, cómo pudo haber creído que un fantasma se iba a matar… era sumamente idiota.
-          Encantado…  –  tartamudeó –. Yo soy Héctor – ambos se dieron amablemente la mano –. ¿Qué quieres de mí?
-          Bien, esa es la pregunta. A ver… ¿Qué quiero de ti?
-          Pues si no lo sabes tú… – susurró Héctor.
-          Era una frase hecha, no te precipites. Me gustaría que me salvara, estaba buscando algo, y no sé dónde podría encontrarlo. ¿Usted conoce algún lugar donde poder olvidar? Mira, le cuento. Bueno, a ver… No sé cómo pedírselo… ¿Usted no sería capaz de conseguirme algo de… opio? Ya sabes… para un amigo.
-          ¿Opio? Dios cada vez se os va más la puta cabeza, ¿qué va a ser lo próximo? No, señor, eso no se puede conseguir ya, lo siento – Héctor estaba sumamente irascible ese día.
-          Bueno… lo entiendo…  – El pintoresco dandi comenzó a caminar hasta la barandilla, se subió a ella y volvió a precipitarse al vacío sin ningún tipo de móvil.
-          ¡Joder! Todos están como cabras, ¿por qué coño tengo que aguantar todo esto? ¿Acaso es idiota? Dios…
-          ¡Hola! Muy buenas, ¡llegas puntual! Son las ocho y media. ¿Trajiste opio? – apareció de nuevo frente a él, como si nunca se hubiese tirado.
-          Madre mía… esto es increíble – Héctor ya no podía más, todo era demasiado extraño e irritante para él.
-          ¿A que sí? La vida es hermosa… ¿Le gusta mi reloj? – sacó de su bolsillo el majestuoso reloj de oro con el que manipulaba el tiempo y se lo mostró sin soltarlo ni un segundo –. Fue un regalo de mi madre. Siempre fue una persona muy pobre, pero un día caminando por este mismo puente, allá por los años olvidados, se lo encontró en un escondrijo de cemento.
-          Interesante – en realidad no le importaba una mierda.
-          Me lo dio un día muy soleado, aun me acuerdo, yo aún era un niño sin ninguna ambición, me dijo: “Cuídalo, es capaz de controlar el tiempo” – derramó una lagrima escurridiza, y al mismo segundo sonrió de forma exagerada e histriónica –. ¿Quién no se lo hubiese creído? Era un niño ingenuo y pobre, lo único que podía hacer era soñar con fantasías absurdas.
-          Pero a por qué narices me cuentas esto…  – dijo Héctor ya desesperado. El dandi ni siquiera se inmutó.
-          Al día siguiente, un día lluvioso, mi madre se suicidó. La verdad es que esa mujer no me daba lo que yo necesitaba para ser feliz, asique no la lloré mucho – su mirada regresó al precipicio.
-          Ni se te ocurra.
-          ¿El qué?
-          Ni se te ocurra volver a saltar.
-          ¿Volver? Bueno, mi madre murió y la enterramos en un campo cerca de aquí sin ningún tipo de ceremonia o lujo, y yo, pues bueno, yo me dediqué a deambular por las calles en busca de alimento.
-          Pero vamos a ver… No es que me interese, pero, ¿tú no eras rico? ¿No dijiste tú que eras de la élite? Que lío, no sé, quizá lo dijese otro, pero de todas formas, mírate por favor, no creo que un niño callejero tuviese muchas posibilidades para triunfar en esa época – lo que sentía Héctor era pura incredulidad, aunque en el fondo le daba igual.
-          Yo empecé a ser rico, ¡era un hombre libre! Muy educado por cierto, que le quede bien claro, yo siempre fui alguien muy educado. Fui creciendo, sobreviviendo a aquella barbarie social y fui encontrando mi camino en el asfalto, pedía limosna, robaba a los transeúntes y dormía en un arbusto cerca de un parque del centro.
-          Esto es incomprensible te lo digo en serio, estás como una puta cabra – él proseguía, siquiera escuchaba las contundentes palabras de Héctor.
-          No tardé en sentarme en esta barandilla. Tendría aproximadamente veintidós años. Me senté, miré el vacío, miré mi reloj y me hice de oro viajando en el tiempo, pasaron siglos para mí, mientras que en realidad no pasaron ni dos segundos, justo lo que tardé en sentir el suelo. Y aquí estoy, ahora soy un hombre poderoso gracias a este reloj tan fantástico – se le iluminó la cara, era como un niño tras recibir un sinfín de regalos.
-          Dios mío… preferiría no decir nada – fue la primera vez en todo el día que Héctor sonrió, aunque fue bastante leve.
-          Bueno señor, es hora de irme, nos veremos otro día – Will saltó de nuevo y no volvió a aparecer…

Se sentó, se sentó en la barandilla de aquel puente y esperó, sin esperar, a que algo que no iba a suceder sucediese; esperó calmado, con los ojos cerrados, a que la respiración del cielo le acuchillase la cara y lo liberase de sus sueños invernales y vacíos; esperó que el destino se hiciese a un lado, que la realidad le abandonara, y que, por unos segundos, fuese capaz de olvidar todas las reglas y ataduras.
El móvil comenzó a vibrar en su bolsillo.
Se levantó y caminó por la orilla de aquel río de luces y asfalto; se levantó sin esperar nada, con la única convicción de llegar a un garito donde la música se escuchaba y no se oía; caminó con la mirada pérdida por aquel lugar andrógeno y peculiar, un sendero donde la guerra contra lo natural había deteriorado todo lo que muchos amamos.
Él lo pensó, aquellos árboles prisioneros del asfalto no eran más que monumentos maquillados por el hombre, ofendiendo de manera cruel al mundo que les soportaba.
No tardó en llegar.
Abrió la puerta, la cual, estaba pegada a un edificio antiquísimo.
Entró.
Se sintió vacío, desconsolado. Se sintió nervioso, ahí estaba su destino, él lo tenía claro, y eso le asustaba; le asustaba pensar que el mundo le tenía algo preparado mientras luchaba por desprenderse de cada limitación prestablecida.
-         ¡Muy buenas! Ya era hora de que vinieses, ¿al final vienes solo? – a Héctor se le había olvidado por completo avisar a sus amigos, toda la infumable situación con aquel desconocido le había trastocado los esquemas. Muy en el fondo una idea había surgido gracias  la conversación, una idea que no se movería ya jamás de su cuerpo.
-         Dios, perdona, se me ha olvidado por completo. Ahora mismo les escribo para que se pasen – hizo amago de coger el móvil, pero Alberto le interrumpió.
-         No te preocupes, no pasa nada, mañana me los presentas, mejor divirtámonos ahora, ya mañana hablamos de lo del grupo, mira estos son mis amigos…  – Alberto le presentó a sus amigos, de los cuales no hay nada que decir, no eran nada del otro mundo, simples marionetas idealizadas de la sociedad.

El tiempo pasó rápido, las drogas y el alcohol le recordaron aquella idea interiorizada. Debía vivir, necesitaba experimentar cada elemento vital para desarrollar su experiencia; en cualquier situación debía reír, en cualquier momento debía aguantar, soportar cada pedrada, cada pisada; de esta manera olvidaría las reglas y comenzaría a sentir en su piel la luz de la transcendencia.





















Tercer capítulo.

Héctor se despertó entre sudores fríos y una repulsiva resaca en el sofá de una casa completamente desconocida. Un lugar que desprendía un soplido viejo y conservador, el cual a Héctor repelía y angustiaba. Un reducto arcaico y adulto que mostraba a Héctor la decadencia de los años, la estable monotonía de aquellos que son sedentarios por cultura y comodidad. Allí, en ese lugar, Héctor despertó desconcertado, mirando a cada rincón con el fin de encontrar una explicación racional a su desfase mental, y entonces, en la cúspide de la desconsolación la puerta de una de las habitaciones se abrió suave y silenciosa.
-         Uff… que noche más apasionada – rio Alberto –. ¿Ya te has levantado? ¿Cómo te encuentras? Ayer desfasaste un poquito bastante – volvió a reír –, aunque la verdad es que no estuviste muy receptivo.
-         ¿Receptivo a qué? ¿Qué cojones pasó ayer? – la cara de Héctor palideció en cuestión de segundos –. ¿No habré…?
-          Tranquilo, tranquilo. No hiciste nada extraño – rio Alberto de forma tenue –. Aunque no te voy a mentir, me hubiese gustado bastante la verdad, estás muy bueno – la carcajada de Alberto no fue comparable a la cara de mala leche de Héctor –. Pero tú tranquilo, no hiciste nada, fue una noche divertida nada más, eso sí, yo me lo pasé realmente bien.
-          Menos mal, no es que me importe pero no tengo ninguna gana de que me follases el culo – Alberto esperó a que Héctor sonriese pero a lo único que llego fue a guiñarle un ojo con la cara bastante seria.
-          No seas malsonante hombre, yo no hago esas cosas, es posible que al contrario… bueno, no te ralles, no pasó nada, ya está. Hablemos de otras cosas. ¿Has tomado ya una decisión sobre lo del grupo? Había pensado que quizá, ya que ayer se te olvidó, quedáramos hoy con tus colegas para hablarlo.
-          Sí, podríamos. No es mala idea.
-          Mira, aquí abajo hay un Starbuks, podríamos quedar allí al medio día y hablar mejor las cosas. Entre todos seguro que sacamos algo en claro – Héctor le miró y Alberto le puso una mano a través del hombro –. Yo te cuento, mi intención sería crear un género, o una variante de un género, completamente nuevo, necesitamos crear una idea completamente nueva, y tengo la impresión, puede que me equivoque, que tú eres una persona capaz de eso – Héctor no dejó de mirarle.
-          ¿Qué coño haces? Quita esa mano de ahí, yo no tengo ningún problema con eso, incluso me parece una buena idea, pero deja de intentar sobarme, y sobretodo aparta esas confianzas que me traes – la mirada qué le echó Héctor a Alberto fue sentenciosa. Quitó la mano casi de golpe y la puso en sus piernas.
-          Bueno, creo que ya ha sido suficiente, nos vemos más tarde abajo. Tú haz lo que quieras, puedes quedarte o irte, es decisión tuya – esta vez su tono fue más serio. Sé levantó y se dirigió de nuevo al cuarto.
-          ¡Al fin vuelves! – se escuchó dentro de la habitación.
-          ¿Bueno qué, follamos o seguimos haciendo el gilipollas? – Alberto se rio y la habitación se insonorizó para Héctor.
Se mantuvo sentado un largo tiempo en aquel sofá de franela caucásica, meditando cada cosa que le había pasado en los últimos días. Miró su guitarra y le vino la inspiración. La agarró y tocó, rasgó mientras la instrumental de fondo le acompañaba con jadeos y gritos de pasión acelerada. Él no se detuvo, continuó tocando y tocando, agilizando el ritmo cada vez más, sin llegar a comprender si ellos le seguían a él o él les seguía a ellos, el caso es que fue algo frenético hasta que, sin más, sucumbió a la necesidad de un final cortante y estrepitoso.
Se levantó, guardó la guitarra y se marchó de ese lugar repugnante.
Una vez en la calle, abrigado y desprotegido; sacó el móvil y llamó a Raquel. Ni yo sabría explicar porque decidió que ella fuese la primera, siquiera creo que eso fuese de suma importancia. Hablaron escasos segundos y decidieron verse para comer en la cafetería que Alberto le había indicado. No necesitó llamar a Marcos ya que llamar a Raquel suponía que el otro se enteraría en menos de lo que él tardaría en sentarse y coger calor en el lugar de reunión.
Lo buscó sin perder mucho más tiempo y no tardó en encontrarlo.
Abrió la puerta, se compró un café y ojeó la sala con el fin de encontrar un lugar protegido y apartado donde sentarse.
Una vez sentado, sorbiendo el café poco a poco; una vez se le hubo quemado la lengua como a todo humano que consume un café de cafetería, miró a su alrededor, no buscaba nada, no ansiaba nada; siquiera posó la mirada en un sitio concreto, tan solo viajó por su mundo irregular con el fin de dejarse llevar y transpirar. Quería recordar lo que sucedió el día anterior, pero fue incapaz. Su mente volaba a través de senderos oníricos incapaces de aportarle una respuesta real, o al menos artificial, que le guiara por aquel mar de dudas. No entendía muy bien hacia dónde dirigirse, ni que hacer; tan solo tenía clara una cosa, necesitaba  volar. Necesitaba volar, y por desgracia, nació sin alas.
Estaba sucio y olía mal, se encontraba mal consigo mismo. Le daba un asco terrible su situación y aún más su indeseable y leve reflejo en el cristal transparente que mostraba las irregularidades de las personas que cruzaban la calle.
Vagó por la realidad, olisqueó con su desprecio a las personas que residían en ese lugar, que transitaban, que deambulaban, que se despedían, que se besaban, que se acariciaban y que discutían, sin tener siquiera una explicación sincera, quizá, simple envidia; pero algo en aquel lugar llamó su atención, algo trastocó su calma inestable y fijó su mirada en un rincón. Allí, en la oscuridad; allí en donde los ojos del hombre no obtendrían visión por su oculta belleza no superficial, existía un cuerpo de mujer incapaz de moldearse ni en los sueños más capaces.
No pudo dejar de mirarla.
Todas sus obsesiones, sus inquebrantables imperfecciones, regresaron al olvido para dar paso a la admiración. Su cuerpo sanó por dentro y renació con convulsiones imperceptibles que le agitaban el estómago y le presionaban las ideas.
Su mirada era fija, era ilimitada.
No parpadeó.
Prosiguió con su hazaña, con su cobarde hazaña.
La miraba con tal dulzura que la gente empezó a percibir esa bondad; la recitaba tales versos con la mirada que hasta ella misma notó un escalofrío.
Ella giró la cabeza y buscó aquellos suspiros de pasión incontrolable, de admiración sofocante.
Él la evitó por completo, evadió su mirada. Se escondió en su prosaica pestilencia. Dejó de observarla, se apartó y se olvidó de ella, no era digno de su pureza, o al menos así lo creía.
Ella se acercó sin que él le viera, despacio, recreando un clima de armoniosa paz. Se aproximó a su enigmático pretendiente visual y se sentó a su lado, contemplando el infinito en sus hermosos ojos verdes.
-          Hola, ¿estás aquí solo? – su voz era suave, cariñosa, repleta de bondad. Era una mujer y una niña. Su sonrisa… porque sí, sonrió, y él, observó una sonrisa que daba pánico que se pudiese desgastar, que se pudiese apagar. Su piel, su piel era blanquecina y rosada, con errantes lunares escondidos. Su cara era angelical, con los mofletes marcados y hoyuelos recogidos, que al sonreír, salían del mar como sirenas enamoradas.  Era hermosa, era una belleza natural, una belleza que removía a las personas, que las hacían grandes y preciadas.
-          Sí, bueno, sí, digamos que sí, ¿tú? – Héctor no supo que decir, apenas podía mirarla a la cara, ya ni hablemos de sus ojos, que ni llegaron a contemplar ese iris acaramelado que conducía en menos de un segundo a la obsesión más desmedida.
-          Suelo venir por aquí, me gusta sentarme a escribir mientras disfruto de un café frío – sus palabras desgarraban el corazón de Héctor, le costaba mantener la conversación, no entendía lo que decía, tan solo disfrutaba de la sinfonía vocal, sin la necesidad de darle un sentido a aquellas palabas alegóricamente seleccionadas.
-          ¿Frío? – fue estúpido, sus temblores le traicionaban, y su vergüenza a que oliese o percibiese su indigna compostura le aterrorizaba.
-          Sí, ¿soy rara verdad? – le miró con ternura y sonrió –. ¿Qué te ha pasado? Parece que no has dormido en toda la noche – esta vez rio, de forma bonita y despreocupada, pero rio. Héctor se murió de vergüenza, pues su temor se había hecho realidad.
-          Sí, no – tartamudeó –. No dormí, no, no estaba muy bien y salí a… beber, no, bueno, salí a tomar algo, ya sabes.
-          No, no sé – volvió a reír con esa ternura propia de la gente bondadosa y confiada –. Parece que desfasaste mucho, ¿ya estás mejor? – le miró de una forma tan sumamente cariñosa, que le consoló.
-          No desfasé, tan solo… olvidé… No pasé un buen día ayer – no sabía por qué pero Héctor se abría, se mostraba tal y como era. Ella le entendía, le miraba con una mirada especial, cálida.
-          Ya es un nuevo día, no te agobies, todo irá a mejor sea lo que sea. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Lucía – le tendió la mano y Héctor tardó unos segundos en dársela para saludar, permaneció un tiempo contemplando con admiración sus suaves y delicadas manos.
-          Yo… Héctor… Encantado – volvió a tartamudear, aunque esta vez le echó valor –. ¿Qué haces? ¿Estudias? – hasta el mismo reconoció que la pregunta era absurda y tonta, pero necesitaba hablar, decirla algo.
-          Sí – su sonrisa fue majestuosa –, estudio bellas artes, me gustaría mucho llevar algún día una galería de arte. Además, me encanta escribir y dibujar. ¿Tú? ¿Tocas la guitarra? – dijo mirando su guitarra apoyada en la mesa.
-          Sí, empecé ayer el conservatorio. Encuentro en la música lo que no encuentro en esta sucia realidad – se le escapó, se sentía tan apoyado y comprendido que se le escapó –. Perdona, lo siento, no pretendía ser tan… “ofensivo”.
-          No lo has sido, cada uno tiene su forma de pensar – le miró y le sonrió, siempre sonreía –; pero, ¿no crees que quizá todo sea hermoso? Yo miro a las personas y veo tantísimas cosas buenas… Es cierto que hay muchas malas, pero hay que sonreírle a la vida, vivir y si algo no te gusta, cambiarlo, cambiarlo desde el cariño. Yo me siento muy a gusto con mi vida; eso no quita que haya pasado malos momentos, pero me siento bien, hago lo que me gusta, veo cosas hermosas cada día y conozco a mucha gente que me aporta una nueva forma de pensar. No hay que quedarse con lo malo, hay muchas cosas que te pueden hacer feliz, es lo bueno de la vida, que es tan variada que se puede encontrar de todo – su mirada era acogedora.
-          Ya bueno, cada uno tiene su vida y su forma de ver las cosas. Yo nunca he sentido que formase parte de esta realidad. Nunca lo entendí y siempre he buscado formas de vivir al margen – cada vez se sentía más a gusto hablando, pero esta vez se le notó algo disconforme con lo dicho por Lucía.
-          ¡Pues eso es un problema!, hay que buscar razones que nos unan con la vida. ¿Has viajado? Hay cosas tan bonitas en lugares que ni te esperas… Nunca te ha pasado que en algún lugar o en alguna situación te has sentido vivo, te hayas sentido repleto de vida y energía, esos momentos en los que solo te queda decir… gracias, muchas gracias por seguir viva – su entusiasmo era alucinante, y su carisma y belleza… aún más. El entorno ya no importaba, se había alejado de aquel lugar repugnante y había encontrado un lugar recóndito donde estar feliz, estar cómodo. Ella era la razón, ella era aquello que necesitaba, ella le transmitía una paz que nunca nada se la había otorgado.
-          No, nunca me he sentido así. Siempre me he sentido solo, aislado y despreciado por todo y por todos. He vivido toda mi vida lejos de lo cotidiano, lejos de la monotonía, ni siquiera con la música he sido capaz de olvidar y sentirme bien. Para mí la música siempre ha sido una obligación, un deber. Una responsabilidad que me torturaba, una necesidad al fin y al cabo – sus sentimientos cada vez eran más profundos y cada vez se agitaban más y más –. Lo siento, no quiero aburrirte tampoco.
-          ¡No me aburres hombre! – me sonrió de nuevo y se iluminó su preciosa cara –. Entiendo en parte tu sentimiento, siempre has tenido esa necesidad de mostrar algo al mundo. Esa necesidad de dejar huella o algo parecido. ¿No es así?
-          Sí, más o menos, ya no sé ni lo que necesito. ¿Podríamos hablar de otra cosa? ¿Cuál es tu sueño? – Héctor se estaba agobiando, entre la sensación de felicidad absoluta que le consumía y la sensación de repugnancia frente a sí mismo, estaba inquieto y no sabía bien dónde meterse.
-          Mmm… – meditó –, no lo sé, no creo que yo tenga de eso, vivir y ser feliz, ¿no es ese el mejor sueño? ¿Ser feliz? No, lo más importante vivir, mi sueño es vivir.
-          Vivir es fácil, lo más complicado es saber morir – le salió solo, no lo pensó.
-          Para mí morir es una angustia, dejaría de lado todo lo que para mí es hermoso. No volvería a ver un atardecer, un pájaro cantando al amanecer, un árbol al que se le caen las hojas… No me agrada nada la idea – esta vez no sonrió, su mirada se quedó en el vacío.
-          Quizá tengas razón…  – no terminó de hablar cuando Lucía le interrumpió.
-          Me tengo que ir, lo siento, no puedo seguir aquí contigo. Ya nos veremos, ¡hasta pronto! – aunque el final fue simpático y cariñoso, se la notó angustiada y temerosa por algo que Héctor no logró entender.
-          Pero…  – Héctor no consiguió decir nada, en menos de diez segundos ella había abierto la puerta y se había marchado.

No camufló su tristeza, se mostró apagado y deteriorado por la situación, necesitaba huir de aquel lugar decrepito. Regresó a su pesimismo absoluto y fue como si le hubiesen devuelto a la realidad con pavorosa crueldad.
Se levantó para irse cuando de repente escuchó a alguien gritando su nombre.
-          ¡Héctor! ¡Héctor! Al fin encontramos el sitio – vio a Raquel entrando por la puerta y acercarse hacia él con Marcos.
-          ¿Ya te ibas cabrón? Joder, no hemos tardado tanto – rio Marcos.
-          ¿Qué hacéis aquí? – preguntó Héctor extrañado.
-          Habíamos quedado, ¿no te acuerdas o qué? – respondió Raquel extrañada.
-          Habrá visto a un fantasmilla en sus delirios y se le habrá ido la cabeza de nuevo, ¿a qué sí? – Marcos le pegó suave en el hombro con el puño cerrado y sonrió.
-          Más o menos, bueno, sentaros entonces – dijo Héctor.
-          ¿Queréis algo? Ya que estoy de pie os invito a algo que además os quería contar una cosa – Preguntó Raquel animada.
-          Si nos vas a contar a cuántos te has tirado, o a cuántas, no nos interesa, aunque si quieres que follemos, pues sí, me interesa – Marcos seguía igual, Héctor siempre pensaba que algún día Raquel y él acabarían liados.
-          Cállate coño, ¿queréis algo o no?
-          No gracias Raquel, siéntate, no pasa nada – Héctor estaba en su pompa, solo pensaba en aquella chica de ojos alegres y pequeños.
-          Yo sí, tráeme un café por favor, y después limpia la mesa si puedes – Marcos a veces cansaba con sus insinuaciones, nunca paraba, no tenía freno.
-          Este chico es tonto te lo digo en serio, pues nada, ahora vengo – Raquel se fue a la cola para pedir algo para beber mientras ellos se quedaron hablando.
-          Bueno, ¿qué? ¿Qué es de ti? Me contaron que te follaste a la rubia esa del barrio. Cuéntame, ¿cómo es? Ya sabes…  – Marcos siempre era igual, a Héctor le comenzaba a cansar su actitud, era insulso, simple, muy simple. Era el más apegado a la realidad de los tres, demasiado superficial.
-          No es el momento Marcos, me ha pasado algo raro y no estoy para gilipolleces.
-          ¿Otro fantasma? Deberías estar ya acostumbrado – a Marcos le aburrían esas historias, el necesitaba acción constante.
-          No, no tiene nada que ver, he conocido a alguien – a Héctor se le iluminó la cara a pesar de su tristeza.
-          No jodas tío, el amor no lleva a ningún lado, déjalo pasar, fóllatela, divertiros los dos y continua componiendo tus alegóricas y tristes canciones. Joder que mierda, ¿Aquí no se podrá fumar no? Puto estado de mierda… – a Marcos le agobiaba no poder hacer lo que necesitaba o quería en el momento en el que lo necesitaba o lo quería.
-          ¡Ya estoy aquí! Toma Héctor, te vendrá bien – le ofreció una taza de café con nata bien caliente.
-          No era necesario, pero gracias.
-          De nada, y para ti esto, por pesado – le tendió a Marcos una tacita de expreso diminuta.
-          Gracias, es perfecto – la mirada de Marcos fue lasciva, pero a Raquel pareció no importarle –. ¿Qué nos querías contar Raquelilla?
-          ¡He conocido a un chico! Es fantástico, es raro, os lo tengo que presentar. Llevamos saliendo un mes ya, y parece que va para largo. No me lo creo ni yo, me gusta mucho, creo que me he enamorado – la cara de sorpresa de Héctor y Marcos fue apoteósica. Era su amiga, la amiga macarra y bohemia del grupo, siempre jugueteando con el anarquismo y con el feminismo más radical, y ahora… se había enamorado, era increíble cuanto menos.
-          Dios mío otra que no aprende… El amor es para gilipollas sin personalidad, para personas que no son independientes. Y además, ¡tú! Pero donde vamos a acabar… ¿Pero qué coño os pasa? – a Marcos se le notó demasiado alterado, bastante más de lo que era habitual en él. Héctor llegó a pensar que estaba celoso, aunque no le dio demasiada importancia. Raquel se quedó vergonzosa mirándolos, como si no se sintiese muy a gusto hablando de eso pese a su ilusión.
-          No sé qué decirte… si tú eres feliz, lo único, que me parece extraño, creo que lo entiendes. Nunca has sido de novios, incluso te veía más con una chica que con un chico, pero bueno, es tu decisión y te apoyaremos en todo – Héctor continuaba en shock, no podía evitarlo, tampoco prestaba mucha atención a las cosas que decía u ocurrían.
-          Ya… os entiendo, pero es que es genial, lo tiene todo, necesito estar con él. No sé qué me ocurre, os lo presentaré algún día de estos, y Marcos no te pongas así, algún día te pasara a ti y tendré que apoyarte no reírme o enfadarme – Raquel estaba distinta, hablaba diferente, no era la misma persona que Héctor conoció.
-          ¿Pero qué coño te ha pasado? Tú no eras así, pero tú sabrás, si necesitas algo aquí estoy, eso sí, si sucede algo no dudaré en decir “te lo dije” – esta vez Marcos rio a pesar de que todos le notaban irritado.
-          Dejemos esto a un lado – dijo Héctor –. Quería comentaros algo. Un colega del conservatorio, un tanto… especial, me ha propuesto formar un grupo. ¿Os interesaría? Yo tengo dudas, pero vosotros diréis, me hace ilusión, puede ser interesante.
-          ¡Al fin me lo propones! Esto es mucho más emocionante que un “cásate conmigo”. ¡Por supuesto que quiero! ¡Sí, joder, sí! – Raquel gritó y la gente les miró incrédulos.
-          No gimas niña, que ya tenemos una edad – contestó Marcos –. Bueno… Sí, podría estar bien, hay que probar de todo en esta vida. No estaría mal. Ya me irás diciendo cómo lo quieres hacer.
-          Mira ahí entra mi colega – Alberto entró por la puerta y Héctor le hizo una seña para que se aproximase a la mesa, colocaron una mesa más y una silla para entrar todos –. Mira os lo presento, se llama Alberto.
-          Hola, muy buenas. Oh, ¡Qué chico más guapo! ¿Cómo te llamas tú? – preguntó a Marcos sin siquiera mirar a los demás.
-          Mmm… ¿Eres gay? – rio Marcos.
-          ¿Acaso hay alguna duda? – Dijo Alberto buscando la aprobación del grupo.
-          No, ya se ve, de todas formas es normal que te fijases en mí – Alberto y Marcos rieron.
-          Entonces, ¿ya se lo has contado? – dijo Alberto.

La conversación continuó fluida, todos se echaron unas risas y halaron de lo que tenían pensado acerca del grupo que querían formar. Héctor prosiguió en su mundo, buscando una explicación racional al momento arcano que había presenciado, solo podía pensar en aquella mujer, en aquella belleza terrenal que debió escaparse del cielo, pues nunca había tenido el honor de admirar algo tan hermoso.
Pasaron horas.
Héctor, en su mente prodigiosa, idealizó una figura a la que no sabía si volvería a ver. El solo soñaba con tocar su rostro, con pasar horas acariciando esa mano suave y seductora.
Todos se levantaron y decidieron irse.
Héctor continuaba en su mundo.
Se dejó llevar y salió de aquel lugar angustioso y regresó a la vida cuando la noche golpeó su cara. Había pasado todo el día en aquel farragoso zulo, no había hecho nada más, y se acaba de acordar, hoy tenía clase a las siete en el conservatorio; llegaba tarde.
Se despidió de sus amigos y fue al conservatorio acompañado de Alberto.
Hablaron sobre cosas superfluas y Alberto intentó algún tipo de tonteo con él, pero Héctor lo repelió.
No tardaron mucho en llegar al conservatorio, Alberto vivía bastante cerca.
Una vez allí, se despidió de Alberto con dos besos muy forzados y entró a clase.
Toda la clase se le quedó mirando de nuevo, pero él no se inmuto.
-          Siéntese – el profesor sentenció.
Héctor se sentó, no por seguir la orden, sino por necesidad, una necesidad poco justificada, pero una necesidad.
Su compañero, sentado próximo a él, se rio y dijo por lo bajo: “menudo pieza, es la segunda vez que llega tarde, no sé qué coño hace aquí”.
Héctor saltó, sería por el día, o por su temperamento irracional, pero saltó. Se agarró a él y le pegó un puñetazo en la cara.
Al segundo sus compañeros se abalanzaron sobre él y le agarraron. El profesor le sacó de clase y le llevó a ver al jefe de estudios.
No dudaron en echarle, sí, le expulsaron del conservatorio. “Esos actos son intolerables en un conservatorio de tanta categoría” le dijeron, él solo pensaba en aquella chica dulce y buena.
Lloró de rabia, de impotencia.
No entendía nada, no sabía porque había actuado así, sentía una rabia muy fuerte dentro de él que le obligaba a actuar de formas equivocas pero necesarias. Era preso de un mundo somnoliento y decadente. Era preso de una angustia vital que le inspiraba y torturaba con sus tentativas.
Se fue a casa.
Caminó pensando en la belleza cándida de la mujer que le cautivó con su sonrisa.
Entró en el metro.
Todo estaba sucio y demacrado. Todo era una pesadilla para él, parecía que cada cosa que existía había sido colocada minuciosamente para que él la despreciase y le produjese un asco despectivo. Era un alma en pena que vagaba por la vida como los alocados fantasmas que le atormentaban.
El vagón tardó bastante en llegar, aunque la verdad es que él apenas lo percibió; su paciencia era ilimitada en esos momentos, pues estaba vinculada a su escasa presencia.
Entró despacio, deambulando por la realidad como una víctima y no con privilegios.
Miraba a cada pasajero como si no fuesen más que inteligencias artificiales, las cuales habían sido colocadas por algún macabro ser cuya única intención era torturarle.
La idea cobró vida en su cabeza. Todo aquello era limitante, era algo que se debía destruir, era algo que debía desaparecer. Esa realidad era su antagónica condena. Era el mal, y él, a pesar de no ser el bien, ni pertenecer al juego del maniqueísmo, era quién debía destruirlo. Era una persona destructiva, una persona que quería derrumbar todos los cimientos que deterioraban su ser y lo limitaban.
El tren llegó a la estación.
Se bajó cansado e hipnotizado por los gases invisibles del desconcierto.
Con su guitarra colgando se iba con la música de viaje a algún lugar donde nadie le escuchara. Un lugar donde nadie pudiese poner frenos a su creatividad. Un lugar impresentable, un lugar histriónico e histérico. Un lugar donde la muerte no fuese un problema sino una bendición.
Subió las escaleras calmado, manteniendo el control sobre sus manos temblorosas.
Subió las escaleras con la mirada decidida. Con el miedo de su parte y el arma en su espalda.
Subió las escaleras con el alma fuera y su corazón en la cabeza.
Así subió y salió, sin resoplar, sin mostrar debilidad, sin que su respiración le atosigara ni supusiese un dilema de inferioridad.
Una vez fuera, oteó el paisaje, ese paisaje de cemento digitalizado, esa realidad fragmentada en segmentos cuantificados.
Encontró un callejón donde refugiarse de las miradas sudorosas de la gente. Entró y se arrimó a la pared. Caminó dos minutos sin desligarse del calor de una pared sucia y agrietada. Caminó de lado, pensativo y enamorado de algo incuestionable, hasta darse de frente con un conducto de agua no reciclable. Escaló y subió a un tejado bajo de algún cuarto de basuras muy mal escondido.
Allí en la hermosura de lo imperfecto se sentó.
Se apoyó en la pared, sacó su guitarra maltrecha y rasgó las cuerdas desafinadas, no le importó el sonido estridente al que dieron lugar sus manos desnudas. Le gustaba ese ruido irregular, ese sonido misterioso y contaminado. Ese sonido artificial y armonioso. Esa sinfonía partida que reponía con ladrillo los huecos de las paredes del lugar. Ese sonido simbólico que se convirtió en algo que nunca había tenido, algo que nunca volvería a poseer, algo que ya no echaría en falta; aquel ruido inocente y simplista, aquel ruido que despotricaba contra la crudeza del mundo, aquello se convirtió en su hogar.
Se levantó y siguió tocando, tocó y tocó. Giró sobre sí mismo y tocó; giró y giró hasta encontrarse.
Cantó despacio, con voz ronca e improvisada. Cantó tan alto que el mundo le olvidó, cantó tan alto que los fantasmas se acercaron y le observaron. Los muertos le escucharon llorar por primera vez, escucharon como sus llantos salían de su música y no de sus ojos, como sus angustias se almacenaban en aquella caja sonora, todo quedó ahí, todo resonó y se consumió en ese mismo instante, nada fue atemporal, todo fue momentáneo y espléndido.
“Canta, hermano, canta”; todos los espectros le decían. Canta y vuelve a cantar pues el mundo necesita música para sobrevivir, el mudo necesita arte para ver sus carencias y evolucionar. El humano necesita regresar a sus orígenes y darse cuenta que su naturaleza es el arte, que ya es hora de reencontrarlo, ya es hora de regresar a sí mismos y buscar la verdad.

Busca fantasmita busca, que en él lo encontrarás. Busca fantasmita busca, que él nos salvará.
Lo sé.

Héctor paró de golpe. Se tumbó, se encendió un cigarro y fumó.
Héctor paró de golpe, se preparó unas rallas y esnifó.
Cantó y cantó hasta que acabó tumbado en el suelo, agotado, ido, hasta que, por fin… se durmió.







Cuarto capítulo.

La música inundaba el lugar, la guitarra de Héctor alumbraba con su inusual rasgueo aquel local farragoso y mugriento. Todos estaban ahí, mientras Marcos tocaba apagados acordes, Raquel nos ilustraba con su escondido bajo; sí, todos tocaban, hasta Alberto soleaba con su batería. No faltaba ningún integrante del grupo, todos dirigidos por un maniático que veía espectros en sus ratos libres.
Cuando bajaron del escenario la fiesta no paró por ellos, no eran nadie, tan solo unos payasos que excitaban a personas asociales lo que sus drogas podía excitarles con efectos mayores y mucho más devastadores. Aun así ellos eran felices, se entretenían y pasaban un buen rato entre focos y sonidos estridentes; aunque, para Héctor, la cosa cambiaba, su visión del mundo era completamente diferente, él necesitaba más y no le eran suficientes aquellos contratos de mala muerte donde tenían que pagar ellos por tocar o por sentirse valorados, le resultaba deprimente.
-          ¿Cómo te has visto hoy? – preguntó Alberto a Héctor en cuanto se encontraron entre cervezas y mujeres volcánicas.
-          Demasiado flojo, la próxima tendríamos que subir el volumen de las guitarras, o quizá equipararlo al de la voz, no sé, ya lo pensaré mejor, necesito pillarme un buen pedo para pensar con claridad – a Héctor se le veía pálido y congestionado.
-          No te preocupes, todo llegará, paciencia hermano – su amistad había ido acrecentado con el paso del tiempo, aquel grupo era ya como su familia.
-          Bueno chicos, voy un segundo fuera, ahora vengo y os presento a alguien. ¡Pasarlo bien! – dijo Raquel mientras corría como podía por aquel lugar masificado hacia una puerta que, para Héctor, se encontraba a mucha distancia de sus objetivos diurnos.
La noche se estaba haciendo pesada, Marcos no dejaba de coquetear con cada tía que veía y Alberto se había tirado ya a dos mujeres distintas en lo poco que había transcurrido. Héctor en cambio se sentía asfixiado y no veía otra forma de contentar a sus pulmones que la de meterse más y más alcohol en sangre. Tampoco dudó en pasearse en varias ocasiones por el baño a esnifar un poco de polvo blanco, sí, de ese que hace que tus sueños perforen tu nariz.
Desorientado y sudoroso comenzó a deambular por el local en busca de alguna mujer oxidada, alguna mujer insustancial a la que susurrar al oído todo sus sueños, una mujer superflua, una mujer sencilla a la que murmurar una canción en mi menor, una canción que se le olvide en menos de dos segundos, y ella, sobria, le pregunte si quieren follar suave en algún rincón polvoriento.
Vio a una mujer, poca cosa, pero el alcohol la hacía muy hermosa.
Se acercó sin miedo, con la valentía que te da la eufórica droga nívea.

-          Si me dices tu nombre es posible que te cante algo… - su sonrisa fue torpe y desquiciada, y en ese preciso instante de alcohol semántico una imagen realmente hermosa surcó su cabeza. Ella regresó a sus pensamientos, aquel ángel volátil, aquella mujer que con su café frío le había conquistado, aquella mujer que le abandonó como el tiraba sus colillas y que le dejó enmonado a una droga que era incapaz de olvidar –. Mejor no cantar nada, ¿No crees? No te ofendas, pero no vales la pena.
-          ¿Perdona? – la mujer se quedó sin palabras, lo cual no era excesivamente difícil, pero ya era tarde siquiera para una mala palabra, pues Héctor se había alejado seseando improperios dignos de una persona que camina una línea recta curvado.

Caminó sin ningún tipo de sentido por los lugares más desérticos de un local socializado. Caminó sin sentido y perdiéndose en sí mismo más y más hasta chocar de frente con una cara conocida.
-          ¡Al fin te encuentro! – dijo una Raquel bastante distorsionada para Héctor –. Mira, te presento, este es Juan Carlos, mi novio – ella le abrazó apasionadamente y le dio un beso en la mejilla. Él era un hombre fuerte y apetecible, un verdadero superhéroe, con un toque clásico y singular. Aunque para Héctor fue una mancha en el espacio común y vulgar.
-          ¿Qué tal? ¿Cómo va? – comentó Héctor sin apenas poder articular bien las palabras –. Bueno, que lo paséis bien – se fue de aquel lugar sin mirar a Raquel a la cara, el hombre que la acompañaba siquiera habló hasta que Héctor se fue.

Héctor se postró en la barra y pidió algo más de alcohol, algo más puro, algo más estimulante y degradante.
Giró la cabeza y observó cómo Raquel y su novio dialogaban entre gesticulación y rabia sin camuflar.
Héctor se alarmó, no mucho, pero se alarmó.
Escuchó, sin mucho esfuerzo; estaban gritando.
-          ¿Quién era ese tío? Y, ¿por qué se ha enfadado? Le gustas tía, le gustas, y tú no te has dignado a frenar ni a poner ninguna barrera – la voz de aquel monstruo era estruendosa y fanática.
-          Es mi mejor amigo, le conozco de toda la vida, no le gusto, es mi amigo, sabes que es solo mi amigo, no te enfades, no es necesario – a Raquel se la veía asustada, tensa.
-          Cállate, sabes que no es verdad, le gustas. Que te quede bien clarito, tú solo estás para mí, ¿te enteras? – cada vez la voz era más y más fuerte, al menos en los oídos de Héctor.
-          No me hables así, no tienes ningún derecho – en seguida lamentó haber sido valiente, aquel hombre repugnante la golpeó fuerte, tanto que la tumbó.
Raquel se levantó y salió corriendo de local. Buscaba una escapatoria, un lugar donde esconderse de la vergüenza que sufría su cuerpo.
Héctor no dudó en salir detrás de ella.
La calle respiraba tranquila y gélida.
-          ¿Qué coño ha pasado? ¿Por qué te ha pegado? ¿Cómo puedes permitir algo así? Tienes que denunciarlo – por supuesto todo esto lo dijo Héctor como pudo, pues apenas era capaz de hablar.
-          No pasa nada Héctor, no te preocupes, se solucionará – Raquel estaba en shock, no podía contener su nerviosismo y vulnerabilidad.
El agresor no tardó en salir a disculparse y aunque Héctor se puso en medio, Raquel le paró y comenzaron a hablar. Héctor quedó completamente excluido, ellos se abrazaron y él entró de nuevo en el local, aunque en un segundo resplandeciente pudo observar una lágrima de Raquel cayendo y formando una escorrentía a través del jersey de aquel desalmado.
Héctor entro de nuevo en aquel lugar putrefacto y agobiante con la frescura de quien no ha parado de beber en horas.
Se apoyó en la barra y comenzaron a entrarle unas nauseas espantosas, fue víctima de un karma cruel que se burlaba de él sin miramientos.
Dando tumbos mal coreografiados se dispuso a abrir la puerta del baño, la cual abrió sin mucho esfuerzo. Entonces, ahí, entre los váteres sucios y mugrientos contempló una escena sexual nada atractiva. Alberto y Marcos se habían metido en el cuarto de baño con una mujer y estaban haciendo unas cosas, las cuales, sería mejor no describirlas, algo que hasta para Héctor fue repugnante.
Salió de ahí más repugnado aun y vomitó en la primera esquina que bordeó.
-          ¿Estás bien? El otro día se te vio algo mejor. Por lo menos no tan acabado – la voz le resulto familiar a Héctor, era dulce y apacible. Se dio la vuelta despacio y quedó hipnotizado con el hermoso rostro de la que había sido su amante en su cabeza durante días y días.
-          ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí? – apenas podía articular palabra pero fue suficiente para mostrar el enorme amor que sentía por ella. Un amor puro, un amor sincero, el cual transpiraba desde su mirada hasta el último poro de su piel.
-          Sí, sí, soy yo – la chica rio despacio, tímidamente, como si se diese cuenta de lo que Héctor sentía por ella –. Nada, soy muy amiga de una de tus amigas, y me invitó, además me dijo que tocarías y me hacía ilusión verte cantar – Héctor se quedó embobado, ni siquiera pensó en de que amiga hablaba, aunque también es cierto que era más que obvio. La miraba con la boca entreabierta y con los ojos lúcidos a pesar del alcohol – bueno, ¿qué? ¿Me invitas a un café? – volvió a sonreír e iluminar la sala de un color ancestral capaz de reanimar a la mitad de muertos que allí dormían.
-          ¿Café? Por desgracia aquí no hay de eso, tan solo drogas y alcohol, y dudo mucho que quieras algo de eso – Héctor intentó disimular su adicción a todas las cosas que le deformasen la realidad. La verdad es que no resultó muy convincente.
-          No pasa nada, era una broma – cortó la conversación rauda, ella quería estar con él, pero el sitio le aprisionaba, le daba malas vibraciones. Ella era una mujer dulce, una mujer cauta y buena. Aquellos bajos fondos lo único que le aportaban era decadencia y depresión –. ¿Podemos salir fuera? Me estoy agobiando un poco – se empezaba a poner pálida y se la notaba incomoda, aun así lo dijo con tal dulzura que Héctor se derritió, no pudo soportarlo, fue como si le hubiesen apuñalado el corazón sin miramientos.
Salieron de aquel lugar espantoso vertiginosos, Héctor no dijo nada, simplemente la sacó, como si de un héroe se tratase, hubiese hecho cualquier cosa que ella hubiese necesitado, cualquier cosa. Su mirada era hipnótica y su delicado cuerpo arropado con un vestido blanco con leves trasparencias le otorgaba una melancólica belleza indescriptible.
-          ¿Estás algo mejor? La verdad es que dentro era un poco agobio – Héctor solo mostró interés por ella, todo lo de la noche había desaparecido de su cabeza, lo único que le importaba es que aquella mujer pequeña y bondadosa estuviese bien. Él solo necesitaba que ella fuese feliz y no dejase nunca la sonrisa que le enamoró.
-          Sí, el sitio me hacía sentir mal, no sé por qué, no me gusta estar rodeada de gente, prefiero estar sola – su preciosa cara se entristeció. No sabría decir muy bien el motivo, pero era una persona demasiado vulnerable, parecía como si se fuese a romper de un momento a otro.
-          ¿Tampoco quieres estar conmigo? – pregunto Héctor bromeando, aunque en realidad estaba bastante nervioso –. Si te soy sincero, a mí tampoco me gusta estar entre gente, pero contigo me siento bien, no sabría explicarlo.
-          No, no es eso, simplemente es que me sentía agobiada. A veces siento que me miran pero no ven nada, no sé, como si pasase desapercibida, no sé si me entiendes – estaba nerviosa, algo le ocurría y cada vez que iba pasando el tiempo más nerviosa se ponía, como si algo la inquietase.
-          En cierto modo te entiendo – siempre le iba a dar la razón, daba igual, él siempre iba a intentar entenderla, a veces la simpleza de los hombres es demasiado descarada –, es como si la gente no mirase dentro de ti, solo tu apariencia. La gente juzga, es así, te juzga porque tienen envidia, o porque se sienten superiores, es algo habitual, no debería extrañarte. Además, ahora estamos aquí solos, estate tranquila – Héctor se acercó muy despacio y la agarró de la mano suavemente, con tacto, no quería herirla, pues su piel era blanca y delicada.
Estaban solos, y aun así ella no se sentía del todo bien, quizá fuese porque el simple hecho de estar al aire libre le contaminase. Necesitaba sentirse protegida, en el fondo era una persona insegura, vulnerable y pacífica. Tenía miedo de que la hiciesen daño, tenía tantísima bondad que nunca podía sentirse segura.
La noche era cálida a pesar del viento fresco que aterrizaba en sus pieles de vez en cuando. Todo estaba sumamente tranquilo, incluso los grillos habían decidido dormir por una noche. Nada les molestaba, siquiera la luna, que les observaba con cariño desde su reino estrellado.
-          ¿Quieres sentarte? – no le soltó la mano, Héctor se dejó guiar por sus andares pulcros hacia un banco algo apartado del local. Allí se sentaron y Lucía se le quedó mirando fijamente a los ojos, buscando algo que posiblemente perdió hace mucho –. Hay algo en ti que refleja bondad Héctor, aunque tú no lo creas, algo en ti aun quiere tener una vida normal. Eres una persona buena, ¿por qué te martirizas tanto? ¿Acaso no eres feliz? Puedes serlo, déjame ayudarte – su interés divino en sus problemas le descolocaron, se sintió por una vez avergonzado de su vida. Giró la cara y ella, con su intrínseca delicadeza, posó su mano en su mejilla e hizo que su mirada regresase junto a la suya –. No tengas miedo, puedo ayudarte.
-          No necesito ayuda, en serio. Simplemente no he tenido una vida fácil, siempre he querido algo que nunca encontraré; y ahora… no sé, estás tú, estás aquí tratándome tan bien que, aun no sé por qué, pero me da que pensar – Héctor estaba dudoso, incrédulo. No podía entender por qué una persona se interesaba por él de esa manera, ni por qué alguien tenía tantísimo tacto con una persona como él, alguien deleznable.
-          ¿Qué es lo que piensas? Cuéntamelo, estoy para ayudarte. Créeme, eres una buena persona, no tienes por qué seguir así – su mano rozó su mejilla de nuevo, aunque esta vez sin ningún fin, tan solo notar su calor y su timidez.
-          Pues que quizá he malgastado mi vida, quizá debí dejar esas ideas de convertirme en una genialidad, no sé, esas ideas narcisistas de querer ser alguien, querer trascender – Héctor no se podía creer que estuviese hablando así con alguien, jamás en su vida se había abierto tanto con una persona.
-          Cierra los ojos – la voz que salió de la infantil y a la vez suave boca de Lucía fue canto angelical para Héctor.
-          ¿Qué? – Héctor se sorprendió, no entendía nada.
-          Tú confía en mí, cierra los ojos – Héctor los cerró; y entonces, en la penumbra artística de la noche, ella se acercó muy despacio, posó una mano en la pierna de Héctor, otra en su mejilla, y le besó. Le besó suave, uno de esos besos que paran el tiempo y te convierten en una persona de verdad. Uno de esos besos que te transforman en un hombre o en una mujer, una experiencia cálida y sobrecogedora que manipula tu corazón y lo atrapa en el aroma seductor de tu amante.
Hubiese cantado al terminar si hubiese podido, pero su voz ya era de otra persona. Su trascendencia pertenecía a la hermosa dama que le abrazaba y posaba su cabeza en su pecho. Se sentía afortunado, y a la vez tenía muchísimo miedo, un pánico infernal a perderla, a fallarla. No quería separase de ella, no quería volver a estar un segundo sin su impecable presencia. Se sentía mal, él era un hombre libre y ahora, en ese preciso instante, se moriría si ella le faltase.
Algo pasó, se escuchó resoplar a lo lejos a la puerta del local y entonces…
-          Héctor… me tengo que ir, lo siento de verdad, nos veremos pronto. Espero que lo entiendas – se la notó triste y preocupada.
-          Pero…  – ya era tarde… Lucía se levantó y se fue.
Héctor se quedó solo en la oscuridad de la noche, tirado en un banco con la lágrima a punto de aflorar cuando algo le alarmó, Marcos se dirigía hacia él.
-          ¿Qué pasa tío? ¿Has visto a Raquel? – a Marcos se le notaba extasiado y bastante bebido, pero no le importó.
-          No…
-          ¿Te pasa algo? Bueno, da igual, ya me lo contarás en otro momento. Te dejo, ¿vale? Voy a ver si encuentro a Raquel. ¡Xao! – Héctor se volvió a quedar solo, aprisionado en la desidia de un aletargado beso onírico.
Para Héctor la situación ya era una pesadilla, un auténtico sueño de terror, todo era amorfo y condescendiente. Asique, sin pensárselo mucho, se levantó y huyó de aquel mundo alocado, cargante y superficial.
Vagó borracho, mareado, por aquellas calles tan conocidas para él. Pudo apreciar la decadencia inminente, el resoplar de dragones encarcelados en edificios de metal gigantes. Pudo contemplar una magia oscura que recorría con su maldad los pasillos infinitos de la mente de las personas que se cruzaba, todas y cada una de ellas envueltas en un aura de indiferencia trascendental. Todas y cada una de ellas guiadas por su dios material, el cual les informaba día a día de que era lo que debían hacer y qué vida debían de tener. Sí, para Héctor fue patético, inhumano. No podía comprender como las personas se habían convertido en simples animales, llevados por sus instintos sin reflexionar ni trascender.
El frío comenzó a arraigar en su piel mientras que su paseo nocturno le devolvió la conciencia de una manera algo inusual.
-          Disculpe, llevo prisa – chocó contra él un hombre trajeado con un maletín.
-          Ve más despacio joder – replicó Héctor ofendido.
-          ¡Oh! Pero si es un crío insolente, la entrevista puede esperar entonces; con tal, estoy muerto – una sonrisa le iluminó la cara, aunque a Héctor no le hizo ni puñetera gracia. No esperaba encontrarse con un fantasma y mucho menos en esa situación –. ¿Cómo te llamas niño?
-          Héctor, y no me llames niño – a Héctor le ofendían sus formas de hablar, demasiado altivas.
-          Yo me llamo John Harrison, encantado. ¿Qué haces por aquí? ¿Una mala noche? – Héctor se dispuso a contestar pero John le interrumpió –. Yo me dirigía a una reunión muy importante de mi empresa, me gusta mirar cómo se asesinan todos con la mirada buscando al nuevo director. Es divertido, no sabes lo emocionante que puede llegar a ser trabajar en los negocios, es como trabajar en la selva, me han pasado una cantidad de cosas – Héctor intentó pararle varias veces, pero no había manera –… Una de las más anecdóticas fue cuando una de mis secretarias se me acercó en el baño y me la intentó chupar, yo por supuesto la dejé, tengo familia, pero, ¿Qué más da? El caso, me la chupó, pero me la chupó bien, demasiado bien, ojalá te lo hagan así algún día. Esa mujer era toda una profesional, y cuando acabé, por qué por supuesto no me la follé, no es bueno follar en horario de trabajo; el caso, cuando acabé, la despedí, por guarra. ¿Tú lo ves normal? ¿Cómo se puede hacer eso por un puesto de trabajo? Es lamentable, y encima va la muy puta y me denuncia, yo no entendí nada. ¿Y sabes lo peor? Nada más salir uno de mis empleados intentó lo mismo, por supuesto le dije que no, no me van los tíos. Asique esa mañana tuve que despedir a dos personas, fue un día horrible.
-          Interesante – no pudo evitar reírse. Las cosas que le contaban los fantasmas eran de otro mundo –. Yo lo flipo, y, ¿por qué me cuentas todo esto? No sé, digo yo que no es necesario.
-          Me has caído bien, y porque puedes verme, eso es un avance. Nadie me veía y estaba bastante aburrido, tan solo viajaba de aquí para allá con un maletín que no guarda nada – abrió el maletín y tan solo pudo ver una cantidad enorme de clínex.
-          ¿Y esos clínex? – preguntó Héctor extrañado.
-          Por si tengo alguna erección imprevista, el mundo de los negocios es muy estresante, de vez en cuando no viene mal hacerse una buena paja – la cara de Héctor fue un auténtico poema.
-          Yo flipo, en serio, flipo. No me extraña nada que estés muerto, si así fue tu vida… Normal, te daría un ataque al corazón – Héctor se giró para irse pero el fantasma se teletransportó delante de él y continuó hablando.
-          ¡Qué va! Esa historia es aún mejor – Héctor suspiró –. Me fui de vacaciones como mi mujer y mis hijos a la playa, a una casita en la orilla del mar – hablaba siempre alardeando, como si fuera muchísimo más que el resto de seres humanos –. Y, entonces, en un día muy intenso, cogí mi pistola y salí a la playa a tomar el aire. La verdad es que había sido un día de mierda, asique me dispuse a hacer lo que siempre hacía esos días, cargué la pistola con una sola bala, miré a los lados, vi a un niño y le pedí que observara, me coloqué la pistola en la boca y disparé. Tuve muy mala suerte, al parecer la bala estaba ahí y me atravesó la cabeza, salpicando toda mi sangre en la cara de aquel pobre crío que se tocó la cara y salió corriendo gritando y lloriqueando – John soltó una carcajada de tal sonoridad que Héctor se echó para atrás.
-          Dios… Mío… Sí, es usted un capullo, tenía mis dudas, pero es un capullo – Héctor se hizo el indignado aunque en verdad no le importaba una mierda.
-          Alguien lo tendrá que ser, ¿no? Sino el mundo sería un coñazo – empezó a reír. Agarró a Héctor del hombro y lo teletrasnportó a la azotea del edificio que les estaba haciendo sombra –. Perdona, no me gusta que nada me haga sombra, me agobia; además aquí hace más fresquito.
-          Espera, ¿cómo has hecho eso? – preguntó Héctor sorprendido, nunca había conocido a un fantasma con el poder de alterar a las personas vivas. En teoría; por lo que él sabía, que era lo que podía saber alguien en su situación, más bien poco; eso no se podía hacer, iba en contra de alguna norma.
-          Práctica, no todos los fantasmas somos iguales; es algo que tienes que aprender, algunos tenemos mucho más poder que otros – sonrió, le guiñó un ojo a Héctor y se fue aproximando muy lentamente al borde del edificio, por supuesto, sin soltar un segundo su maletín.
-          ¿Desde cuándo podéis alterar la realidad física?  - Héctor aún continuaba sorprendido, además de que se empezó a marear.
-          A mí me lo enseño un fantasmita muy extraño, no tengas prisa, ya le conocerás – John tiró el maletín bien lejos, y esperó unos segundos.
-          Joder, qué mal me encuentro – vomitó, sí Héctor vomitó. No es agradable el teletrasnporte, creerme.
Héctor levantó la cabeza y el fantasma había desaparecido, entonces un aura blanca le rodeo y regresó al suelo, a tierra firme. Aguantó tan solo dos segundos esta vez sin vomitar, en cuanto pasaron lo soltó todo.
Se sentía extasiado y abandonado, no entendía la relación de todo aquello con su día a día, era como si estuviese viviendo dos vidas separadas. Su mente cada vez se bifurcaba más y más, aunque últimamente la imagen de Lucía eclipsaba al resto de pensamientos. No había otra como ella, su ternura y roce habían convertido su vida en algo trascendental, algo que, a pesar de sus esfuerzos, no había conseguido la música.
Regresó a la zona en la que había aparcado el coche, ya se había medio recuperado y necesitaba regresar a su casa para tumbarse.
El camino se le hizo rápido, suele pasar cuando tienes mucho en lo que pensar.
Llegó al coche, abrió la puerta y se sentó. No tardó en hacer descender las ventanillas y arrancar. Una vez solo, se relajó en el asiento escuchando el aromático olor a cerrado de su automóvil y colocó la radio para poder silenciar todo aquel ruido asqueroso. Siempre se mantenía en la misma sintonía. Escuchó el rasgado de la guitarra eléctrica nada más colocar con suma impaciencia el aparato reproductor en su hueco y pudo apreciar la destreza de los guitarristas de rock mientras comenzaba a mover el volante con desgana hacia la carretera. El viaje fue nostálgico, conducir siempre le había hecho sentir alguien diferente, siempre le había conducido hacia pequeños rincones olvidados de su pasado, a la vez que le permitía con cariñosa simpatía, aparcar sus pensamientos y acariciar el desprecio a la precognición. Pasado el tiempo su mente dejó de vaciarse y comenzó a dibujar el caluroso recuerdo de una persona que a su parecer constituía el aspecto reencarnado de la belleza. Una obra de arte compuesta únicamente por materia viva. Su deseo hacia esa persona no era ni mucho menos común, más bien pecaba de abstracto, un deseo pictórico, griego. Cada vez que imaginaba su mitificada sonrisa su alma generaba un nivel insano de hormonas inconclusas, cuya satisfacción consistía en sumirme en el horror de lo inacabado, el terror psicótico de aquel que es incapaz de tocar aquello que ama, incapaz de salvarlo, incapaz de sentirlo en su propia piel. Enamorado estaba de aquella mujer sensorial, aquella expresión angelical, aquellos ojos marrones adornados por un leve verde cauto; de pelo castaño sonrojado, piel nívea, hechizada por magia artesana. Su mirada escapa a la comprensión de sus oníricas fantasías y sepultaba su honor y su tristeza en un profundo baúl emocional donde ni sus dedos podían tocar aquel cuerpo tenso e iluminado. Aun siendo su deseo carnal, su deseo sexual y pecaminoso una de las razones más importantes de su amor por dicha mujer, por dicho espectro dulce, la verdadera razón por la cual su mente física era incapaz de olvidar cada centímetro de su reluciente mirada residía en su poderosa ternura, una mujer que lucía en la noche con la frescura de quien viaja de día. Era un ente superior que descolocaba su corazón y le aprisionaba en una cárcel de sentimientos profundos y arbitrarios.

Sin darse cuenta había llegado a casa, había aparcado y había apagado todas las luces de su coche. Se encontraba solo en medio de un barrio muerto y somnoliento. Abrió la puerta y abandonó aquel ataúd. Sus pasos eran firmes pero desconfiados, apagados podría decir, ya que la situación lo exigía, el desánimo constituía una enorme barrera anímica a la par que física. Sus ojos apenas percibían la luz tenue de la noche, y sus oídos, no escuchaban más allá de sus pensamientos. Abrió con seguridad irónica la puerta de su portal sin apreciar el chirrido del mecanismo oxidado cruzando el umbral asfixiante del hogar sin propiedad. El paseo por el ascensor digamos que fue corto. Llegó al tercer piso sin fuerzas pero con decisión. Abrió la puerta de su hogar agotado; en ese momento lo pensó, toda residencia no es más que el diminuto habitáculo del agotado humano, lugar de culto onírico, lugar de descanso. Las pasiones deberían darse en regiones de riesgo, nunca en el hogar, en el lugar donde todo guerrero, fuerte o débil, descansa. Allí, en el apagado zulo donde los terrores le protegen, allí, donde el calor le provoca frío y le atormenta. Al lado de la calefacción, a un paso de la encimera de la entrada, apareció su madre con un vaso de bourbon en la mano.
-          ¿Qué coño haces aquí? ¿Acaso no te he dicho que no volvieses? Eres un desprecio para nuestra familia, un repulsivo engendro de tu padre, ojala te mueras – las palabras de su madre fueron sentenciosas y horribles, y así las tomó él. Su cara no fue un poema, ni se sobrecogió, tan solo asintió con la cabeza y dio un paso hacia delante –. ¿No me has escuchado o qué? – el vaso comenzó a temblar –. Que te largues he dicho, que aquí no eres bienvenido.
-          Déjame pasar, quiero ir a mi cuarto – replicó Héctor seco y despectivo. Volvió a adelantarse, y, esta vez, intentó apartar a su madre para poder pasar, a lo que ella respondió estampándole el vaso de wiski en la cabeza. La sangre llenó la habitación, Héctor cayó al suelo en el acto.
-          ¡Que te largues joder! ¡Vete de aquí ya! – clamó su madre asustada.
Héctor estaba desorientado, asustado, veía la sangre correr por su mano mientras intentaba taponar la herida, pero él no era de esos chicos que lloriqueaba, él era frío, sus experiencias vitales le habían enseñado que o te pones tú en pie, sin ayuda, o siempre estarás arrastrándote.
Se levantó, le costó, pero se levantó. Fue a la cocina tranquilo, sin dirigir la mirada a su madre.
-          ¿A dónde coño vas? Vete de aquí joder – esta vez su madre lloró, nadie sabría explicar el motivo pero lloró.
Cogió un trapo, se lo puso en la cabeza y se fue de la casa.
Cuando llegó al coche, se taponó la herida y se dirigió a casa de Marcos.
El viaje fue tenso, casi estrella el coche en varias ocasiones, pero su destino o su determinación lo impidió.
En cuanto llegó, bajó rápido del coche, asustado, pero haciéndose valer, con valentía. Llamó al timbre y Marcos le abrió, siquiera preguntó, Héctor le informó del problema y él, raudo, apretó el botón que accionó el mecanismo de apertura.
Una vez arriba, Héctor, cayó de rodillas y lloró, no pudo parar de llorar, le fue imposible dejar de encharcar la alfombrilla con su pestilencia.
Alberto también salió a ayudarle, ambos estaban ahí, no le pareció extraño, tampoco le importaba en ese momento, solo quería ayuda, necesitaba ayuda.
Le tumbaron en la cama cogiéndole entre los dos y manteniendo presionada la herida. Nada más pasó, pues se desmayó.















Capítulo 5.

Me desperté con él, abrió los ojos despacio, permitiendo que su párpado le protegiese paulatinamente de la acalorada luz del sol. Contempló a su amiga, rota por dentro, por lo que a él le había pasado y por lo que ella había vivido hace relativamente poco, ni siquiera tenía sentido que estuviese allí, debería estar junto a la policía explicando la situación, pues la gran verdad es que por mucho que se lo mereciese, ella, por muy mujer que fuese, no debió de haberlo hecho, o al menos, eso dice la ley.
-          Raquel… – dijo con la voz ronca y demacrada. Apenas sentía las partes de su cuerpo, y cada vez que las intentaba mover, parecía como si la gravedad quisiese mofarse de su ridícula fuerza.
-          ¡Héctor! Al fin te despiertas… estábamos todos preocupadísimos, espera que llamo al médico – no tardó en marcharse, le dio un beso en la frente, por el cual se pudo dar cuenta de cómo una lágrima mojaba su piel, y salió de la habitación con una sonrisa que casi no ve la luz.
-          Espera…  – no surtió efecto, estaba completamente desconcertado, envuelto en una sudorosa sensación de frustración generada por su incapacidad, por su inevitable deterioro y por su imposibilidad de abandonar ya ese lugar.
-          ¡Bu! Bududu, ¿qué tal? O… ¿Qué? ¿Qué coño? ¿Quién soy yo? Mm… Quizá, no sé, quizá soy un conejo… ¿Tú qué opinas? – apareció frente a él en un segundo, fue una aparición espontánea, nunca antes había visto a un fantasma aparecer tan rápido. Era difícil de explicar, era una persona, un hombre rudo disfrazado, iba como de un conejo vaquero o algo parecido, una representación maniaca de algún perturbado que como todos murió en extrañas condiciones, ya sabéis, un muerto viviente que había resurgido para caminar por el mundo de los vivos y enseñar sus virtudes de genio trasnochado.
-          ¿Por qué ahora? ¿Qué he hecho yo? – su voz era tenue, se acababa de despertar tras largas noches de sueño profundo.
-          ¡No quiero hablar de ti sucio egoísta! Me has ofendido con tus patochadas – se quitó la máscara de conejo y realizó algo parecido a una pedorreta, su cara era horrible, lo único que se salvaba era su bigote blanco –, por tanto, como manda la ley… ¡Te reto a un duelo! ¡¡WIIII!! – se quitó el guante y me golpeó fuerte la cara.
-          ¿Pero qué coño haces? ¿Eres gilipollas o qué? – sacó una pistola y apuntó a Héctor mientras se reía.
-          Tú, sí, tú… ¡Tú pierdes! – puso el dedo en el gatillo, se metió la pistola en su boca y disparó –. ¡PUM! – el ruido de la pistola hubiese dejado sordo a medio hospital si pudiesen oírlo, pero lo que realmente molestó a Héctor fue el ruidito que hizo aquel payaso descolorido cuando disparó. Se rio despacio, susurrando, cerró los ojos y desapareció. Héctor no se lo podía creer. Raquel regresó con el médico justo cuando el individuo se difuminó.
-          Ya estamos aquí…  – dijo el médico nada más entrar junto a Raquel – ¿Cómo estás? Te diste un buen golpe, ¿qué ocurrió? Tus amigos aún no me lo han querido decir – el médico parecía preocupado, pero Héctor continuaba embobado, mirando fijamente el lugar donde aquel fantasma había desaparecido, cada vez le pasaban situaciones más extrañas.
-          Em… Nada, nada – dijo Héctor desconcertado.
-          ¿Nada, nada qué? – el médico no lograba entender sus palabras y, mientras tanto, Raquel tomaba asiento mirándole con incredulidad y ternura.
-          Ah, no sé, me caí, creo, no lo recuerdo muy bien del todo. Fue un golpe tonto – Héctor mentía, no sabía muy bien por qué, lo hacía de manera instintiva, sin ningún fin aparente.
-          Bueno… Parece que no me lo quieres decir. Has sufrido un traumatismo craneoencefálico y has estado durante más de dos días en coma, no sabíamos muy bien cuando ibas a despertar ni de qué manera, asique en los próximos días te iremos haciendo una serie de pruebas. Si no tienes ninguna duda, de momento vamos a dejarte tranquilo, puedes llamar a la enfermera en cualquier momento – el médico fue muy educado y conciso, Héctor no prestó atención ninguna, ni siquiera sabía de qué le estaban hablando, él continuaba en su mundo fantasmagórico cuando el médico abandonó el lugar.
-          Raquel… ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué el destino ha querido esto de mí? ¿Qué hice yo? No entiendo nada… Estoy luchando por algo que se va desvaneciendo… Tengo pesadillas caminando dormido y sueños despierto, no sé a dónde voy a llegar, mi vida no tiene ningún sentido, todo se deforma a mí paso – a Héctor se le notaba cansado, agotado de tanto luchar por cosas que vagaban y jamás se cumplían, como un mensajero que siempre tropieza con el mismo perro antes de entregar el mensaje, pero él es íntegro, necesita entregar la carta, dar ilusión, cambiar las cosas.
-          No lo sé, si yo te contase… Mi vida no va mejor que la tuya…  – quizá fuese egoísta lo que ella hizo, pero eran amigos y se lo podían disculpar todo, no eran rencorosos ni rebuscados – Tenemos el grupo… Al menos casi todos, ya te contará Marcos, el caso es que yo es posible que también me ausente un tiempo, no sé qué va a pasar después de lo de Carlos… Puto nombre, me ha arruinado la vida, y encima tengo que pagar por él… – comenzó a llorar, pero no de una forma abundante y dramática, sino por rabia, repleta de ira acumulada, avergonzada de soltar la más mísera lágrima por ese asunto.
-          ¿Qué ha pasado? No recuerdo casi nada de la última noche, pero era un gran hijo de puta si me lo permites… Sí… ya me contará Marcos, pero con lo mal que me van las cosas últimamente no me sorprende nada ya, bueno, cuéntame, ¿qué ha ocurrido? – estaba apático, desmoralizado, todo le resultaba banal ya, con tal, todo le salía como el puto culo.
-          Lo maté Héctor, estábamos en mi casa y me fue a pegar… asique, le estrellé una lámpara en la cabeza. Mi abogado dice que fue en legítima defensa, pero ahora estoy en juicios y no sé qué pasará – lloró, regreso a sus andadas de coleta y lágrima, envuelta por un aura gris que aprisionaba sus ilusiones, era una chica extraña, jamás quería que la viesen débil por muy hundida que estuviese.
-          ¿Cómo? ¿Qué cojones pasó? Espera, tú no te rayes, estate tranquila, todo se va a solucionar. Si necesitas cualquier cosa aquí estoy no tienes por qué preocuparte de un gilipollas que casi te mata, pasó eso… pero bueno, podría haber pasado algo peor asique no lo pienses, te acompañaré a todos los juicios y estaremos juntos en esto, ¿vale? – Héctor saltó como siempre, quiso ayudarla como fuse, buscaba cualquier manera de hacerla sentir mejor pese a su situación, ya no le importaban sus problemas solo que ella estuviese bien, nada más.
-          No te preocupes, estoy bien. Ya me conoces, no hay nada que pueda conmigo – esta vez sonrió, pero Héctor pudo contemplar como en realidad miraba hacia la ventana y una lágrima corría por su mejilla en busca de un vida mejor, o simplemente, de cumplir su destino, estrellarse contra el suelo y morir, haciéndonos ver que el dolor corroe, que cuantas más gotitas surquen nuestra piel más nos demacraremos, más nos pudriremos sin poder volver hacia atrás, sin poder recuperar todo lo perdido, tan solo consumirnos por el caprichoso juego de la injusticia.

Permanecieron sentados, el uno frente al otro, mirándose de una forma tierna que unía dos pensamientos ya muertos, pues es muy posible que en otra vida hubiesen estado juntos, pero en esta estaban condenados a ser amigos, hermanos por convencionalismo social. En cierto modo podría ser culpa del instinto que determina quién te atrae y quién no, aun así discreparía, su conexión era realmente fuerte, por el contrario, pese a que me cueste admitirlo, aunque yo aquí no sea nadie, ellos no sentían ningún tipo de deseo hacia el otro, Héctor continuaba embobado por la persona que cambió su oscuridad por luz, pese a que le abandonase y no sabía dónde estaba, él la quería, soñaba con su piel blanquecina y sus ojos transparentes, de los cuales podía encontrarse con su alma y su sonrisa espiritual, podía acariciar cada arruga de su corazón y conquistar cada peldaño del castillo de su mente. Ya no veía sentido a nada, y pesar de ello, ella seguía ahí, en su mente, otorgándole una mísera esperanza que le conducía y le guiaba por la vida en busca de algo que él mismo desconocía, en el fondo, en lo más interno, ella siempre estaba ahí, ella lucía como su nombre, ella era única y especial. En cambio, Raquel… Raquel lo había perdido todo, se había vuelto inmune a la opresión, a la congestión imparable del dolor, estaba cansada, nadie lo podía negar, pero se mantenía de pie, ruda, constante, consistente, pues su única ilusión era continuar y continuar hasta el final de los días, dentro de sus principios no estaba el de rendirse pese a estar hundida, pese a no dejar de sufrir, pero ella seguía ahí, luchando por ser algo más que una simple mujer florero.

-          Héctor, voy a ver si consigo localizar a estos, que aún no sé por qué no han venido, ahora mismo vengo – se levantó y se fue, le abandonó en aquel lugar frío y desalentador.
Héctor miraba a todos los lados en busca de alguna explicación a su pesadumbre, buscaba un razón de ser, algo inexistente ya saben. No sabría decir si estaba loco o solo reflejaba los desechos de un mundo andrógino. Cerró los ojos y se dejó llevar por Morfeo, fue la única vez que obedecía de forma tan descarada a un Dios tan poderoso.

Apareció frente a mí, carente de vida, con los ojos en blanco y el cuerpo flotando en medio de un mundo ilógico en llamas. Yo le miré con cautela, esperando una reacción de él, un insulto o algún tipo de reproche, en cambio, lo único que recibí fue su indiferencia, total y absoluta. Me miraba perdido, destrozado, corroído por los designios del tiempo y el dolor, supurando cada pena sufrida y contaminándose con su propio veneno. Le miraba y no alcanzaba a entender el porqué, por qué ese ansía tan descarada de pudrirse a sí mismo, esa rabia tan desencadenada hacia su propio ser… No lograba entender nada, yo no le había hecho nada, tan solo le había mostrado una realidad irónica y perversa, una realidad mugrienta que corrompe hasta al humano más íntegro. Yo solo cogí a un hombre, le escogí a él y lo volví incorruptible.
-          Tú, tú me mataste – su cuerpo flotaba en la nada, pero esta vez su mirada reflejaba rabia, lejos de estar vacías sus cuencas, se llenaron de odio y me miraron fijamente, buscaban algo que no existía, luchaba por una ilusión.
-          No se puede matar lo que nunca estuvo vivo…


Héctor se despertó asustado, sudoroso. Apenas se acordaba ya del sueño, pero en su fuero interno algo acontecía que le removía cada palmo de su intestino.
-          ¿Qué tal tronco? Casi se nos muere un loco – Marcos entró por la puerta junto a Alberto, se acercó a Héctor con rapidez y le dio un golpe en la espalda sin importarle su situación o su estado, él era así, impetuoso, solo se importaba a sí mismo.
-          ¿Qué ha pasado? – Héctor aún continuaba en trance, aunque la verdad es que no tardó en recuperarse y regresar a ese asqueroso mundo que determinada cada movimiento de su vida.
-          ¿Qué ha pasado de qué? Se te va la puta cabeza, seguro que has visto a otro fantasma de esos – Marcos rio y le dio una palmadita en la espalda a Alberto, los comportamientos humanos no tienen mucho sentido a veces.
-          ¿Cómo te encuentras? Raquel nos ha dicho que estás bastante mejor, estábamos preocupados – Alberto se mostró afectado por la situación, en el fondo era una persona muy sensible y atenta, a pesar de sus locuras transitorias.
-          Gracias por venir, aquí estoy, no sé, todo es muy raro, aun me encuentro algo mareado pero en general estoy bien – Héctor miró a Raquel en busca de un apoyo femenino, en busca de un consuelo algo más tierno, se encontraba perdido.

Raquel le miró, pero algo raro pasó, su mente quería huir de aquel lugar, abandonar la realidad y refugiarse en alguna cueva ilusoria donde poder descansar tranquilo. Los ojos de aquella mujer tan ligada a él le proporcionaron paz, una extensa tranquilidad que le desligó de las pesadillas de su  alma. Se encerró en sí mismo, en la cruel presencia de lo metafísico, de lo indefinible. Su mente voló por caminos inhóspitos mientras vislumbraba como todo lo de su alrededor se emborronaba y difuminaba a la par que le trasmitía una abrupta felicidad, una sensación de ternura camuflada, de deseo incomprensible pero placentero.

-          Ten cuidado con Raquel que quizá te mate, no la mires tanto, ella no te puede ayudar, a lo mucho te podría ayudar a llegar a la luz – a Raquel no le hizo ni puta gracia, pero Marcos rio.
-          Tú eres gilipollas – Raquel fue contundente, no se lo pensó.
-          Callaros ya los dos anda, que sois muy pesados, y tú, Marcos, déjala en paz anda, que no es el momento – Alberto fue el único cuerdo, pero a Héctor le dio igual, él continuaba en su mundo irreal, envuelto en pensamientos harapientos.

Todo continuó igual, un par de conversaciones insignificantes, un par de diálogos que parecían escritos por un penoso cómico incapaz de hacer llorar a nadie, un panorama algo estrambótico e innecesario, todo hasta que por fin Raquel y Alberto se fueron, dejando solos a Héctor con Marcos, convirtiendo la estancia en un lugar tremendamente frío.

-          Lo siento tío, tengo que dejar el grupo – Marcos fue al grano, siempre era directo, él no se andaba con rodeos, no lo necesitaba.
-          ¿Puedo saber por qué? Tío, teníamos un plan, ¿qué vas a hacer con tu vida? ¿Vas a convertirla en lo que todos quieren, en una realidad insignificante? – parecía mentira, pero Héctor estaba muy decepcionado, contaba con él para lograr lo que necesitaba, no era imprescindible, pero le necesitaba.
-          Lo siento, de verdad que lo siento, pero he conocido a alguien y nos vamos de aquí, necesito conocer mundo, necesito desligarme de todo. No es que quiera una vida normal, pero necesito algo de estabilidad, de verdad que lo siento, además, seguro que tu hubieses hecho lo mismo – al final rio y dio la vuelta para irse, no quería entrar en ninguna confrontación, le estimaba demasiado aunque él nunca lo reconocería, era demasiado orgulloso.
-          Puedes hacer lo que quieras, pero no me esperaba esto de ti, has estado conmigo en todo, y ahora… me dejas, bueno, tú sabrás, me habré equivocado contigo – Héctor no medía las palabras, estaba descolocado, todo lo que le estaba pasando no era ni medio normal, y encima ahora esto… que sí, que bueno, que se lo podía esperar, sin embargo en su interior lloraba, y deseaba lo mejor a su amigo, sabía que estaba haciendo lo correcto. Mejor eso que desperdiciar su vida como él, mejor que destrozarse a sí mismo…
-          Adiós Héctor, espero que todo siga su cauce – Marcos se marchó y le dejó solo, envuelto en sus histerias y preocupaciones, compartiendo sus trastornos con la única persona que le escucharía, él mismo.

La verdad siempre es triste y está contaminada por las limitaciones, condensada en pequeñas partículas que arrancan la piel y la transforman en fuego incorruptible. Somos desechos, compensaciones a la vida mediocre y tradicional que todos quieren, excepciones transitorias que acabaran sucumbiendo a la cruel realidad de la vida humana. Buscamos alejarnos de lo tradicional, de lo terrenal y al final acabamos muertos en sus prados, en sus senderos, pues somos de su misma especie y nos llama lo de nuestros semejantes a pesar de odiarlos o repudiarlos. Somos decadencia, somos mediocridad, siempre imaginando la vida como un tránsito irremediable y pudoroso, siempre caminando como burros por el pasto y dispuestos a todo con tal de no aburrirnos. Somos la mierda del mundo, ya se dijo una vez y es la verdad, somos la mierda, los desechos de la realidad.
Sí, así se sentía Héctor en su cama, esperando que alguien le sacara de aquel lugar y se lo llevase bien lejos, solo con su guitarra y su depresión, nada más.
-          ¿Qué haces aquí solo? – preguntó un extraño individuo con un sombrero y la cara completamente cubierta, no se le veía ninguna parte de su cuerpo.
-          Otra vez no… Hoy no es mi día… – Héctor se lamentó, pero le miró con curiosidad, buscando alguna explicación a semejante improperio, aunque en el fondo sabía que no había explicación alguna, era un fantasma. Suspiró –. Aquí, trabajando no te jode, ¿a ti que te parece? – el extraño sonrió.
-          Curioso… ¿Sabes de algún lugar donde encontrar tabaco? Tengo el mono y me gustaría poder agarrar un cigarrillo lo antes posible, hoy no ha sido un buen día, aunque bueno, ¿qué te voy a contar no? – Héctor alucinaba, todo era cómico y a la vez agobiante.
-          No, ni puta idea de dónde encontrar tabaco, pero si lo encuentras tráeme un piti anda, que lo necesito yo también, a ver si así puedo estar tranquilo un rato – Héctor giró la cabeza y cuando regresó al punto donde estaba el individuo no le encontraba, había desaparecido.
Se recostó de nuevo y volvió a intentar dormirse, regresó a sus fantasías y sus composiciones artísticas ilusorias, intentó crear una canción mientras soñaba con paradisiacos planetas los cuales jamás pisará, buscaba una salida, un lugar bien lejos donde refugiarse y vivir como los antiguos, en una cueva y con tan solo una hoguera para calentarse las manos después de cazar y de pintar garabatos en las rocas.
-          Ya volví, parece ser que en la cafetería había, toma uno – le dio un cigarro a Héctor, lo cogió y se lo metió en la boca, a lo que el fantasmagórico individuo alzó el mechero y lo encendió.
-          Gracias, gracias, me relaja bastante. Como nos pillen nos echan y lo sabes – Héctor rio esta vez, era obvio que no iban a echar a nadie, ya le gustaría.
-          ¿Qué opinas? ¿Crees que debería quemar el edificio? – Héctor no se sorprendió de que aquel individuo lo dijese tan en serio, con su personal y característica compostura de loco disfrazado.
-          ¿Por qué no? ¿Quién te lo impide? – dio una calada profunda y expulso el humo oscureciendo su visión de la habitación.
-          Nadie, nadie, pero no sé si sería lo más correcto, quizá fuese mejor matar a todos uno a uno, sería más divertido, pero por otro lado… no sé, el fuego purifica a las personas, a mí me purificó – era una mezcolanza entre lo irrisorio y lo perturbador, una especie de cómico que siempre te hace llorar.
-          Joder, me decepcionas, creía que eras el hombre invisible, siempre le quise conocer – Héctor rio.
-          ¿Quién? – el extraño se sorprendió.
-          Nadie, nadie – Héctor continuó con su risa inocente.
-          ¿Entonces qué debería hacer? ¿Qué opinas? – retomó.
-          Quema el edificio – fue contundente.
-          ¿En serio? – preguntó.
-          Sí, en serio. Puede ser divertido – dio otra calada y le dio el cigarro al loco invitado –. Toma, úsalo.
-          Gracias, te debo una. Ya nos veremos – el hombre desapareció sin decir nada más.
-          Hasta luego – dijo Héctor cuando ya se había ido, de un modo bastante despectivo y apático.

Las llamas comenzaron a replegarse por las baldosas del habitáculo y un miedo incansable golpeó el pecho de Héctor, con tal contundencia que le aprisiono en un sueño profundo, en un continuo estar, en la permanente muerte del cuerpo, presenció por poco tiempo lo que para otros sería la revolución de la muerte.
La oscuridad se cernió sobre sus ojos y no alcanzaba a ver absolutamente nada, tan solo oír, como poco a poco, una nota crujía en la infinidad del espacio, como algo, entre la nada, corría y se balanceaba. Él caminó, no muy despacio, ni muy rápido, se acercó paciente, sin prisa, con el sentimiento de que aquello no era real, pero sin llegar a saber del todo que caminaba por los senderos de un sueño posiblemente inconcluso.
-          Cuanto tiempo… Hace mucho que no caminabas por aquí, ¿A dónde fuiste? – de pronto, como si el mundo hubiese jugado su mayor carta nada más empezar se encontraba frente a un hombre oculto entre la nada, un hombre que hablaba con voz muy grave, cuyas palabras ascendían a lo más alto a través de una vocalización casi perfecta. Un hombre, que envuelto en la extrañeza de lo invisible, desprendía un aura de pureza, aun así, a pesar de su aparente luz, Héctor estaba tremendamente asustado, corroído por el desprecio humano y su depresión moribunda –. No tengas miedo, no muerdo. Acércate y siéntate a mi lado, no esperes que las cosas las hagan por ti, ven y siéntate, hay mucho de lo que hablar.
-          ¿Quién eres? – Héctor estaba desubicado, sabía que aquello no era real, y aun así temblaba, experimentaba como su cuerpo no existía, como su presencia estaba allí, acompañada de una voz desconocida y a la vez tan real, no entendía nada.
-          Entiendo tu confusión, entiendo tu estigma, pero no va a pasar nada por escuchar a un pobre viejo, no voy a hacerte nada, no tengo nada con lo que herirte, al menos no físicamente. Acércate y hablemos, tu mundo y el mío no son tan diferentes, y hay momentos en la vida que todos necesitamos de alguien que nos guíe, y tú, amigo mío, no eres diferente. A pesar de que pienses que todo gira entorno a ti, no, no eres diferente – Héctor se acercó muy despacio, como si algo le atemorizara, como a pesar de aquellas cálidas palabras algo se escondiese detrás, siempre había convivido con la presencia de extrañas personas, pero desde hacía un tiempo estaba comenzando a tener unos sueños a los cuales no les encontraba ninguna explicación.
-          Ya estoy aquí, no sé si a tu lado, pero estoy aquí, ¿qué quieres de mí? ¿Quién eres? – se sentó a su lado y dejó que todo fluyera, la conversación nació de la montaña, del hielo que se derrite, del rio que nace volando y que muere nadando.
-          ¿Yo? Yo no soy nadie, tan solo un recuerdo de lo que deberías haber sido, una imagen, un conflicto, un desengaño amoroso, yo soy algo que pita en tu cabeza, algo que vuela sin alas, algo que deambula con vendas en los ojos y manos cortadas. Soy algo que nunca entenderás pero que siempre odiaras y al que al final recurres. No soy útil, no soy real, no soy nada – los ojos de Héctor brillaban, se cristalizaban en aquella oscuridad invisible.
-          ¿Qué quieres de mí? – sus manos temblaban como las de un adolescente en su primer orgasmo.
-          Hablar, necesitaba una conversación. Hacía mucho tiempo que no hablábamos, desde que caminas solo no me escuchas, desde que tienes consciencia de lo que eres te has olvidado de mí, por un lado es normal, no te lo echo en cara, pero te echo de menos, de niño eras más accesible, ahora… pues eso, prefieres el calor de otras personas, no te culpo, les pasa a todos. Ya te lo dije, no eres especial, y en mi tiempo en esta oscuridad abrupta he conocido a mucha gente, y hubo un personaje muy peculiar que llamó significativamente mi atención, ¿por qué? No lo sé, quizá por sus abundantes imperfecciones y por su claro deterioro espiritual, no es que yo sea religioso… pero bueno, ya me entiendes. Esa persona hizo que contactase contigo, que me acercase a ti y hablase contigo, pues necesitaba que nos comunicásemos, no alcanzo a entender su finalidad, en el fondo solo quiere que le escuchen.
-          ¿Qué dices? ¿De qué hablas? – Héctor estaba desconcertado, el mundo en el que vivía cada vez crecía más y con él sus locuras y misterios.
-          De nadie, eso no importa, lo importante es que te diga que estás dentro de algo mucho más grande de lo que crees, que perteneces a una realidad que se aleja de lo material, que aunque pienses que eres alguien especial, no eres más que una ironía, un esperpento coronado por la lujuria de la verdad.
-          No entiendo nada, y no entiendo porque me estás contando todo esto, nunca me he creído especial, no voy a engañarte, es cierto que muchas veces pienso que por algo tengo que estar aquí, pero no soy especial, soy uno más, de hecho, soy mucho menos de lo que son muchas otras personas, asique no entiendo porque me dices todo esto – Héctor mostraba dolor, decepción y algo de enfado, pero no se alteró, ya no tenía ningún temor, el llanto estaba por encima, un llanto que nunca llegó.
-          Todos somos páginas en blanco, ilustraciones mal hechas de penes pequeños y controvertidos. No por eso somos menos valiosos, tu corazón está ocupado y tus sueños visualizados, pero tu mente está en otra parte, no te concentras, no luchas por aquello que realmente necesitas, no luchas por encontrar respuesta, te conformas y piensas que ya sabes más que los demás por el hecho de que cuatro idiotas te molesten de vez en cuando, no funciona así, no tienes un don, pero tienes un privilegio, tienes una base que muchos otros no tienen y lejos de sentirte orgulloso por ello, lo has interiorizado y hecho de ello algo natural – sus palabras resonaban como en un teatro, y su voz tranquilizaba la furia interna de un Héctor incapaz de enfrentarse a la verdad.
-          Sigo sin entender el porqué de todo esto, yo solo quiero ser feliz, vivir tranquilo, no necesito fantasmas ni mierdas, no necesito algo más, solo necesito sentirme en paz, alcanzar a través del arte un nirvana que ni Kurt Cobain, necesito saber en mí mismo y encontrar paz en lo que soy, no quiero nada más, la naturalidad en mi poder es algo común – Héctor hablo claro y sincero.
-          Quizá nunca lo entiendas, pero quizá todo lo que muestras no es más que una coraza que algún día se romperá y aparecerá el verdadero ser que habita en tu interior y que ruge por salir. No eres un niño ya, eres algo mucho mayor, no eres distinto, pero eres una persona con capacidades, aprovéchalas.

La luz regresó, las sábanas del hospital regresaron a su naturalidad, ya no estaban carbonizadas, el suelo había recuperado su blanquecino color y el día continuaba siendo el hogar del sol.
-          La verdad es que no me salió nada bien esto de quemar el hospital.
-          ¿Qué? Ya, a nadie le sale bien quemar sus recuerdos.
-          ¿Cómo lo has sabido?

Capítulo 6.


-          ¿Qué haces aquí? – preguntó Héctor desde un banco próximo a la carretera.
-          Nada… Vine a verte. ¿No crees que es bonito mirar los coches? – dijo Lucía envuelta en una alegría momentánea indescriptible. Sonrió, sonrió tan dulce que hasta Héctor se emocionó, era como ver un ángel, como una caricatura de la realidad que mostraba todo lo hermoso para ridiculizarse a sí misma.
-          ¿Los coches? – Preguntó extrañado.
-          Sí, es curioso ver como entre tanto caos hay un orden, aunque en cierto modo relativo, pero un orden. Es muy bonito contemplar cómo van cambiando de carril sin chocarse, respetándose a base de leyes no escritas, leyes que solo atienden a la muerte – Lucía admiraba atónita la carretera, parecía hipnotizada por el tránsito desordenado de aquellos coches.
-          Es muy rebuscado, pero tienes razón, es curioso verlo – dijo Héctor extrañado.
-          ¿Cuál es tu sueño? – preguntó ella sin dejar de mirar hacia delante.
-          En un mundo donde el arte se mastica fácil no hay lugar para los sueños. Hoy en día los sueños no son más que copias bastardas de la realidad, cuando en verdad, deberían de ser creaciones alegóricas de un mundo dañado por la falsa moral.
Ella no contestó. Él… Él se despertó en la cama de un hospital solitario, con las luces apagadas y olor a muerte. No tardó en dormirse, después de todo, al día siguiente le daban el alta, aun así el sueño le preocupaba, estaba demasiado obsesionado con aquella chica.



Dos años después…

En la oscuridad de lo repugnante y degradante, a la par que morboso, se escuchaban fuertes gemidos de dos hombres que frente al ansia irracional de la violencia habían decidido hacer el amor. Un amor desorientado y perverso que transformaba sus deseos en endebles ilusiones fragmentadas por el alcohol y las drogas, muestra de un arte impulsivo irradiado por el odio. Esta vez, Alberto, la única percusión que escuchaba era los golpes desenfrenados de sus manos contra la pared, algo bastante romántico a su parecer, en contra del pensamiento maniqueo mayoritario.
-          Dios sí, sigue por ahí – Alberto no se cortaba, tampoco su ubicaba, se dejaba llevar por el calor de un hombre desconocido y desorientado, el cual no tenía mucho que decir más que…
-          No puedo más, joder…
Siempre comienza la tragedia con un previo aviso de un loco encapuchado, pero esta vez solo lo pude predecir yo entre la oscura sombra de una página en blanco.
Héctor abrió la puerta del baño con fuerza, con una violencia poseída  por su trastorno compulsivo, sus razonamientos se limitaban a… “ahora estoy aquí, debo estar ahí ya”, en fin, es complicado.

-          ¿Qué cojones haces? Tenemos que salir ya, ¿eres gilipollas o qué? – Héctor estaba imbuido en una obsesión constructiva que hacía de él una persona capaz, al mismo tiempo que una persona descontrolada.
-          Ya voy, ya…  – Alberto continuó con lo suyo, y su amigo de cama, bueno, ya me entienden, prosiguió con su única hazaña positiva de la noche.
Héctor giró la cabeza rápido tras escuchar un ruido, lo que no sabría deciros es que cosa precedió a qué.
-          ¿Qué coño está pasando aquí? – preguntó el dueño del local, el cual no hizo más que preguntar una obviedad que le repudiaba, puede sonar decadente, pero las miserias del sistema crean personas incapaces de comprender lo ajeno a su visión intrínseca del mundo.
-          Nada, ya salimos – dijo Héctor colocando su mano en el pecho del empresario. Esta vez Alberto y su amante frenaron y adquirieron una posición anormal, pues, ¿qué es más normal que estar como animales siguiendo nuestro único instinto real? Nuestra única verdad…
-          Esto no puede ser… ¿Qué cojones creéis que es esto? ¿Un bar de ambiente? Y tú, quítame la puta mano de encima. Teníamos un trato y en ningún momento eso os permitía hacer mariconadas en mi casa, os quiero fuera de este bar antes de que os escupa, ¡Fuera! – su ceja se arqueó, las venas de su cabeza se hincharon, algo similar a los que leyeron la primera escena del capítulo.
Héctor cerró la puerta, se apartó de él y asintió con la cabeza a Alberto.
-          ¿Qué haces? – dijo el simio a Héctor.

Alberto se acercó despacio, con los pantalones en el suelo y sus calzones atrapados en su pierna derecha, le miró fijamente, como quien mira a una rata y le propició un puñetazo en la sien que le dejó completamente fuera de sí, la gravedad y el suelo hicieron el resto, siempre fueron buenos cómplices del que golpea primero.
-          Bueno, ¿qué? ¿tocamos? – Comentó sonriendo a Héctor –. Y tú… ¿A qué esperas? Vete ya de aquí. Menudo inútil – Su amante abandonó el lugar como un zombi sin hambre.
-          Ve con Raquel, ahora voy yo – Héctor seguía mirando atónito el cuerpo desmayado de un hombre sin valor.

Alberto cerró la puerta del baño y dejó a Héctor en su absoluta soledad.
Su mente nadaba por la sangre de su imaginación como pez en el agua, ansioso por encontrar una luz que desvista su espíritu y convierta su cuerpo en algo inmaterial capaz de resolver la gran verdad de las limitaciones.
Sus oídos se agudizaron, lo que supuso que su percepción de lo nocturno catase unas notas perdidas en la noche azul de un baño sin estrellas, solo vómitos pasados de gente enferma, gente cuya mente no sabe volar, solo refugiarse en lo visible para ser capaces de caminar sin un tropiezo que les abra la cabeza.
Las notas aumentaban y su sonido se transportaba a través de la realidad y los sentidos.
Una figura configuró una nueva apariencia logística del cuarto, un piano empotrado a la pared emergió del suelo con una pianista joven y guapa, de piel negra y curvas de atleta. Sí, una mujer hermosa cuya piel estremeció el vello de Héctor, incluso el contoneo de su figura le abdujo a un mundo de perversiones y parafilias casi psicópatas.
-          ¿Por… Qué…? – Preguntó Héctor balbuceando mientras la mujer acompañaba su entrada con arpegios vertiginosos de piano.
-          Mátalo, no merece vivir, toda alma cuya negrura proviene de la suciedad de lo inmoral debe morir – su voz era suave como la de una sirena que se intenta apoderar de tus deseos como si su música fuese el mar de tus recuerdos y tú, un niño estúpido que necesita resucitar aquellos instantes tan nostálgicos y felices, sin darte cuenta que eso pasó como un barco impulsado por el viento hacia la nada.
-          Lo inmoral… Yo soy inmoral, todo lo que hago es inmoral, no puedo matar a alguien que merece exactamente lo mismo que yo – Héctor no estaba extrañado por la situación, se veía atraído por su belleza carismática y su movimiento de manos.

Ella voló transmutando su cuerpo con su ropa transparente de fina tela y apareció frente a Héctor, traspasándolo hasta quedar detrás de él, cabeza con cabeza.
-          Tú, pequeño demonio, no eres más que el producto de tus actos, tus actos hacen de ti una enseñanza, haces un uso práctico de lo inmoral, en cambio, ese patético mono es un reflejo de una sociedad que no ve más allá de lo que sus ojos y su mente basada en la experiencia les permite comprender. Son animales que no han evolucionado, son hormigas que mimetizan lo común y lo mundano, establecen sus valores en base a normas carentes de fundamento y lo llaman verdad, pues alienan sus almas y crean seres que no son más que su propia contradicción. Tú rompes esos valores con un fin, ellos se adueñan de valores ajenos; que irónico; para poder vivir – su voz penetraba como notas claras en su cabeza.
-          Aun así…  – Héctor estaba muy confundido, su cuerpo temblaba y su mente lloraba consecuencias trágicas.

La doncella del piano volvió a transitar entre la nada y apareció frente a Héctor.
-          Hazlo… – dijo con suavidad. Se acercó más a sus labios y le besó.

Todo se esfumó sin más, sin lógica aparente. Héctor se aproximó al muerto, abrió la mano y apareció un trozo de cristal entre sus dedos, lo apretó, lo que hizo que sangrara, y se lo clavó en el cuello al hombre tumbado. Un charco enorme de sangre apareció en el todo.

-          Héctor, ¡Héctor! ¿Estás bien? – dijo Raquel.
-          ¿Qué? – Héctor se dio la vuelta y todo regresó a la normalidad, el cuerpo estaba en el suelo pero intacto – Em… Sí, sí. Vamos – Salieron de la habitación a la vez, mientras, Héctor, contemplaba a su paso o incomprensible de la situación que había vivido, cada vez estaba perdiendo más el sentido de lo real.

La vida se va pudriendo poco a poco, degradando el alma y convirtiéndolo todo en cenizas mugrientas que queman con sus vestigios, pues no hay dolor más grande que el recuerdo de lo perdido.
Él estaba ahí, contemplando como su concepción de las cosas se esfumaba como el humo de un cigarrillo devorado por la muerte silenciosa, como si la vida no fuese más que una experiencia insignificante que finaliza con una nada mucho más estable y tranquila, un lugar donde acariciar tus penurias y convertirte en un ser normal consumido por la avaricia del todo. Ya no le preocupaba si el techo se derrumbaba o si el suelo se precipitaba hacia el vacío, solo contemplaba un escenario repleto de personas indecentes impacientes por vislumbrar como rasgaba de mala manera una guitarra usada, solo esperaban escuchar letras difusas que calmasen su ira y les encaminasen hacia una luz que devora las almas como si de moscas se tratase.
Salió del habitáculo y observó la situación con cautela y admiración, admiró el esfuerzo que había traído a tantísimas personas a aquel lugar; subió al escenario entre gritos y sonrisas desviadas. Una vez allí contempló el precipicio, el paisaje hermoso que trascendía más allá del ruido y las personas, era una idea escondida en muchos lugares, una idea que rebuznaba pasión y locura, una idea que trasnochaba en su cama desde hacía demasiado tiempo.
Agarró la guitarra.
Las cuerdas estaban desafinadas, el público, mientras, miraba impaciente como si algo estuviese ocurriendo, pero no, nada acontecía, a Héctor le había dado una leve histeria y quería que todo sucediese como sucedía, todo sonaba fuerte y estridente. Alberto, entendía lo que allí sucedía, seguía el ritmo con la batería de forma natural y prosaica, hasta que de pronto, cesó el sonido, estiró la cuerda y comenzó a tocar una canción que todos conocían, dando el giro dramático a una situación que nadie hubiese esperado, y sí, por supuesto, iba dedicado.
Él tocaba como si entre sus manos hubiese una mujer carnívora, trascendía ante la nada y la percepción, poseía cada pliegue de su piel contemporánea, y adquiría la mayor habilidad del ser humano, ser capaz de no pensar, dejarse llevar por el momento.
-          – Sus ojos no se enteraron pero sintió su presencia postrada a su lado, un hombre alto con el pelo negro como su sombra, un sombrero de copa y un bastón con la punta plateada.

Prosiguió con su sinfonía infravalorada por los portadores de la verdad, por los sucedáneos de los dioses y escuchó sus palabras muy dentro de él, se incrustaban en el corazón y lo bombeaban con su presteza y desazón, un mal antiguo que transmitía a través de los sentimientos más simples y profanos, un artista de otro tiempo cuya única finalidad es encontrar el vanguardismo sacrificando la moral.
-          Huele a sangre… Huele a mierda enquistada…

Su voz resonaba en su pecho como el pico de un cuervo que no consigue el alma de una mujer abandonada.
Héctor siguió tocando junto al sostén melódico de Raquel y la base instrumental de Alberto, intentando olvidar su maldición de escuchar sonidos donde abunda el silencio. Esa capacidad melancólica que cualquier músico necesita y no posee, o eso dicen, y ya sabéis, si de algo hay que fiarse es de lo que nos dicen.
-          Huele a muerto, ¿no crees? – el hombre se arrancó el brazo izquierdo y se lo comió. Se esfumó poco después.

Giró la cabeza en la nota final y creyó apreciar un charco de sangre justo debajo de los altavoces. No le dio especial importancia.
Regresó para dar las gracias y largarse pero la vio, la vio a lo lejos, vislumbró su inconfundible luz entre el público. Ahí estaba, observándole, contemplando  un ser amorfo que camina sin rumbo y que se pierde en la inmensidad. Ahí estaba, buscándole, buscando su mirada entre las sombras de guitarras poco amadas.
No miró a nadie, se fue al camerino, se cambió y salió por la puerta de atrás, y, para su sorpresa, le estaba esperando.
-          ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Me has echado de menos? – lucía preguntó con su voz idealizada y Héctor, no, no lo dudó ni un instante, la besó. Fue un beso pasional pero delicado, un beso suave, un beso con sabor. Un beso que vive de tus ilusiones y las dibuja en parpados cerrados.
-          Podría decir que sí, todo ha sido muy extraño este tiempo, no he pasado momentos agradables. Me alejé de ti pensando que todo mejoraría en mi vida pero al parecer las malas influencias a veces son mejores que la vida cotidiana que muchos nos intentan imponer. No puedo negar que el camino que yo quería para mi vida distaba de lo que realmente anhelaba en mi interior, no sé, pero bueno, da igual, ¿cómo estás? – se notaba que Lucía había madurado, su mente estaba más clara y centrada, aun así, su voz seguía sonando angelical.
-          ¿Yo?, me conoces poco si haces esa pregunta, todo fluye sin más, todo se muere a mi paso – se encendió un cigarro –. ¿Quieres dar un paseo? – ella asintió y comenzaron a caminar por el paseo de un río que deslumbra por su entereza ante el cambio climático. No es necesario ser el más grande ni el más caudaloso para ser hermoso.
-          ¿Crees en los fantasmas? – preguntó Lucía. Héctor no fue capaz de disimular una cara pálida y desagradable.
-          ¿Cómo? – dijo sorprendido.
-          No sé, últimamente me he planteado que debe de haber algo más allá, algo que nos conecte a todos, no entiendo si no cómo puedo estar tan ligada a ti – dijo mientras le cogía del brazo y se acercaba a él, le abrazaba y le daba un beso sincero en la mejilla –. No es que crea en los fantasmas, ni que me refiera directamente a ellos, solo que… no sé, debes de pensar que estoy loca, pero me parecen una figura que plasma a la perfección la vida tras la muerte, la conexión con lo pasado. En cierta medida necesito creer que no estoy sola, que algo me guía… – frenaron a la mitad de un puente que cruzaba el río, dejando atrás un mundo lúgubre, y se besaron bajo la luz de la luna, una luna que abraza con su calor y nocturnidad, una luna que apacigua el alma y transforma el amor transitorio en familia.
-          Estate tranquila, hay algo más, hay un camino para cada persona, un lugar donde cobijarse y una razón de ser para cada vida, de eso no debes dudar, y si dudas, ese es tu camino – la abrazó con fuerza, dejando que la cabeza de Lucía se apoyara en su pecho y escuchara como su corazón latía con tierna tranquilidad.

El tiempo pasó con presta lentitud, poca gente lo entenderá, o, por el contrario, esperemos que mucha. Estaban ahí, contemplando el reflejo del río mientras el tacto de sus manos dilucidaba su amor desinteresado y sangrante, un amor alejado, un amor destinado. Es verdad que cuando pasa mucho tiempo se tiende a olvidar, pero hay escasas excepciones donde el amor es más fuerte y aguanta un vendaval, escasas ocasiones en las que el mundo puede caer que si esas dos personas se vuelven a encontrar lloverá en sus hogares y las sábanas siempre estarán mojadas. Así es el destino de cruel, te hace amar lo difícil y complejo, nunca lo transparente y sencillo. Es por eso que la luna lucía con esperanza aquella noche, es por eso que sus labios no huían y el misterio se ocultaba la piel y no detrás de la tela de la vergüenza.
Se abrazaron con delicadeza y Héctor le susurró algo al oído que jamás relataré, caminaron hacia el césped que acariciaba el agua y se tumbaron. Se sostuvieron el uno al otro en una lujuria presa de la libido más descarnada, desalojando un cuerpo que poco tenía que aportar y evolucionando a seres sin limitaciones, alcanzando un lugar donde las almas pintan y los cuerpos son pintados, donde las almas narran y la piel se esconde en cuentos imposibles. Un lugar que muchos temen, un lugar que nadie recuerda ya, un lugar abandonado por culpa del ansia terrenal y mundana, un lugar al que te quiero llevar cada noche, sí, un lugar dedicado a una persona muy especial, y tras el inciso, un lugar donde nadar sin necesidad de saber nadar, un lugar donde volaron sin plumas, sin artefactos, sin magia, un lugar exótico, un puerto en la nada, un puerto donde los piratas son adultos y los niños no crecen ni temen la inmadurez. Allí se amaron, no es necesario decir más.

La luna descansó y cesó el sofoco, todo regresó a la normalidad y las palabras resonaron en el todo.
-          Jamás nos olvidemos del hoy, ni de lo que ahora sentimos, pues el futuro es incierto, por eso debemos guardar un pedacito de lo que ahora tenemos, apoderarnos de ello y protegernos, pues somos uno, somos lo único que tenemos y lo más hermoso que nos pasará jamás, tenlo en cuenta – dijo Héctor con los ojos rojos, posiblemente porque jamás había sido capaz de tener algo tan normal a la par que maravilloso, era su único refugio, la única realidad tangible que merecía la pena, era ella…
-          No sé… No puedo prometer nada, no sé qué será de mi vida, aún sigo perdida – ella estaba bloqueada pero le abrazó con intensidad, en lo más profundo de su ser, aunque le costase asimilarlo, dependía de aquella extraña persona que se asustaba cada vez que salía a un escenario y veía fantasmas en los cristales de la realidad.
-          Yo estaré, siempre estaré…  – Héctor se apoyó en su tripa y se durmió escuchando su intestino.

El agua era cristalina, estaba caliente y el aire salpicaba con un olor relajante, algo asfixiante a su parecer. Nadaba alrededor de sus amigos, protegiéndoles de sí mismos y de sus fantasmas, nadaba sosegado, contando el tiempo que conseguía mantener, escribiendo música en las plantillas de su mente. Era una experiencia extraña, todos hemos vivido algo así. Nadaba sin presión, sin angustias, riendo con cosas indescriptibles como un chiste o una aguadilla, reían como si fuesen críos, como si la vida no les hubiese obligado a madurar, recordando momentos pasados, sin tapujos, sin prejuicios. Reían y bailaban en el agua, flotaban, pataleaban, se abrazaban, se besaban, jugaban y experimentaban como si la vida no les pusiese limitaciones, nadaban entre el mar y el río, nadaban en la piscina, huían de las fronteras, huían de sus almas asustadas, huían de su realidad. Corrían en el agua, buceaban esperando encontrar piedras preciosas que regalar, flotaban mirando un cielo al que irían a visitar. Entonces, él se alejó, fue a buscar algo al fondo de aquella piscina ilimitada, se adentró en la oscuridad, regresó y nada estaba igual. Hacía pie, podía caminar a pesar de su velocidad, los veía en la lejanía conversar, observaba cada momento y recordaba la experiencia, se acercó, pero cada vez estaban más lejos y no avanzaba nada. Miró al agua y se comenzaba a marear, el reflejo de su rostro se distorsionaba, la realidad cambiaba y la noche se apoderaba de la luz, el sol abandonaba para dar paso a la comicidad de la luna, entonces, se dio cuenta, no era más que un sueño, un sueño al que llamaba vida.
A veces hay ganas de llorar y no sabes por qué, no sabes de donde provienen. A veces sueñas despierto y piensas que la vida está dispuesta a todo por ti, así se sentía, así veía el momento, había sucedido algo que no alcanzaba a entender pero que sabía que provenía desde muy arriba, que no era una decisión tomada a la ligera, era algo que traspasaba barreras y le caía en forma de lección, una lección que desconocía por supuesto, aun así, la lección estaba ahí, infiltrada en su memoria y no tenía pinta de que fuese a marcharse pronto.
A veces caminas despacio y piensas que el tiempo va seguir tu ritmo pero no funciona así, la vida se te adelanta siempre y ataca con todo lo que tiene en su mano para derrumbarte, quiere demostrarte que está por encima de ti y que tú no eres más que un pelele que ansía el control, un control inexistente en una vida basada en las limitaciones. Sí, así se ríe de nosotros, nos muestra que esta todo a nuestro alcance y cuando estamos a punto de tocarlo, ¡qué digo!, rozarlo, tira de ello y sonríe. Es todo tan irónico… Pobre Héctor…
La luna se escondió tras unas nubes oscuras, tenía miedo de que la acosaran miradas lascivas, a pesar de ir siempre provocando, no nos puedes quitar nuestro derecho a mirar y más cuando es tan azul… Las nubes atronaron y la lluvia empapó con dulzura un césped creado y dos cuerpos postrados a la expectación.
Corrieron rápido de ahí y volvieron al bar olvidado, al reencuentro del soldado herido, al lugar del resentimiento, al lugar donde habita lo patético, donde el alcohol exprime tu cerebro hasta conseguir arder en tu alma.
Corrieron, fue fugaz.
El camino no supuso un problema, la lluvia un aliciente, sus manos la unión de mentes pachuchas.
Una vez allí, para sorpresa de ambos, se encontraron de frente a Raquel, fumando en la puerta, tapándose como podía con el abrigo y susurrando mierdas cada vez que se le apagaba el cigarro.
-          ¿Dónde estabas? – dijo Raquel a Héctor.
-          Estaba con Lucía. Ah, es verdad, no la conocías, pues bueno, Lucía, Raquel – Héctor las presentó a ambas sonriendo.
-          ¡Hombre! Ya me habían hablado de ti, encantada – contestó Lucía con entusiasmo. Miró a Héctor e hizo un gesto de aprobación.
-          Encantada…  – dijo Lucía con voz tímida.
-          Bueno qué, ¿recogemos? – esta vez se dirigió a Héctor.
-          Sí, ya es hora – rio Héctor –. ¿Nos acompañas? – preguntó a Lucía.
-          Mejor que no, estoy algo cansada y no quiero molestar, mejor nos vemos mañana, ¿vale? – le cogió el móvil, apuntó su número, dio tres pasos y se giró –. Llámame – le dio un beso y se marchó.
























Capítulo 7.


“No busco dibujar bien, solo apaciguar a los dragones que incendian mi interior”.

Todo estaba oscuro y repleto de dramatismo, condensado en una realidad harapienta que arruinaba su propia esencia mortal.
¿Por qué? ¿Por qué escribes?
Héctor se asomó a la nada, vislumbró como un hombre miraba el infinito, un hombre del cual solo podía estudiar su espalda, pues no se podía reconocer nada más. Una figura en el espacio, en la oscuridad más aterradora. Allí, entre el vacío y la soledad se encontraban, algo irónico.
¿Por qué? ¿Por qué escribes?
El mundo es algo complejo, el mundo es un organismo que corroe y marchita. El mundo, el mundo es una razón, una explicación a nuestras vidas, a nuestra paupérrima existencia. El mundo, el mundo es una fantasía, una alegoría horripilante, una abstracción de nuestra mente narcisista que no busca más que dar la razón a quien no la tiene.
-          ¿Dónde estoy? ¿Qué pasa aquí? – Héctor proclamó al eco que alumbraba a la nada.

El silencio fue funesto, ¿qué coño importaban unas estúpidas palabras en aquel lugar? Por desgracia para muchos, las palabras siempre fueron importantes. Siempre fueron aclamadas por nadie, por alguien que deambula por los prados de la perdición, por el camino a la cascada infinita. Siempre fueron acogidas por una vida que nace y muere en el corazón de sus víctimas.
-          ¿Dónde estás? – una sonrisa se intuyó a lo lejos, detrás de aquel cuerpo inmóvil.

Los genios habitan en mentes débiles, en un arte común y estipulado. Los genios cosen sus mentiras con alfileres finísimos, casi imperceptibles para la vista, pero ahí están, en cada hilada, en cada atadura, en cada límite. Ahí están, firmes, seguros, esperando que los comprendamos, que los amemos. Olvidarlo, no hay que amar lo que nos corrompe, lo que nos impide crecer y evolucionar. Descosamos la vida, destrozad la razón y la lógica y nadad por el jardín, sí, nadad sin sentido, nadad hacia la nada, hacia vuestra meta.
-          Sí, ¿dónde me encuentro? – Héctor parecía impaciente, asustado.

La cabeza da vueltas, la esencia palpita, las mentiras aparecen y te consumen.
-          En el lugar en el que naciste – La silueta no se movió, tampoco podríamos saber si movía los labios, tan solo narraba con voz poderosa y apacible –. Mira, te voy a contar una historia, algo que me contó alguien, alguien muy importante, quizá te haga entender algo. Tómatelo como la enseñanza de un dragón viejo que solo anhela dejar de respirar.
La realidad se va difuminando y la oscuridad lo conserva todo, cada detalle, cada mensaje.
-          ¿Una historia? ¿Qué dices? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué es esto? – Héctor estaba irascible, podría ser un sueño, pero llevada demasiado tiempo soñando.
-          Calma muchacho, ten un poquito de educación y escucha…
“Le miré desde el pasillo, estaba sentado en el sofá, como siempre, pintando en su cuaderno algún boceto abstracto. Estaba triste, como siempre, no sabría decir por qué, pero lo estaba, se sentiría solo, marginado, abstraído, envuelto en un mundo complejo del que no es nada fácil salir. Yo estaba preocupada asique me acerqué, me senté a su lado y le miré durante un rato sin mediar palabra. Contemplé su rostro, no presté apenas atención al dibujo, tan solo observé con delicadeza sus hermosas facciones. Era un niño muy guapo, no entendía del todo bien por qué malgastaba su vida encerrado en casa.
-          ¿Por qué estás triste, puedo ayudarte en algo? Necesitas salir a tomar el aire, te pasas la vida dibujando, hay más cosas ahí fuera – le dije mientras le acariciaba el pelo con ternura, al fin y al cabo era la persona a la que más quería y estaba preocupada.

-          No estoy triste – me respondió con una leve sonrisa en la cara, como si escondiese algo, como si no quisiese decirme lo que realmente sentía.

-          No estés mal hijo, la vida es complicada, te dará golpes, tendrás que soportarlos, pero no puedes encerrarte, no puedes huir de la vida, no puedes abstraerte, tienes que ser fuerte, es más, no puedes intentar que la vida sea como tú quieres, la vida es como es y tienes que amoldarte a ella, no eres más que un hombre, un pequeño hombrecito, pero al final, un hombre es solo un hombre – le dije tranquila e intentando convencerle de algo.

-          Pero mama… Yo no soy un hombre… Yo, yo soy un pájaro….

Un hombre es solo un hombre.”

La silueta, la sombra que no se movía, se dio la vuelta y mostró la verdad. Era un hombre sin rostro, una cara vacía, una representación del mayor miedo de Héctor, un hombre que no expresaba nada.



Se despertó sudando y enseguida Lucía lo abrazó asustada.
-          ¿Qué pasa? – dijo Lucía con tono de preocupación.
-          Nada, solo ha sido una pesadilla…

Lucía le miró con ojos de enamorada, con esos ojos que perforan tu alma y la hace endeble y vulnerable, esos ojos que convierten la rabia en ternura y el deseo en lujuria. Una mirada tentativa, una mirada consoladora. Le dio un beso suave, delicado, de esos besos que te hacen olvidar hasta la pesadilla más horrible de todas, incluso el mejor sueño, aquel en que dejas de existir y puedes vivir tranquilo y en paz o, simplemente, eres aceptado por todos y puedes vivir cómodamente hasta tu funeral.
Lucía se sentó encima mientras continuaba besándole.
Le miró a los ojos mientras él seguía con los parpados cerrados y observó como por primera vez se sentía a gusto, tranquilo, las únicas preocupaciones residían en su incapacidad de controlar sus fantasías más perversas en aquella situación, pero ella prosiguió orgullosa, tentándole a sacar toda su rabia contenida y que la expulsase en forma de mordiscos ocasionales o leves arañazos por su espalda.
El beso cesó, y por fin sus miradas conectaron, fue intenso pero breve, ella empezó a moverse y se volvieron a besar, revolcándose por la cama, gimiendo mientras sus respiraciones iban a contratiempo y sus balanceos impacientes convertían la situación en un caos placentero e irrisorio, no dejaban de sonreír entre azotes y coquetos contoneos.
Héctor la giró, la puso boca abajo y lamió su espalda, saltándose el obstáculo del sostén, regresando al cuello como soldado suicida, mordiendo cada pliegue, cada lunar que erizaba su piel. No tenía tiempo para pensar, la guerra es rápida, arrancó su sujetador y se lo hizo morder a Lucía, le tapó los ojos y con su lengua recorrió la espalda temblorosa de la única mujer capaz de haber controlado las pasiones más oscuras de un hombre asustado de sí mismo. Llegó al culo, la azotó, la marcó con ternura y ella soltó un leve gritito silencioso que desató por completo el deseo de Héctor. Le quitó las bragas, y en aquella posición se la metió, no de golpe, no con suavidad, entró primero con ternura, mordisqueando a la par su cintura, hasta que ella estuvo preparada y embistió susurrándole al oído un te amo tan intenso que apenas pudo entenderse. Ella no pudo evitar gemir, esta vez de manera más sonora, y él, poseído por sus demonios la acarició el pelo y se lo agarró, siguió un buen rato sin parar, uniendo sus sudores, sin escrúpulos, sin ascos, hasta que ella se giró, le tumbó en la cama y bajó por su cuerpo lentamente hasta alcanzar con deseo aquello que todo hombre protege y lo lubricó, no porque hiciese falta, no porque nada de aquello tuviese un propósito, no, simplemente porque su instinto más primitivo se lo iba sugiriendo, les motivaba a ir cada vez más lejos. Estuvo un buen rato ahí abajo, hasta que sin más, se la metió. Ella necesitaba moverse y él disfrutaba mientras miraba su hermoso cuerpo deslizarse por su entrepierna, le agarró de las tetas y se incorporó para besarla, pero esta vez no fue suave, fue brusco, muy agresivo, quizá demasiado. Ambos se mordieron los labios, ambos sintieron un ligero dolor, un dolor que se esfumó en cuanto comenzaron a gemir por la hermosa conexión que había entre sus piernas.
Todo fue demasiado visceral, demasiado compulsivo. Acabaron sudorosos, tirados en la cama y sin siquiera capacidad para abrazarse, tirados, derrotados por la pasión, felices y tristes porque todo había acabado.
Todo acaba viejo amigo…

Héctor sintió un vacío en el pecho, cómo si algo hubiese pasado en otro lugar y él lo pudiese percibir, como si todo lo que allí sucedía no fuese más que una ilusión. Allí estaba, tumbado, mirando fijamente el techo blanco de aquella habitación diminuta y recordando lo que le había impulsado a desatar su pasión.
Deja de disimular, ¿acaso esta es la vida que quieres?
La voz hubiese sonado extraña en la mente de cualquiera de vosotros, pero en la suya, en la mía, no fue más que un acto más de una obra que parecía no tener fin. Su cabeza comenzó a dar vueltas, a preguntarse si realmente hacía bien, si Lucía se merecía aquella vida, no nos engañemos, él la quería, no de cualquier manera, la amaba profundamente y había encontrado en ella la luz que su corazón no profesaba. Una verdad real, no una mísera ilusión. En parte, podríamos decir que era una válvula de escape, pero, ¿qué no lo es? Todos tenemos idas y venidas, momentos de evasión, momentos de cordura.
-          ¿Estás bien? – preguntó Lucía al verlo tan callado, lo que al lector puede resultar algo irónico.
-          Sí, a veces veo fantasmas. Nada relevante, no te preocupes – Lucía le miró extrañada, estaba desnuda, envuelta en un aura de dulzura capaz de erizar la piel del hombre más frío, sentada a su lado, tapada ligeramente con las sábanas, y aun así, en esa posición, se sintió afligida.

Yo nací de la sangre, del dolor de un humano incapaz de nada, de los temores más asquerosos y banales. Nací del desprecio a uno mismo, de la verdad, de esa verdad que aunque la escondas sigue saliendo a flote, aparece y te llena de mierda. Yo nací de ahí, de la ruina de los labios, de la apatía de la mente, del desprecio del cuerpo marchitado. Nací de la culpa, del desasosiego, y lo peor, lo peor de todo, no es que yo no sea más que un reflejo de un hombre carbonizado o simplemente invisible, sino que soy el reflejo de un reflejo, pues tú, amigo mío, asqueroso amigo que no es capaz de hacer uso del único arma real, estás muchísimo más jodido que yo. Eres un cobarde, dejas que te manipulen, que abusen de ti, que te violen, y no haces absolutamente nada. ¿Mi tortura? Mirarte, otear desde mi castillo inexistente como cada día das un paso más hacia el abismo y te humillas. No soy un santo, no soy la verdad, solo soy un monstruo, pero aquí estoy, no me dedico a escribir palabras, vivo en tu realidad y me alimento de lo mismo que tú.

-          A veces no te entiendo… Lo mejor será que me vaya a dormir – Lucía se dio la vuelta y se durmió, o por lo menos se hizo la dormida.

Héctor no sabía a donde mirar, solo cerraba los ojos y esperaba callado a que todo tomase otro cariz, pero la verdad flotaba en la oscuridad, el drama sosegaba sus retinas y le permitía adentrarse en un sueño tan profundo como misterioso. Una luz apareció entre las tinieblas, una luz tenue, sin apenas brillo, una luz que tan solo permitía ver el rostro de un hombre elegante, con gorro y bastón, trajeado y dispuesto a cabalgar sobre un caballo blanco, aunque en realidad las apariencias siempre engañan, pues era una persona lúgubre, un hombre siniestro y violento. Su cara… ensangrentada. Sus ojos… rojos como el cielo antes de perder la luz. Se asustó y abrió los ojos de golpe. Examino lentamente el techo en busca de un cuadro actual, de esos en lo que lo único que se ve son sentimientos propios, de esos que nosotros hacemos la mitad del trabajo. No vio nada, solo miró a lucía y la abrazó.
Por mucho que intentes huir de mí no desistiré.

Héctor giró la cabeza pero no vio lo que tenía en su cerebro, tan solo contempló como una enorme armadura irrumpía en su habitación. Un caballero de la antigua usanza moraba por su santuario, por su adormecida habitación. Era algo regordete, con un semblante blanquecino pero hinchado, de mofletes grandes como se diría a día de hoy.
-          Buenas noches don Héctor, ¿se encuentra disponible? – Héctor se quedó petrificado, no estaba en posición de conversar con otro fantasma.
-          Mejor me voy a dormir – contestó Héctor con desgana.
-          Por favor espere, necesito hablar con usted. He perdido el grandioso nombre que me amparaba – la armadura hacia un estridente ruido cada vez que aquel hombre extraño comenzaba a hablar, era como si su mandíbula fuese capaz de hacer mover toda una armadura.
-          ¿Qué dice? ¿No ve que estoy durmiendo? – a Héctor se le pegó algo de aquel formalismo irracional.
-          Sí, lo veo, pero, ¿acaso eso le escusa? ¿Cómo puede negar la ayuda a un hombre perdido, abandonado por su identidad, en busca de un nombre oculto en las profundidades de un alma rota? Es usted un ser cruel, frío, sin corazón en el pecho que caliente su piel. He venido de muy lejos con el único fin de pedirle ayuda a vos, un señor capaz de hablar con los muertos, un hombre digno de escuchar mis humildes penas – el hombre rasgaba la voz cada vez que respiraba.
-          Cada día entiendo menos mi vida… ¿Qué nombre? Yo no sé nada de ningún nombre – Héctor estaba frustrado, sentía un vacío incurable en su interior.
-          Mi nombre, el nombre que domino estas tierras hace miles de años, el nombre de un valiente guerrero que asesinaba a sus enemigos con astucia y el filo de su espada, imponiendo su saber con la fuerza de una estocada. El nombre de un muerto que no recuerda, de un hombre vivo sin cuerpo, de un hombre con alma y sin corazón – el hombre de la armadura parecía que canturreaba mientras hablaba, narraba con pasión cada palabra que nacía de su boca.
-          ¿De dónde salís? – preguntó Héctor incrédulo.
-          No lo quieres saber – resopló el hombre –. Nací del vacío, soy presa de un deseo escondido en algún desalmado, o quizá solo el recuerdo olvidado de una persona indecisa. No somos más que la consecuencia de un destino caprichoso, cabalgué durante año y solo encontré miserias en la bruma. Usted no lo entiende, no soy un fantasma cualquiera, no soy un hombre, soy una espada, un arma capaz de destruir cada límite que se esconde en tu mente, capaz de desollar a los animales más sanguinarios que acechan sus sueños. ¿No lo ve? El mundo se pudre, y no es la peste, los sentimientos se estancan, la gente ya no lucha, ya no persevera – miró por la ventana y permaneció estático durante unos segundos –, permiten que la suerte se apodere de ellos, de sus angustias, de sus miedos, de sus anhelos más profundos y descabellados, no somos más que eso, reflejos, copias dirigidas por poderes que ni nosotros mismos conocemos, reyes, reyes malvados, dragones que escupen fuego desde elevadas torres que ni alcanzamos a ver. Son dioses, usemos nuestras armas, nuestros puños, usemos nuestra mente y venceremos.
-          Nada de eso existe, no hay dragones, no hay monstruos, no hay poderes ocultos, desvarías. La única verdad es que estamos encerrados en una realidad absurda y aburrida, lo único que nos queda es aprovechar cada instante de felicidad que nos regala, aunque sea falso, aunque esté en un vaso vacío o en un polvo blanco oculto en un cenicero. No hay más, la realidad es simple, yo veo fantasmas, tú eres un estúpido fantasma y mis miserias me atormentarán por el resto de los días – Héctor se tumbó, se dio la vuelta y cerró los ojos.

Algo resopló como una brisa, como un viento apacible y ligero que surco la habitación, destapando a lucía y engañando a los oídos de Héctor con un susurro casi imperceptible, sí, casi, porque lo escuchó como el canto de una hermosa sirena atado al mástil de un barco húmedo y trágico.
-          Los dragones existen y están en nuestra mente, los poderes no están en la realidad, no manejan a las personas desde fuera, no, mi gran señor, los seres que nos dominan y aprisiona están ocultos en un lugar mucho más peligroso, en un lugar donde nadie mira ya, los dragones están en el alma.
-          Entonces su nombre no es otro que el de “locura” – contestó Héctor con desprecio.
-          Gracias mi señor, por fin lo vuelvo a oír… Fue la locura quien derrumbo los muros, quien aplastó a opresores con su espada y quien conquisto el reino, el reino más importante de todos, el de uno mismo.

Héctor se durmió como si las palabras llevasen un fuerte somnífero impregnadas en su pausada pronunciación.

¿Me escuchas? No debe ser difícil escucharme en sueños, por algo estoy aquí. Debo contarte algo, es muy importante.
-          ¿Quién eres?

Hace bien poco leí que para ser capaz de escribir un buen libro, lo primero que debes de hacer es comenzar con algo muy triste, algo capaz de atraer las simpatías de los lectores, no me juzgues por llegar algo tarde, como bien he dicho en numerables ocasiones, no soy ni seré un buen escritor.
-          ¿Cómo?

La noche era oscura, poco iluminada para ser una noche de invierno, fría y lluviosa. Debería decir que la luna tenía la obligación moral de que aquella noche lloviese como si no hubiese un mañana, como si nunca más volviéramos a disponer de agua en el mundo, pero así era, llovía como si Noé estuviera llorando de la risa. Yo, en mi apatía natural caminaba por la calle, con las farolas a medio iluminar y las prisas de la gente. A lo lejos, entre la bruma y la soledad vi a una mujer en un banco, oculta por los arbustos y los árboles desnudos. Anduve hacia ella, con discreción, sin aproximarme mucho, no tenía ninguna intención de hablar con ella, tan solo de mirar su figura y su cara. No me voy a justificar, todos en esta vida hemos pecado de superficiales o nos hemos dejado llevar por la pasión material.
Ella no me vio, pero escuchó mis tenues pasos cerca de donde ella moraba, giró con suavidad la cabeza y se percató de mi existencia. Aproxímate, me dijo con la voz más dulce que he escuchado jamás. Yo, incauto, fui hacia ella con la mirada engatusada por su hermoso rostro. Su pelo precipitaba hasta sus hombros, sus mofletes iluminaban lo que aquellas asquerosas farolas no eran capaces de alcanzar y sus ojos se adentraban en mi cuerpo sin permiso alguno atentando contra mis muros. Su figura era digna de admirar, apenas recuerdo como iba vestida, lo único que consigo rememorar era que su cuerpo impactó en mí como las estrellas en un joven que viajaba con su novia y, en un momento de debilidad, él le entregó su corazón en el altillo de una casa muy lejos de su hogar.
Me miraba curiosa, impaciente, sentía que si no me hablaba ya iba a desaparecer en la nada. Siéntate a mi lado, no tengas miedo. No voy a engañarte, sentí pavor, no solo por su hermosura, sino también por la extrañeza de la situación.
… –  Héctor quedó anonadado, a pesar de su incredulidad, no podía dejar de escuchar. Ahí reside la hermosura de los sueños.

Yo me senté, la miré a los ojos y no dudé en contarle lo que sentía, sufrí un arrebato de dulzura y pasión y lo solté de golpe, me he enamorado nada más verte. Ella, impactada por tal acto de estupidez y valentía se mantuvo impasible durante unos largos segundos. Yo no puedo corresponderte me dijo, yo nunca voy a darte lo que necesitas, jamás, sino, no estarías enamorado de mí. Fue cruel y despiadado, jamás unas palabras me habían dolido tanto, jamás había sentido tantísima rabia ni había llorado de esa manera, me escocían los ojos, pero aún más el alma, la sal perpetraba mi herida y yo tan solo fui capaz de preguntar, ¿por qué? Fui muy estúpido, no te voy a engañar, no todo en esta vida hay que saberlo, hay cosas que es mejor no conocer jamás. Pues porque, mi enamorado desconocido, yo soy tus sueños, tus metas, tus deseos, y, mi único amor, es el fracaso.


Héctor despertó pálido, colérico. Su cuerpo necesitaba destruirse y su mente olvidar, asique, en la penumbra de la noche, fue hacia la cocina, sacó del mueble un wiski barato e impregnó la copa de ese brebaje pagano. No dejo de beber, siquiera cuando caminó hacia el sofá, ni cuando se sentó en él, solo bebía y mareaba sus pensamientos con un alcohol corrosivo que entraba en su garganta cual magma enfurecido. Sus bostezos eran casi imperceptibles por su cerebro endemoniado y su tristeza oculta en los vaivenes de sus ojos, angustiado por una idea que jamás había llegado a plantearse, se había adentrado tantísimo en el corazón de las tinieblas que ya no recordaba lo que era o no era real, todo se esfumaba como el humo del cigarro en la noche eterna, como susurros de amor en el cementerio, como ángeles poseedores de la verdad que afirmar conocer y no se dan cuenta que el conocimiento reside en lo relativo, en lo personal. Todas las palabras volaban, todos los pensamientos, recuerdos; flotaban en el aire, regocijándose del malestar de un hombre que solo buscaba un camino que seguir, un sendero libre de insultos o piedras que lo único que buscan son pies doloridos para hacerles tropezar. Ahí, mientras la luna cantaba la llegada de su amor, él añoraba cada paso por la vida, cada momento tierno y ansioso, cada error, cada caricia, pero algo más le atormentaba, algo cruel, algo sucio. ¿Estaba ella realmente en su cama? Su mente se nublaba cual luz en la taciturna carretera. Sus pasiones afloraban, sus deseos más oscuros, pues ya saben, es bueno ser desconfiado, ser gris en un mundo de claroscuros, pero hay momentos de duda, pues lo relativo lleva a la incapacidad, a la negación, al bloqueo. Y ahí se encontraba él, asustado, temblando de miedo, abrigado con una manta y con la copa desperdigada por el suelo, contemplando como el alcohol marchitaba la vida de la alfombra y su sudor empapaba la manta que cuidaba de él. Estaba solo en el mundo, nadie atendía sus suplicas, no había Dios que le socorriera, amor que le ayudase, ni hogar donde resguardarse. Era culpable de todo aquello, de toda la penumbra, del gris margen que separaba su realidad de la verdad. Era culpable de caminar por una tabla de madera sin final, sin mar al que caer ni barco al que volver, sobrio en sus pensamientos, ebrio de placer, de acción, de terror a girar la cabeza y ver como su amada no está, se fue a un mundo del que nunca quiso saber nada, del que nunca logro entender nada.
-          Sabes lo que debes hacer, haz desaparecer todo aquello que te limite, haz desaparecer todo, tú perteneces a un mundo mucho más complejo… – regresó, una sombra tras el sofá, él no miró, no quería volver a contemplar su rostro.  Se aproximó a su oído y, con el brazo cortado y chorreando sangre, le dijo algo que Héctor jamás olvidó –. No debes temerme, debes temerte a ti mismo pues Dios tan solo fue el reflejo de lo que nunca creó.

Héctor palideció bajo la lámpara, observando como el alcohol ya no protagonizaba ninguna escena sucia, al contrario, era lo único que impedía a Héctor admirar la sangre caliente que surcaba el suelo con grandilocuencia y serenidad.
-          Acaso piensas qué realmente ella…. – susurró Héctor.

El silencio contestó a su pregunta.
La pena engrandece al débil y la muerte deserta al fuerte, no somos ángeles, no somos demonios, vagamos por lares insufribles, entre el todo y la nada.
Se levantó escaso, alcanzó un papel y escribió una canción, una canción que se convirtió en poema, un poema escrito por la dulce psicosis que le atormentaba, una canción disuelta, un poema que jamás existió:

Nuestra apatía somnífera
conversa con la controversia,
con el amor carnívoro
y agresivo del reverso.

Nuestro deseo refleja
el fondo flojo de una sociedad compleja
y adversa que ama del revés.

No soy más que el santo muerto,
la libido mártir
de tu corazón perplejo.

Amante del partir,
del reflejo,
de tus labios rojos carnosos
y tus piernas "amateur".

¿Me amas?
No compensa,
no converso con la locura.

¿Me odias?
Siento fobia
al ascenso de la cordura.

Soy ateo,
no me ates,
no me toques,
no me sometas,
tan solo contesta,
sé sincera y destrózame;
consuélame, pues mi alma está absorta
por los pliegues de tu piel.

Sé imperfecta,
sé completa
y condensa mi rabia,
la ira que amedrenta,
que daña y me apresa.
El calor de tu sien.

Somos cien, somos uno.
Somos solos,
somos en conjunto.

Nunca fui gracioso,
tan solo un ser ocioso
amante de tu carne incandescente.

Fóllame sin prisas,
con rabia, con pasión.

Sé mi musa en algún rincón,
por un rato,
sin razón.

Será corto;
la vida lo es.

Estaré roto;
la realidad lo está,
pero atenta,
escucha,
pues volaré.


No sé si fue el alcohol o el reflejo de sus piernas en la habitación, no sé si fue que Héctor la veía sin mirarla o que la vida alcanza más de lo que uno puede observar, no lo sé, porque solo él estaba en el salón, releyendo un poema carente de significado y con la mayor verdad que jamás había escrito. Dejó el papel en la mesa con sumo cuidado, con la presión de quien no comprende, con el tacto de quien no se tiene en pie y por eso se mantiene sentado con las piernas cruzadas vagando por un mundo devastador, un mundo que hiere con su prosaica verborrea.
-          La ves, la ves sin mirarla. Solo tú sabes por qué – Héctor volvió a oler aquel repugnante hedor putrefacto detrás de su sofá, respirando en su nuca y arañando su cerebro.

Se levantó despacio, miró su guitarra colgada de la pared y arpegio sus cuerdas con la mirada. Recito en su cabeza las palabras que tanto le atormentaban, nada era real, nada acontecía, todo era fingido, todo era una obra de teatro manchada de sangre, de su sangre impía, solitaria, carcomida. Todo era una farsa burda, una mentira que dañaba su ser, amedrentaba su afligida ánima y carcomía su piel.
Héctor no dejaba de arañarse los brazos con las uñas de las manos, de rechinar los dientes con ferocidad de forma inconsciente.
Abrió el primer cajón de la cocina, el que estaba situado debajo de la encimera, donde las sartenes crean arte y las personas quedan por fin saciadas con él.
No es necesario decir lo que sacó, no es necesario presumir de la ira que le envolvió, no es necesario describir lo que hizo, no es necesario herir la sensibilidad de quien no es capaz de entender nada de lo que aquí sucede, no es necesario pero lo agarró con fuerza, se aproximó a una cama impregnada con el más dulce olor, con la más intensa fragancia, con la única belleza. Una cama que arropaba a la juventud, a la plácida desnudez, a la bondad incrédula, a la incandescencia. Un hogar del placer más hermoso y perdido, donde el tabú habita innecesariamente y la ira es dulce y no cruel, donde los besos muerden y las palabras escasean, donde los gemidos gritan y lo suave es místico. Allí, en la ceguera de la noche, mientras las estrellas lloraban lo que un día amaron, se perpetró una confusión.


La sangre no desentonó, no se escuchó ningún grito, ni ninguna súplica, fue algo rápido y lúgubre, como un beso en un altar, como una prisión tras un papel, como un disparo al envejecer.
Fue rápido como la vida.
La sangre caía y embelesaba las sabanas con su ternura irracional…
La habitación quedó cubierta con un silencio intenso, apasionante, seductor. La habitación se sumió en la tristeza más tensa y concienzuda mientras el amor salía por la ventana, mientras el deseo se ocultaba en la violencia y las miradas incriminatorias se escondían en la conciencia.
La guitarra ya no sonaba en la cabeza, ni ninguna voz fantasma, tan solo un insufrible goteo, la sangre se precipitaba, el líquido se amoldaba al suelo, y durante el lento proceso, el sonido se hacía cada vez más estridente, gota, gota, perforaban su cabeza, gota a gota.


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