Primer capítulo.
-
¿Tienes fuego? –
preguntó Marcos tumbado en el césped inclinado y mojado por el rocío mañanero.
¿Qué podríamos decir de Marcos? Era una persona simple, a veces
demasiado simple. Su pelo corto y sus ojos azules potenciaban su simpleza, la
cual cada vez que se mostraba radiaba un aire de sutileza lírica. Era,
evidentemente, un chico atractivo, musculado, con labia; en otras palabras: era
todo aquello que todos hemos querido ser en algún momento de nuestras vidas.
Estaba sentado.
Acababa de liar un porro de maría y se lo había colocado entre los
labios dificultando el habla. Aun así continuaba siendo realmente guapo. Una
belleza juvenil; imberbe, fuerte y metrosexual. Sin carencias, con un carácter
algo agresivo y rebelde que descolocaba completamente a las chiquillas de su
clase; que más que a estudiar, se dedicaban a mirarle embobadas y a poner
sonrisita estúpida cada vez que le devolvía la mirada.
-
Sí, pero
preferiría usarlo para quemarme – Respondió Héctor jugando con su cipo entre
las manos; hasta que, tras estar un rato pensando en silencio, se lo arrojó a
Marcos –. ¿Qué opinas del suicidio? ¿No lo consideras algo romántico? Aunque
dicho así… La verdad es que todo es exageradamente romántico – ambos rieron de
forma sutil e irónica.
Héctor era un melancólico guitarrista, ya saben, de los que siempre se
van con la música a otra parte. No se separaba de su guitarra clásica, era su
firma de identidad, aunque a él le iban más otro tipo de géneros menos suaves;
empero siempre había dicho que si quieres ser un genio en algo primero tienes
que serlo en la base de ese algo. Típica frase adolescente sin ningún sentido.
Héctor tenía diecisiete años y Marcos dieciocho. Se podría decir que
eran la escoria del mundo. Al menos así se sentían ellos.
Sin embargo Héctor no era como Marcos.
Héctor era un joven trasnochado. Moreno de ojos verdes, delgado y con
una envidiosa fibra genética. Un hipster sin gafas, con una barba abundante y
un sombrero negro que le cubría su corto pelo despeinado.
Vestía siempre con camisas sin marcas y vaqueros rotos que rozaban el
suelo. Converse negras, como todos esperábamos, las cuales eran incapaces de
brillar debido a su repugnante suciedad.
Era la esencia de lo alternativo, un rebelde completamente desubicado
que buscaba el límite de su propio arte.
-
¿Y por qué no una
canción de amor? Ya puestos a hacer el gilipollas… - Contestó Marcos
absorbiendo muy lentamente el humo de la marihuana, a la par que se iba
tumbando en el césped.
-
¿Crees que
vendería? No sé, me inclino más por el suicidio. Además, si me suicido después
de componer una canción de amor me convertiría en una leyenda – ambos
sucumbieron a las risas sarcásticas.
-
Cierto, pero
piensa en mí un poco y suicídate con una catana, siempre me hizo ilusión –
Marcos se incorporó de nuevo –. Anda toma tu cipo y cállate, que tan solo te ha
dejado una furcia – le lanzó el cipo con fuerza y le dio en el pecho a Héctor
sin apenas sorprenderle.
-
Llevábamos dos
años Marcos… No sé, en serio. En
realidad no la echo de menos, tan solo me siento completamente melancólico y
con ganas de follar suave – Estaba triste, se le podía notar. Sin embargo jamás
lloraba, era la frialdad emocional absoluta. Tantísima sensibilidad para el
arte y tan poca para las emociones. Se alimentaba del dolor como si se tratase
de un alimento puro que utilizaba para sus propios fines. Un psicópata muy mal
orientado.
-
¿Follar suave? ¿Qué coño estás diciendo? Nadie
querría follar así, solo las niñas. ¿Ahora eres una niña? – rio. Marcos era
así, agresivo y vividor. Le repugnaba todo lo relacionado con el amor. En
resumen un crío inmaduro –. No digas absurdeces tío, lo que realmente necesitas
es echar un polvo en condiciones, o fumar algo de hierba – le pasó el porro a
Héctor con cuidado y fumó mirando al cielo, serio, absolutamente desconsolado
–. Pero bueno… además del problema con la chavala esa; que espero que ya hayas
olvidado su nombre; ¿cómo vas con tu otro problemilla?
-
Bueno… Hace algo de tiempo que no encuentro a
ningún viajero, ya sabes. Debe ser que he estado muy ocupado emocionalmente. En
parte lo echo de menos, incluso más que a mi ex. Dios que raro suena decir
ahora ex… No sé, el caso es que hace tiempo que no me encuentro con nadie –
sujetó el porro con las manos y le dio otra calada antes de devolvérselo a su
amigo.
-
¡Mira quién viene por ahí! ¡Pero si es en hombre
con aires de mujer! – grito Marcos con una sonrisita burlona.
-
Cállate gilipollas – respondió Raquel de forma
brusca y a la vez amigable a marcos mientras se sentaba junto a ellos –. ¿Cómo
andáis? Espero que me vayas a dar un poco de ese porro, porque si no te voy a
arrancar tira a tira la piel de tu cara, y a ver cómo vas a ligar ahora
Marquitos.
-
¡Madre mía como vienes hoy eh! Toma, toma;
prefiero seguir conservando mi belleza, no todos tenemos la misma suerte – rio
Marcos y se tumbó en el suelo con las manos apoyadas en la cabeza.
-
No tientes a la suerte. ¿Y tú cómo estas Héctor?
¿Quieres que pegue a la puta esa? – Raquel era muy peculiar. Una pelirroja con
mechas negras en las puntas y el lado izquierdo, de la cabeza, rapado.
Agresiva y
visceral. Una mujer bisexual muy difícil de tratar, pero que en el fondo tan
solo necesitaba algo de cariño. No era mala persona, quizá algo alocada. Es
posible que en ciertas ocasiones no pensara demasiado y le partiera la cara a
alguien, pero en el fondo era una gran persona.
Tenía
diecisiete años como Héctor.
Tocaba el
bajo y dada su condición vestía muy punk, con camisetas de cuero y ropas rotas.
Un estilo chocante y a su vez innovador. En cierta medida era bastante
atractiva.
-
No hace falta Raquel, estoy bien. La hierba
siempre sienta bien – Héctor ya había abandonado la realidad y sus amigos lo
sabían; era demasiado recurrente para no conocerlo.
-
Al menos te ayudan a aguantar las estupideces
incansables de los profesores – dijo contemplando el húmedo césped. Pese a su
brusquedad se sentía afligida por no poder hacer nada para ayudar a Héctor.
Siempre habían estado juntos, desde muy pequeños. Los tres se conocieron en el
colegio, y desde entonces no se habían separado. Se necesitaban mutuamente.
Además
Raquel odiaba ir a la escuela, creía que todo lo que tenía que aprender estaba
en la vida y no en los libros; por lo tanto, se sentía angustiada. Odiaba
perder el tiempo. Se hubiera quedado todo el día junto a sus amigos en la
hierba fumando y discutiendo sobre la música underground.
-
Ahora que lo dices va siendo la hora, dale la
última calada al porro y vámonos – dijo Marcos algo apurado.
En el fondo
era un buen estudiante.
Se pusieron
en pie y caminaron entre risas hasta el colegio. En realidad solo rieron Marcos
y Raquel; Héctor permaneció apartado todo el trayecto, envuelto en pensamientos
poco convencionales. Tenía una habilidad innata, o al menos así lo creía él,
capaz de ralentizar el tiempo y apreciar la realidad de una forma más sensible
y profunda. Un artista conceptual aun sin desarrollar.
Componía y
caminaba.
Mientras
tanto sus amigos discutían y tonteaban, no se percataban de su existencia,
siquiera le preguntaban. Ellos conocían el comportamiento de Héctor; ambos
sabían que era un noctámbulo, no se le podía despertar una vez dormido.
Cuando
llegaron a clase todo era lúgubre y oscuro. Las sillas aún estaban encima de
las mesas y nadie se había dignado a encender la luz. Los pocos alumnos que se
encontraban en el aula habían entrado a oscuras y se habían sentado, bajando la
silla, apoyando la cara en el pupitre para aprovechar unos segundos más de
sueño.
Marcos por
joder encendió las luces; nadie se atrevió a replicarle. El sistema celular de
la sociedad impide el ataque a células de categoría.
Héctor dejó
la guitarra atrás y se sentó en su pupitre al final de la clase. Nadie nunca le
hablaba. Él siempre estaba apartado, alejado de la radiación pudorosa que
sudaba la gente. Era un misántropo selecto.
Estaba de
muy mal humor.
Estaba
excesivamente melancólico.
Su rabia
interna era fruto de una mujer, lo que le resultaba patético y romántico al
mismo tiempo. En el fondo era un poeta sin talento, un genio de la guitarra. Un
músico en busca de experiencias extrasensoriales; es decir, un músico más.
No se
enteró en ningún momento de que había empezado la clase. Es posible que ni
siquiera supiese donde estaba. Bailaba en su mente, recorría cada estímulo
olvidado, potenciando la melancolía y buscando una salida a su sufrimiento
placentero.
Sus manos
vibraban. Era algo común en él. No sabría explicarlo, simplemente sus manos
temblaban cada vez que experimentaba aquella forma artística humana; la cual se
podría definir como la representación de lo conceptual en la realidad a través
de uno mismo. Él notaba cómo su cuerpo padecía una enfermedad mental
irremediable y luchaba con su alma para poder encerrar ese dolor, absorbiendo
su esencia creadora, capaz de dar a luz a las obras más puras de la humanidad.
-
Puto coñazo de clase. ¿Cómo sois capaces de
aguantar esta mierda sin estar drogados? En mis tiempos las cosas eran de otra
manera. Al menos te pegaban si cometías alguna infracción, ahora no ocurre nada
interesante en las clases. Parece una escuela canina; está el que saca la
lengua y te mira cómo un gilipollas, él que mira la luna en busca de la paz
mundial y él estúpido que tan solo piensa en follar mirando a las mujeres como
si intentase hacerlas levitar. Los mataría a todos. ¿Cómo te llamas chico? – al
lado de Héctor se podía ver un señor mayor, de unos setenta años, hablándole
con total naturalidad. Sin tapujos. Nadie más le veía. Nadie le escuchaba. Era
Héctor la única persona capaz de aguantar a ese abuelo extraño de pelo canoso y
ropa de olor peculiar.
-
¿Héctor? – preguntó incrédulo.
-
¿No sabes tu nombre chico? Yo a tu edad ya me
sabía el nombre, no necesitaba preguntarlo – dijo brusco y sonriente.
-
Me llamo Héctor y he estado fumando. Quizá seas
una alucinación – Rio y siguió hablando, pero nadie le escuchaba. Únicamente
aquel viejo cascarrabias podía escuchar su voz –. ¿Eres un fantasma?
-
Ves, tú eres de los míos. ¿Quién aguantaría esta
bazofia sin la ayuda de la maría? Nadie. Aunque ahora que lo pienso no
necesitaba contestar… Era una pregunta retórica. Bueno… ¡Qué más da! Y sí, soy
un puto fantasma, ¿algún problema? Morí muchacho. Sí, morí. Yo no tuve ninguna
culpa, tan solo quería algo de emociones. ¿Acaso tú no hubieras hecho lo mismo?
A mi edad y anclado en una vida de mierda. Todo limitaciones – hablaba rápido y
sin pausa. Era el típico viejo capaz de contarte la segunda guerra mundial en
verso sin frenar para tragar saliva. Poseía un don adquirido. Yo hubiese pagado
para oírle hablar, el principal problema es que lo hacía gratis.
-
No si ya… –
intentó decir.
-
Yo vivía con mi esposa. ¡Cincuenta años joder!
Estuve con ella cincuenta putos años de mierda. ¿Sabes lo que es vivir
cincuenta años con una sola mujer? Era una agonía. Todo eran pegas… nada de
sexo… ¡Y encima era católica! Todos los domingos a misa. ¿Para qué coño quería
que yo fuese a misa? Yo solo quería echar un polvo. Nada más. ¿Soy culpable por
eso? Por dios… llevábamos cinco años sin rozarnos. Ella decía que ya no
estábamos para eso. ¡No estaría ella! Yo era un toro – rio y se volvió a
enfadar. Fue algo extremadamente curioso porque se le arrugó la cara.
-
Eres un fantasma curioso. ¿Qué solución
encontraste? – dije sin saber muy bien que decir o hacer. Ahora que lo pienso
fueran unas palabras un tanto patéticas.
-
La coca. ¡Oh dios, no sabes lo que es la coca!
Aquello era una alegría constante. La primera vez casi me manda directo a la
tumba y, ¿sabes lo mejor? Me importó una mierda. Me veías a mí, tirado en el
suelo, retorciéndome y riendo a la vez. Era un sentimiento inigualable. Un día
llegué a casa tan colocado que levanté de la siesta a mi mujer lamiéndole las
piernas.
-
Dios… agradecería que me ahorraras esos
detalles… – puso una cara de asco tan
justificable que hasta el propio viejo se rio.
-
No me seas exquisito, seguro que tú has hecho
cosas peores a las muchachas y a edades menos apropiadas.
-
Es posible… pero daba menos asco, ya sabes, por
decirlo de manera suave – Héctor estaba acostumbrado a estas situaciones y
siempre se las tomaba a cachondeo. Es cierto que al principio le desconcertaban
pero a medida que avanzaban las conversaciones se lo tomaba de forma natural.
No lo consideraba ningún don, tan solo una cosa más de su vida. Había convivido
con ello desde pequeño, ¿por qué debería resultarle extraño?
-
La cuestión es que se despertó y me pegó una
bofetada, no sabes cuánto me reí. Fue algo mágico. Pude ver su cara entre
asustada y orgásmica. ¡Me pegó! Se despertó sin saber cómo reaccionar y me
pegó. Perdona si me repito, es que estoy algo mayor ya – rio, esta vez de
verdad. Me resulto incluso extravagante. Un anciano riéndose de esa manera no
debía ser muy normal.
-
Señor… no es por desilusionarse, más que estar
mayor, usted está muerto – en cuanto lo dijo las risas inundaron la clase e
hicieron un eco indescifrable por sus compañeros.
-
A eso iba, a eso iba. Me volví completamente
adicto a la coca. Ya ves tú, después de tantos años de vida formal sucumbí a la
depravación en los últimos años de mi vida. No sabes cuánto me alegro de
haberme separado de lo convencional. Era algo ridículo. A nadie le importaba
una mierda tu forma de actuar, ya eras un viejo decrépito sin nada que aportar
a la sociedad. Yo quería nuevas experiencias. Asique, ya que mi mujer no se
dignaba a bajarse las bragas, llamé a un prostituta. No me gusta llamarlas
señoras de compañía; ¿sabes?; me resulta algo vulgar – su cara era seria pero
su sonría leve le delataba. Era un viejo crío lleno de melancolía.
-
¿Contrataste a una puta? – preguntó impactado.
-
Por supuesto que la contraté y lo mejor es que no
la llegué a pagar. Porque verás tú, cuando estábamos follando en la bañera,
después de ingerir dos pastillas de Viagra; pues claro, no se me iba a levantar
por amor al arte. Bueno, al grano, que divago mucho. Después de eso, entró mi
mujer y me golpeó con la lámpara del pasillo repetidas veces hasta matarme. Fue
algo cómico, iba tan colocado que ni me enteré de que había muerto.
-
¿Te mató tu mujer? – dijo incapaz de contener la
risa.
-
Sí hijo, me mató mi mujer. Lo peor no fue eso,
lo peor fue que no había terminado. ¿Sabes lo que es la frustración de estar a
punto de acabar, follando sin parar, golpeándola contra la pared de la bañera y
agarrándola del pelo, y no poder eyacular? Me desperté en mi forma espectral y
lo primero que salió de mi boca fue “hija de puta”. ¿Te lo puedes creer? Toda
una vida amargándome y en el instante más feliz va y me lo jode. Me entraron
ganas de regresar solo para cortarle la lengua y obligarla a que se la comiera
– se miraron fijamente intentando parecer serios y ofuscados, empero rieron
como amigos tras unas copas de más.
-
Esta usted loco señor – dijo secándose las
lágrimas de la risa.
-
¡Y menos mal que lo estoy! Lo único que me
arrepiento es de no haberle dicho adiós a mi mujer, en el fondo la quería.
-
¿La querías? Pero si te follaste a otra… – dijo incrédulo.
-
Ya sabes lo que dicen, del roce al cariño y del
cariño al amor solo lo separa la fina línea de la abstinencia – volvieron a
reír –. Aunque eso no fue lo mejor ni mucho menos. Lo mejor fue que tras morir,
a mi mujer la apresaron y murió durante el proceso judicial.
-
¿No la has visto por aquí? – preguntó
instantáneamente.
-
¿La has visto tú? Bua, olvídalo, no creo que la
veas, se habrá ido lo más lejos posible de mí. Estará dando el coñazo a Dios.
¿A quién le importa? A mí ya no. El trato era hasta que la muerte nos separase.
-
¿Y cómo es que sigues en este mundo? ¿No
prefieres irte? – preguntó interesado, el viejo le caía bien, era un buen
hombre.
-
¿No lo adivinas? Nadie me ve muchacho, puedo ver
a las mujeres completamente desnudas. En el fondo no soy más que un viejo
pervertido. Tanto tiempo sin sexo me han vuelto adicto a esto.
-
¿Y quién no es adicto al sexo? – rieron juntos
por última vez y el espectro desmedido desapareció al compás del sonido
estridente del timbre de final de clase.
-
¿Héctor, estás ahí? ¿Estás bien? – preguntó
Raquel asustada al ver a su amigo completamente ido sin articular palabra y con
los ojos fijos en un punto imaginario.
-
Déjale, habrá visto a otro viajero – dijo Marcos
riendo e ignorando a las chicas que le seguían y reían a su espalda.
-
¿Eh? ¿Ya ha acabado la clase? – Héctor despertó
confuso y desubicado.
-
Sí, ¿no has oído el timbre? – Raquel no
comprendía nada, le resultaba extraño ver como su amigo cada vez se perdía más
en sí mismo. Quería ayudarle pero no encontraba la manera, y a esas edades la
impotencia puede llegar a ser un trauma incorregible. Aunque seamos sinceros,
esa chica ya era incorregible.
-
Sí, sí, perdona. Estaba conociendo a una persona
– su mente aún continuaba en los cielos y su cuerpo mostraba la decadencia en
su fuero interno. Se sentía absorto, cansadísimo; era la representación irónica
de un equilibrista. Convivía entre dos mundos y no sabía bien a cual agarrarse.
-
¡Ves, te lo dije! Me debes… ah, bueno, no me
debes nada porque no apostamos – rio –, la próxima deberíamos apostar – Marcos
continuaba en su línea irregular. No había quien le entendiera.
-
¿Pero de qué coño estáis hablando? ¿Alguien me
lo puede explicar? – Raquel se ofuscaba y la paciencia no era precisamente una de
sus mejores cualidades.
-
No pasa nada Raquel, no te preocupes. Vamos
yendo hacia el patio que tengo algo que comentaros – Héctor estaba nostálgico,
triste, depresivamente apático. Una mezcla indescriptible entre la necesidad y
la desconsolación.
-
A saber que historias absurdas has escuchado
esta vez – Marcos siempre se lo tomaba a broma. Le resultaba algo natural y
gracioso. ¿Por qué desconfiar de su amigo? No tenía ninguna razón por la que
mentirle.
-
¿Escuchar el qué? Me estáis cabreando, os lo
digo muy en serio. Queréis contarme ya de una puta vez que es lo que ha pasado
– Raquel se sentía impotente de nuevo y era una sensación que odiaba
profundamente.
Llegaron al patio y se
sentaron en las gradas de piedra que daban hacia las dos canchas de baloncesto.
No era un patio
especialmente grande, dos canchas de baloncesto y una de fútbol arriba de las
gradas. Un patio a dos niveles separado por unas míseras escaleras.
-
Bueno, ¿qué nos tenías que comentar? Me tienes
expectante – dijo Marcos entre risas y burlas.
-
¿Qué opináis del exceso? ¿Pensáis que puede
traer consigo nuevas emociones y experiencias? – Héctor era cada vez más raro y
sus amigos cada vez se lo pasaban mejor con él.
-
¿La hierba te ha afectado verdad? Tú estás muy
mal y yo como una idiota preocupada… –
Raquel se mostraba confusa y enfadada, su pena no se había ido pero había
reducido su preocupación.
-
Tú nunca entenderías los problemas de un hombre
Raquelilla, por mucho que quieras aparentar tozudez y fuerza no eres más que
una niña llorica y enamoradiza – era propio de Marcos hacer bromas sobre el
físico andrógeno de Raquel, llevaban así desde que se conocieron, pero parecía
que a Raquel le seguía molestando como al principio; quizá simplemente jugaban.
-
Y tú eres un gilipollas misógino – ambos rieron
y dejaron correr el tiempo charlando sobre la interacción del artista en un
medio caótico y despreocupado. Simples pajas mentales de críos indecisos.
Las clases terminaron rápido,
apenas se dieron cuenta. Es cierto que cuando tu mente ha naufragado en
planetas frondosos el tiempo vuela, asique en cierta medida hicieron trampas.
Raquel no paraba de buscar una manera de ayudar a Héctor, Marcos no pensaba
asique el tiempo no suponía un problema y Héctor… bueno Héctor era otra
historia. No había naufragado, vivía en otro planeta poco transitado. Se había
mudado allí hace tiempo en busca de aventuras irreales y complejas. Su cabeza
era el paraíso del caos mundano, una
realidad atrayente y perturbadora. Un deseo magnánimo recubierto de fino cable
electromagnético que transformaba su alma en un ente vibratorio incapaz de
escapar de aquella tortura inquisitoria. Siempre ansiaba más, jamás estaba
satisfecho; su mente anhelaba un mundo lunático repleto de fibra emocional. En
resumen quería escapar de aquel lugar transitado y convertirse en un espectro
infinito.
Cuando salieron de clase se
sintieron libres. Un sentimiento entremezclado. Raquel se sentía apurada,
anclada en una época de incomprensión y fundamentalismo. Pensamiento bastante
alejado de la realidad, lo que en verdad ocurría es que no era capaz de
esforzarse para contentar a la sociedad, sus ambiciones eran mucho más
personales y egoístas. Compartía en gran medida el amor de Héctor por la música
y sus ilusiones iban de la mano de una vida convulsa y llena de indulgencia.
Odiaba en lo más profundo de su ser el control, la libertad era para ella una
manifestación absoluta de la ausencia de normas. Creía en un estado natural sin
límites, sin presión, sin ningún tipo de cadena directa o indirecta. Una anarquista
sin estudios definidos y con ideas bastante equivocadas sobre la concepción del
mundo. Un genio sensible y autodestructivo. Si hubiesen nacido de la misma
madre afirmaría que Raquel y Héctor eran hermanos, pero no fue así. Raquel
nació en una familia de acogida que se negaba a decirle su procedencia; lo más
probable es que su familia biológica la abandonaran para vivir del
narcotráfico, o irían tan colocados que las posibilidades de criar a una niña
eran completamente nulas. En cambio, Héctor, provenía de una familia con
bastante capital. Una suerte le decían muchos, nada más alejado de la realidad.
Sus padres jamás estaban en casa, su progenitor trabaja día y noche en la
directiva de una empresa de programación militar; se dedicaba a viajar por todo
el mundo y ni su propio hijo sabía con exactitud a lo que se dedicaba. Por otro
lado su madre era la típica pija con aires de puta que coqueteaba con los
hombres como si estos fuesen sus esclavos. Siempre con la sonrisita en la boca
y con una ropa juvenil que más que aminorar su edad se la aumentaba. Un intento
de exteriorizar toda su juventud a través del maquillaje y de orgasmos fingidos
con hombres que posiblemente ni recuerda. ¿Infiel? Bueno… hay diferentes
interpretaciones. Su marido tampoco es que la respetara. En resumen ella era la
mujer florero más rica de la zona y él, el hombre más afortunado, no todos los
hombres se acuestan con mujeres de esa condición; pues todo es cuestionable,
pero la belleza de su madre era ejemplar.
A Héctor le importaba una mierda.
Hacía tiempo que había abandonado la idea de familia. Vivía por y para él. Lo
único que entraba en su círculo irrisorio eran sus amigos, pero claro, hasta
que dejaran de interesar.
¡El arte! En la convergencia
final, aquellas tres personas pensaban únicamente en el arte.
Raquel prefería practicar seis
horas al día con el bajo antes que acercarse a sus padres adoptivos,
consideraba que la habían raptado y todo el amor que le intentaban profesar se
transformaba en rabia en los ojos de aquella niña íntimamente maltratada.
Marcos jugueteaba con una guitarra
eléctrica que le regalaron cuando tenía diez años, empero su verdadera pasión
era el dibujo, es cierto que muchas veces, o la gran mayoría lo usaba para
llevarse a chicas ingenuas a la cama, sin embargo era lo que le apasionaba.
Siempre lo escondería y jamás lo reconocería pero el dibujo le recordaba día a
día que era una persona humana capaz de sentir. Era la voz de su unicidad
inequívoca.
Y bueno… Héctor, todos sabemos lo
que le apasionaba a Héctor. Darle una guitarra y toda la humanidad
desaparecería ante sus ojos.
Allí estaban, caminando juntos
hacia sus casas, entre urbanizaciones y jardines decorativos que reflejaban la
decadencia de la vegetación. Hijos del cemento, hermanos del ladrillo
ilustrativo; que más que hacernos regresar a un Londres victoriano, nos
convertía en míseros esclavos de un progreso arquitectónico sin creatividad.
-
¿Hoy podremos ir a tu casa a tocar? – Raquel tan
solo quería estar al lado de Héctor, él necesitaba algo y ella quería
averiguarlo; o por lo menos acompañarle en sus tardes de soledad y dolor
armonizado.
-
Que va, prefiero estar solo. Lo más probable es
que me emborrache y componga algo. Me apetece caer en un coma etílico. ¿Nunca
os ha pasado? ¿Esa necesidad de caer muerto en el suelo sin poder controlarte?
No sé, me resulta tan vivaz… Tan artístico…
-
Sí vamos todo un poeta, no te jode – la
contestación de Marcos fue borde pero propia. Héctor a veces desvariaba
demasiado.
-
Bueno… Pienso que sería un buen plan. De todas
maneras lo acabaré haciendo, nadie ha
dicho que me acompañéis. Tú seguro que estarás por ahí coqueteando con alguna
guarra sin personalidad – Héctor era siempre tan pedante que su humildad ni
existía. Serio, irónico, pero sobretodo altivo. Como cualquier artista. ¿O alguien se atrevería a desprestigiar las
obras de Hemingway en su cara? Ni siquiera en su cara muerta serían capaces.
-
No lo dudes. ¿Acaso hay mujer mejor? Cuánto más
idiotas son, cuanto menos profundas son, mejores son en la cama. Además lo
prefiero, así al final se van a sus casas y no las vuelvo a ver. Nada de
romanticismo, nada de sentimientos. Un pacto carnal. Me gusta… es la polla,
reconocerlo – rio y miró a Raquel como insinuándose.
-
En serio… me das asco… Eres repugnante. Mira que
me gusta follar sin más; y reconozco que de vez en cuando los sentimientos
están mejor en marte. Pero por dios… eres un puto machista y lo peor es que lo
muestras sin tapujos. ¿Quién te crees que eres? – Esta vez Raquel se había
ofendido de verdad. Siempre se mostraba ofendida de verdad.
-
No te alteres hermosura pelirroja, sabes que a
ti también te gustaría – rio Marcos y miró a Héctor en busca de su aprobación.
-
Anda cállate –
dijo Raquel y todos rieron.
-
Bueno, yo me voy ya, que os vaya bien – Héctor
se despidió y se encamino hacia su casa con un andar ebrio
El día se tornaba
translúcido y la mirada de Héctor era indescifrable. Un muerto sonriente.
Cuando llegó a su
casa todo estaba perfectamente ordenado y solitario. Dejó las cosas en su
habitación y fue al salón a coger algo de alcohol. No agarró gran cosa, una
botella de ron, y se sentó en el sofá desperdigado. Bebió mirando al techo,
saboreando el licor repulsivo que correteaba por su lengua transformando sus
neuronas en siervas de su escasa lucidez.
Allí estaba.
Solo. Imaginando una vida relativa. Comprendiendo la inestabilidad del alma
humana. Consumiendo las reservas de odio y resucitando al arquetipo de personas
que jamás llegaría a ser.
Pura melancolía
alcohólica.
-
Te veo preocupado muchacho. No deberías beber
sin una guitarra en tus manos – el viejo rio, era como si la charla anterior le
hubiese abierto las puertas a sus recuerdos y a su conocimiento.
-
¿Otra vez tú? ¿A qué vienes, a violarme? –
Héctor ya no sabía articular palabra.
-
Ojalá, ojalá. No, vengo a despedirme. He visto
algo que no puedo contarte. Solo he de decirte que es hermoso, muy hermoso. He
visto una luz en el final de una carretera somnolienta, al final de un túnel
oscuro. Algún día lo descubrirás, no hay nada más gratificante.
-
¿Has visto a Dios? – rio y volvió a
entristecerse.
-
¿En serio te lo has creído? Na, no he visto una
puta mierda. Solo he venido a decirte que tengas cuidado. El amor es cruel y
puede llevarte a la tumba. Uno ya ha visto mucho y en el fondo me has caído
bien, llevaba mucho tiempo sin poder hablar con alguien. Espero que tengas
mucha suerte en tu viaje, y recuérdalo; siempre que te choques contra un muro
recuerda que habrá otro detrás esperándote. ¡Adiós!
-
Adiós…
La luna apareció
en el cielo y el canto del grillo eclipsó el sonido contemporáneo y estridente
de la carretera. Todo se desvaneció ante
sus ojos y regresó a su lugar de procedencia; un sueño complejo y real.
Segundo capítulo.
-
¡Mierda! – Héctor se levantó de golpe de la cama
y lo primero que contempló fue su ropa y la de la chica que le abrazaba
desperdigada por el suelo. Ya saben, sujetadores, bragas, calzones blancos;
mejor no entrar en detalles, ¿no creen?
-
Em… ¿Estás despierto? ¿Qué te pasa? – tras el
grito de Héctor, la chica, sin apenas articular palabra y con los parpados
entreabiertos, retiró la mano del pecho de su amigo nocturno y se enderezó,
sentándose con las piernas cruzadas encima de la cama.
-
¡Qué llego tarde joder! ¿No te has dado cuenta
de la hora? Dios, puta mierda, me tenías que haber avisado – Héctor cada vez se
ponía más nervioso; en cambio la mujer que compartía las sábanas estaba muy
relajada y adormecida.
-
Pero… ¿Avisarte de qué? ¿Siempre te despiertas
así? – contestó frotándose los ojos.
-
Que llego tarde al puto conservatorio, empezaba
hoy.
-
¿Esa es tu escusa? Las he visto mejores si te
digo la verdad, pero bueno, así mejor. ¿Te ayudo a recoger? – la mujer era
realmente hermosa, de unos veintidós años; tres años más que Héctor. Morena,
ojos azules, delgada pero con curvas. Una autentica belleza dulce y
provocadora.
-
¡Qué no es una excusa coño! No quería seguir
viéndote, pero no tiene nada que ver – se miraron y Héctor continuo hablando –.
Lo de ayer estuvo bien, ambos estábamos muy borrachos, yo estaba sensible… Ya
sabes… Te conozco de un tiempo, eres una buena niña, y bueno… pues eso, que
estuvo bien. Tampoco sé muy bien que decir, además no tengo tiempo y me tengo
que ir. ¿Por dónde pilla el metro? – la hermosa mujer sonrió y no se dignó a
contestarle, se tumbó de nuevo en la cama y se hizo la dormida.
-
Bueno, gracias por todo. “Qué asco de vida
coño”. Adiós – se levantó y se puso a recoger sus cosas. Tardó menos de diez
segundos en vestirse y salir corriendo, coger la guitarra y cerrar la puerta de
aquella casa prácticamente desconocida.
-
¿Ya se va? – preguntó un hombre trajeado de unos
treinta y cinco años aproximadamente apoyado en la pared fumando. Pajarita,
sombrero de copa. Un hombre extravagante, ilógico, completamente desfasado.
-
Amos no me jodas. ¿otro fantasma? ¿ahora? Esto
no me está pasando a mí… – fue directo
al ascensor, sin siquiera mirarle.
Su humor era a veces… complejo.
Le miró por
última vez y se despidió con la mano. Es cierto que Héctor ya no era la misma
persona, pero quién lo sigue siendo tras dos años. Su nostalgia era una
enfermedad que le asediaba el alma a ratos, el resto del tiempo se lo pasaba
cabreado o inmerso en una realidad conflictiva.
- Necesito
hablar con usted, ¿tenéis tiempo? – el dandi se materializó a su lado en un
ascensor prácticamente diminuto. Su sola presencia ya molesto a Héctor.
Su comportamiento era pintoresco, victoriano. Un hombre social por
naturaleza, fiestero, culto y elegante. Su compostura era impoluta y su puesta
en escena fascinante. Un hombre esclavo de la opinión, de la inmadura
recreación del convencionalismo social. Siempre apoyado en la pared. Correcto y
educado. Un verdadero hombre ridículo.
Se secó la nariz con un pañuelo blanco con sus iniciales grabadas en el
extremo izquierdo.
Héctor pudo contemplar como sobresalía una cadena de
oro de su pantalón y se adentraba en su bolsillo.
No tardó
en comprobar como sacó un reloj redondo, pequeño, y lo abrió para estudiar la
hora. Era hermoso, oro metalizado. Todo brillaba en su cubierta lisa y bien
constituida. Una obra maestra diseñada para aparentar que el tiempo tan solo lo
controlan las personas de la élite; cuando en realidad el tiempo controla todo
aquello que se dedique a ostentar.
-
Son las diez y media, ¿a qué hora le vendría
bien quedar? – preguntó sin apenas dar oportunidad a Héctor para hablar.
-
A ninguna joder, ¿no te ha quedado claro que no
tengo tiempo o qué? No eres más que un puto fantasma muerto, ya quedaremos en
otro momento, tienes toda la vida por delante; o la muerte, yo que sé – el
ascensor paró y se abrieron las puertas despacio.
-
¿A las ocho te viene bien? – pregunto el hombre
sin prestar atención a las palabras de Héctor.
-
Lo que tú digas – salió corriendo sin mirar
atrás, corrió y corrió hacia el metro.
-
¡Quedamos en el puente a las ocho y media
entonces! – gritó mientras veía a Héctor desaparecer en el camino.
Cuando llegó al conservatorio se sintió vacío, inseguro; envuelto en un
aura de preocupación ilógica. Estaba solo en el mundo y tenía un miedo atroz a
entrar por aquella puerta de madera débilmente metalizada.
Todo lo que tuviese relación con lo social le erizaba la piel;
transformaba su entereza en fría angustia mundana. Siendo él, en realidad, una
persona fuerte, incapaz de sentir el dolor colérico; mientras que el entorno
social le devoraba como a un crío inmaduro preso de su propia ilusión
inmaterial. En otras palabras su inteligencia emocional brillaba por su
ausencia y su realidad, la realidad que había creado en su mente, difería en
cada punto de la prosa humana. Su lírica, su poesía mística, entrelazaba con
esmero y cuidado las fantasías artísticas que iban brotando en su mente
desestructurada; lugar donde su subconsciente habitaba relajado, esperando a
que llegase el día de implosionar, comprendiendo la verdad de lo interior.
Allí se encontraba, preso del engaño superficial. Entrando a la guerra
desarmado y a una hora inadecuada.
Por allí caminaba, esclavo de una verdad alegórica. Recreándose en sí
mismo, ensanchando su níveo espíritu para no parecer vulnerable.
Allí, en tierra de todos, caminó hasta llegar a la clase que le tocaba;
una hora tarde.
Cuando entró todos le miraron; algunos con admiración, otros con
desprecio, a él solo le importó que le miraran. Sus fríos rostros le produjeron
un calor somnoliento que se cobijó en su corazón tembloroso y habló despacio y
con voz leve.
-
Lo siento, me dormí – la clase había comenzado y
todos con la guitarra en mano le observaron entre risas muy mal camufladas.
-
Siéntese – el profesor le ordenó con un
desprecio apático, finalizado con un casi imperceptible resoplido –. “Mi vida
es una mierda”.
La clase no duró
mucho, todos sabemos por qué.
Al acabar fue a
comer a la cafetería, donde se sintió altivo; aquel lugar era demasiado
repulsivo para él.
Dejó la guitarra
en la silla y fue a pedir algo simple para comer; una hamburguesa con patatas.
Cuando se sentó
todo le empezó a recordar al colegio. Sintió un vació mordaz que le recorría el
estómago. No le gustaba mucho la sensación de la novedad, no se sentía seguro;
aunque a la vez sentía una madurez creciente, una madurez ilimitada que
convertía su inseguridad en un avaricioso poder capaz de cualquier cosa.
-
Muy buenas, ¿me puedo sentar? – saludó un joven
de pelo largo moreno y rizado, corpulento, ojos negros, expresivo; un hombre
feo pero atractivo. Vestía alternando colores grises, blancos y negros;
pantalones vaqueros, zapatillas Vans, camisa rajada sin mangas y un gorro de
tela. Un hombre alto que desprendía un aura de frescura y comicidad. Héctor no
llegó a entender muy bien por qué se sentó a su lado aquel día –. Me llamo
Alberto, encantado – le dio la mano y se sentó.
-
Héctor, igualmente – Héctor siguió comiendo como
si no hubiese pasado nada.
-
¿Es tu primer día? Se te nota algo diferente. No
eres igual que toda esta mierda – Alberto era agresivo, sin miedo, posiblemente
dada su educación. Solo se había criado con su padre; campeón de boxeo
retirado, lo cual le había afectado significativamente a la cabeza; por lo que
podríamos decir que se había criado solo. Un joven simpático, educado pero
directo. Una mezcla entre lo dandi y lo bohemio; una de las cosas que más le
llamó la atención a Héctor, le gustaba la gente extraña.
-
Sí, y encima he llegado tarde. ¿Diferente o
raro? No es lo mismo – ambos rieron.
-
Ya, bueno… Por cierto, soy gay, ¿no te importará
no? Últimamente la gente no lo acepta muy bien – rio y empezó a comer la
bandeja que había llevado a la mesa. Algo de carne con patatas fritas.
-
Mientras no intentes nada raro a mí me da igual
lo que te folles – le miró serio pero Alberto se rio, siempre se tomaba todo a
broma.
-
Tranquilo no eres mi tipo – sonrió – me gustan
los chicos más grandes, no te ofendas.
-
Tranqui, no me ofendo – Héctor seguía comiendo
como si nada.
-
Por lo que veo tu instrumento es la guitarra,
¿compones? – Alberto le miró intrigado pero Héctor siguió reaccionando como si
todo le diese absolutamente igual.
-
Se podría decir que sí, de vez en cuando.
Normalmente cuando bebo.
-
¿Bebes? Qué raro en un artista, ¿no crees?
-
Ya ves – Alberto rio mientras que Héctor tan
solo sonrió de forma pasiva.
-
Pues andaba buscando un guitarrista para formar
un grupo, yo toco la batería. Quizá te interese. Además eres justo lo que
quería. Eres perfecto – Alberto era una persona muy decidida. No había oído
tocar jamás a Héctor pero sabía que era lo que buscaba.
-
Depende, aun no sé si compartimos las mismas
ideas – Héctor reaccionó en seguida, sabía que era una oportunidad que no podía
perder, pero no estaba dispuesto a ser uno más, él quería serlo todo.
-
¿A dónde quieres llegar? Todo sería ir viéndolo,
por ahora me interesa alguien como tú – Alberto no estaba dispuesto a perder el
tiempo, sabía lo que quería e iba a por ello. Además, no era nada tonto,
conocía a las personas como Héctor y por eso le necesitaba, por eso le parecía
una persona irremplazable.
-
¿Yo? A ningún lado, lo único, tengo a gente que
te podría interesar – Héctor apenas se inmuto pero la oferta le pareció
realmente interesante. No dejaría pasar aquella oportunidad.
-
Perfecto, ¿te parece bien que quedemos esta
noche en un bar de jazz sobre las diez? Tráetelos.
-
Vale, pero llegaré tarde – recordó en aquel
instante la cita con el fantasma y por alguna razón que desconocía no podía
faltar.
-
Cómo si llegas por la mañana, con tal de que
llegues… Bueno, me tengo que ir a clase, ha sido un placer, luego a la salida
te doy la dirección. Hasta luego – terminó lo poco que le quedaba en el plato y
salió bastante rápido a clase.
La realidad es
una tragedia si no sabes realmente como traducirla a tu formato. Allí estaba Héctor,
pensativo; acaba de conseguir lo que hacía tanto tiempo que buscaba pero en el
fondo no se sentía preparado, y a la vez, su mente transitaba por la atmósfera
de la tierra en busca de una razón para entender el motivo del encuentro con
aquel fantasma pintoresco.
Se levantó de la
silla y fue de nuevo a clase con su guitarra a la espalda. Sin articular
palabra con persona alguna, sin prestar atención; tocando por inercia y dejando
pasar el tiempo desganado y somnoliento. Una mezcla profana entre el caos y el
orden, lo cual le llevaba a la conclusión de que en realidad no tenía idea
alguna de su futuro. Sus objetivos no eran más que escusas para no pensar en el
final, en su muerte insignificante, en la muerte de su propio significado. No
dejaría jamás una huella tan grande capaz de definir su propia existencia. Lo
sabía, en el fondo lo sabía y no hacía más que mentirse a sí mismo para no
pensarlo; para escapar a aquella verdad atroz que le consumía
inconscientemente.
Cuando salió de
clase se encontraba mal, estaba pálido, con nauseas. Su mente exprimía cada
grado de desconsolación y sus lágrimas seguían sin aparecer. Su frialdad
abrumaría a cualquiera, su compostura innata. Un hombre hecho y derecho que
nunca dejaría de ser un niño sin infancia. Corroído por su propio ser, por su
propia razón, por sus propias mentiras…
Ahí estaba, en la
puerta que abría un mundo enorme e inaccesible. Sin fronteras claras. Sin
límites más allá de sus propias reglas. Y él, en su soledad incandescente,
oteaba el universo como un jugador sin pilas, sin fuerzas para ganar, sin
fuerzas para intentarlo. Un mero instrumento de un sistema que invadía su
fortaleza y lo obligaba a seguir un camino que aborrecía.
-
¿Estás bien? – dijo Alberto al pasar por su
lado. Su lividez había aumentado, y su luz estaba completamente apagada.
Parecía un muerto en vida.
-
… Sí, perdona… Estaba pensando… en mis cosas. Lo
siento – Héctor ni le miró a la cara, siguió mirando el horizonte manchado por
la sangre de un sol que se apagaba cada día.
-
Ya que te he encontrado te digo la dirección,
quedaremos en el local que hay a dos calles al norte del puente, usando el
navegador del móvil llegarás en cinco minutos. Te lo he dejado la dirección en
esta nota, toma – Le dio con cuidado una nota amarilla con la calle del local
de jazz. Héctor la cogió despacio y la metió en su bolsillo.
-
Gracias. Estaré ahí sobre las once – la voz de
Héctor asustaba, era funesta y horripilante.
-
¿Seguro que estás bien? – Alberto estaba
preocupado, aunque en realidad le era indiferente.
-
¿Qué?, Ah sí, perdona, estoy bien. No te
preocupes – Héctor le miró con una sonrisa inquieta y prosiguió observando el
atardecer.
-
Vale, vale. Nos vemos allí, me voy. Hasta luego
– esta vez la voz de Alberto sonó seca, y su cuerpo se disolvió en el espacio
al cruzar la calle.
Su mente volaba
sin alas, descendiendo por barrancos empinados, repletos de rocas desgastadas,
buscando en algún lugar de la montaña una respuesta a sus desánimos
descontrolados.
Dejó atrás el
conservatorio y se dirigió pausado al puente que sobrepasaba la autopista; el
típico puente sucio y feo que transcurre por una ciudad típica y desabrigada.
Caminó lento pero seguro, ya saben, esa seguridad de aquellos que viven en su
pompa y lo único que ven de la realidad es su oscuro suelo.
Tardó poco en
llegar, la verdad es que no estaba muy lejos. Aunque también podríamos decir
que todo pasa más rápido si no dejas de pensar en la propuesta de una nueva
vida.
-
Parece que ya llegaste. Aunque… es un poco
pronto, ¿No cree?, Quedamos a las ocho y media y son menos diez, ¿A qué se debe
tanta prisa? ¿No sabe que es de muy mala educación llegar pronto? Qué mal
gusto… Bueno… será cosa de jóvenes. Ya que está aquí, le quería comentar una
cosa… ¿Ha visto la hermosura del vacío? Cada vez que me siento a apreciar la
singularidad de este sitio, lo pienso, las vistas del puente son hermosas, el
vacío que crea es cuanto menos, ¡espléndido! ¿No cree?
-
¿Para eso he venido, para escucharle mientras
dice gilipolleces? No tengo tiempo la verdad, mi día ha sido una mierda y muy
extraño, no tengo porque aguantar esto. “No tengo porque aguantar esto...”
Adiós – Héctor se dio medio vuelta y se dispuso a irse, cuando de repente el
hombre saltó del puente y se precipitó hacia la carretera. Héctor fue corriendo
a socorrerle, al menos lo intentó, pero lo más que pudo hacer fue apoyarse en
la barandilla y observar como aquel fantasma chochaba contra el suelo y
desaparecía.
-
Perdona, no he sido muy educado. Mi nombre es
Will Thomson; encantado – El fantasma apareció a su espalda y casi provoca que
se fuera puente abajo. Se giró, y lo pensó, cómo pudo haber creído que un
fantasma se iba a matar… era sumamente idiota.
-
Encantado…
– tartamudeó –. Yo soy Héctor –
ambos se dieron amablemente la mano –. ¿Qué quieres de mí?
-
Bien, esa es la pregunta. A ver… ¿Qué quiero de
ti?
-
Pues si no lo sabes tú… – susurró Héctor.
-
Era una frase hecha, no te precipites. Me
gustaría que me salvara, estaba buscando algo, y no sé dónde podría
encontrarlo. ¿Usted conoce algún lugar donde poder olvidar? Mira, le cuento.
Bueno, a ver… No sé cómo pedírselo… ¿Usted no sería capaz de conseguirme algo
de… opio? Ya sabes… para un amigo.
-
¿Opio? Dios cada vez se os va más la puta
cabeza, ¿qué va a ser lo próximo? No, señor, eso no se puede conseguir ya, lo
siento – Héctor estaba sumamente irascible ese día.
-
Bueno… lo entiendo… – El pintoresco dandi comenzó a caminar hasta
la barandilla, se subió a ella y volvió a precipitarse al vacío sin ningún tipo
de móvil.
-
¡Joder! Todos están como cabras, ¿por qué coño
tengo que aguantar todo esto? ¿Acaso es idiota? Dios…
-
¡Hola! Muy buenas, ¡llegas puntual! Son las ocho
y media. ¿Trajiste opio? – apareció de nuevo frente a él, como si nunca se
hubiese tirado.
-
Madre mía… esto es increíble – Héctor ya no
podía más, todo era demasiado extraño e irritante para él.
-
¿A que sí? La vida es hermosa… ¿Le gusta mi
reloj? – sacó de su bolsillo el majestuoso reloj de oro con el que manipulaba
el tiempo y se lo mostró sin soltarlo ni un segundo –. Fue un regalo de mi
madre. Siempre fue una persona muy pobre, pero un día caminando por este mismo
puente, allá por los años olvidados, se lo encontró en un escondrijo de
cemento.
-
Interesante – en realidad no le importaba una
mierda.
-
Me lo dio un día muy soleado, aun me acuerdo, yo
aún era un niño sin ninguna ambición, me dijo: “Cuídalo, es capaz de controlar
el tiempo” – derramó una lagrima escurridiza, y al mismo segundo sonrió de
forma exagerada e histriónica –. ¿Quién no se lo hubiese creído? Era un niño
ingenuo y pobre, lo único que podía hacer era soñar con fantasías absurdas.
-
Pero a por qué narices me cuentas esto… – dijo Héctor ya desesperado. El dandi ni
siquiera se inmutó.
-
Al día siguiente, un día lluvioso, mi madre se
suicidó. La verdad es que esa mujer no me daba lo que yo necesitaba para ser
feliz, asique no la lloré mucho – su mirada regresó al precipicio.
-
Ni se te ocurra.
-
¿El qué?
-
Ni se te ocurra volver a saltar.
-
¿Volver? Bueno, mi madre murió y la enterramos
en un campo cerca de aquí sin ningún tipo de ceremonia o lujo, y yo, pues
bueno, yo me dediqué a deambular por las calles en busca de alimento.
-
Pero vamos a ver… No es que me interese, pero,
¿tú no eras rico? ¿No dijiste tú que eras de la élite? Que lío, no sé, quizá lo
dijese otro, pero de todas formas, mírate por favor, no creo que un niño
callejero tuviese muchas posibilidades para triunfar en esa época – lo que
sentía Héctor era pura incredulidad, aunque en el fondo le daba igual.
-
Yo empecé a ser rico, ¡era un hombre libre! Muy
educado por cierto, que le quede bien claro, yo siempre fui alguien muy
educado. Fui creciendo, sobreviviendo a aquella barbarie social y fui
encontrando mi camino en el asfalto, pedía limosna, robaba a los transeúntes y
dormía en un arbusto cerca de un parque del centro.
-
Esto es incomprensible te lo digo en serio,
estás como una puta cabra – él proseguía, siquiera escuchaba las contundentes
palabras de Héctor.
-
No tardé en sentarme en esta barandilla. Tendría
aproximadamente veintidós años. Me senté, miré el vacío, miré mi reloj y me
hice de oro viajando en el tiempo, pasaron siglos para mí, mientras que en
realidad no pasaron ni dos segundos, justo lo que tardé en sentir el suelo. Y
aquí estoy, ahora soy un hombre poderoso gracias a este reloj tan fantástico –
se le iluminó la cara, era como un niño tras recibir un sinfín de regalos.
-
Dios mío… preferiría no decir nada – fue la
primera vez en todo el día que Héctor sonrió, aunque fue bastante leve.
-
Bueno señor, es hora de irme, nos veremos otro
día – Will saltó de nuevo y no volvió a aparecer…
Se sentó, se
sentó en la barandilla de aquel puente y esperó, sin esperar, a que algo que no
iba a suceder sucediese; esperó calmado, con los ojos cerrados, a que la
respiración del cielo le acuchillase la cara y lo liberase de sus sueños invernales
y vacíos; esperó que el destino se hiciese a un lado, que la realidad le
abandonara, y que, por unos segundos, fuese capaz de olvidar todas las reglas y
ataduras.
El móvil comenzó
a vibrar en su bolsillo.
Se levantó y
caminó por la orilla de aquel río de luces y asfalto; se levantó sin esperar
nada, con la única convicción de llegar a un garito donde la música se
escuchaba y no se oía; caminó con la mirada pérdida por aquel lugar andrógeno y
peculiar, un sendero donde la guerra contra lo natural había deteriorado todo
lo que muchos amamos.
Él lo pensó,
aquellos árboles prisioneros del asfalto no eran más que monumentos maquillados
por el hombre, ofendiendo de manera cruel al mundo que les soportaba.
No tardó en
llegar.
Abrió la puerta,
la cual, estaba pegada a un edificio antiquísimo.
Entró.
Se sintió vacío,
desconsolado. Se sintió nervioso, ahí estaba su destino, él lo tenía claro, y
eso le asustaba; le asustaba pensar que el mundo le tenía algo preparado
mientras luchaba por desprenderse de cada limitación prestablecida.
-
¡Muy buenas! Ya era hora de que vinieses, ¿al
final vienes solo? – a Héctor se le había olvidado por completo avisar a sus
amigos, toda la infumable situación con aquel desconocido le había trastocado
los esquemas. Muy en el fondo una idea había surgido gracias la conversación, una idea que no se movería
ya jamás de su cuerpo.
-
Dios, perdona, se me ha olvidado por completo.
Ahora mismo les escribo para que se pasen – hizo amago de coger el móvil, pero
Alberto le interrumpió.
-
No te preocupes, no pasa nada, mañana me los
presentas, mejor divirtámonos ahora, ya mañana hablamos de lo del grupo, mira
estos son mis amigos… – Alberto le
presentó a sus amigos, de los cuales no hay nada que decir, no eran nada del
otro mundo, simples marionetas idealizadas de la sociedad.
El tiempo pasó
rápido, las drogas y el alcohol le recordaron aquella idea interiorizada. Debía
vivir, necesitaba experimentar cada elemento vital para desarrollar su
experiencia; en cualquier situación debía reír, en cualquier momento debía
aguantar, soportar cada pedrada, cada pisada; de esta manera olvidaría las
reglas y comenzaría a sentir en su piel la luz de la transcendencia.
Tercer
capítulo.
Héctor se
despertó entre sudores fríos y una repulsiva resaca en el sofá de una casa
completamente desconocida. Un lugar que desprendía un soplido viejo y
conservador, el cual a Héctor repelía y angustiaba. Un reducto arcaico y adulto
que mostraba a Héctor la decadencia de los años, la estable monotonía de
aquellos que son sedentarios por cultura y comodidad. Allí, en ese lugar,
Héctor despertó desconcertado, mirando a cada rincón con el fin de encontrar
una explicación racional a su desfase mental, y entonces, en la cúspide de la
desconsolación la puerta de una de las habitaciones se abrió suave y
silenciosa.
-
Uff… que noche más apasionada – rio Alberto –.
¿Ya te has levantado? ¿Cómo te encuentras? Ayer desfasaste un poquito bastante
– volvió a reír –, aunque la verdad es que no estuviste muy receptivo.
-
¿Receptivo a qué? ¿Qué cojones pasó ayer? – la
cara de Héctor palideció en cuestión de segundos –. ¿No habré…?
-
Tranquilo, tranquilo. No hiciste nada extraño –
rio Alberto de forma tenue –. Aunque no te voy a mentir, me hubiese gustado
bastante la verdad, estás muy bueno – la carcajada de Alberto no fue comparable
a la cara de mala leche de Héctor –. Pero tú tranquilo, no hiciste nada, fue
una noche divertida nada más, eso sí, yo me lo pasé realmente bien.
-
Menos mal, no es que me importe pero no tengo
ninguna gana de que me follases el culo – Alberto esperó a que Héctor sonriese
pero a lo único que llego fue a guiñarle un ojo con la cara bastante seria.
-
No seas malsonante hombre, yo no hago esas
cosas, es posible que al contrario… bueno, no te ralles, no pasó nada, ya está.
Hablemos de otras cosas. ¿Has tomado ya una decisión sobre lo del grupo? Había
pensado que quizá, ya que ayer se te olvidó, quedáramos hoy con tus colegas
para hablarlo.
-
Sí, podríamos. No es mala idea.
-
Mira, aquí abajo hay un Starbuks, podríamos
quedar allí al medio día y hablar mejor las cosas. Entre todos seguro que
sacamos algo en claro – Héctor le miró y Alberto le puso una mano a través del
hombro –. Yo te cuento, mi intención sería crear un género, o una variante de
un género, completamente nuevo, necesitamos crear una idea completamente nueva,
y tengo la impresión, puede que me equivoque, que tú eres una persona capaz de
eso – Héctor no dejó de mirarle.
-
¿Qué coño haces? Quita esa mano de ahí, yo no
tengo ningún problema con eso, incluso me parece una buena idea, pero deja de
intentar sobarme, y sobretodo aparta esas confianzas que me traes – la mirada
qué le echó Héctor a Alberto fue sentenciosa. Quitó la mano casi de golpe y la
puso en sus piernas.
-
Bueno, creo que ya ha sido suficiente, nos vemos
más tarde abajo. Tú haz lo que quieras, puedes quedarte o irte, es decisión
tuya – esta vez su tono fue más serio. Sé levantó y se dirigió de nuevo al
cuarto.
-
¡Al fin vuelves! – se escuchó dentro de la
habitación.
-
¿Bueno qué, follamos o seguimos haciendo el
gilipollas? – Alberto se rio y la habitación se insonorizó para Héctor.
Se mantuvo
sentado un largo tiempo en aquel sofá de franela caucásica, meditando cada cosa
que le había pasado en los últimos días. Miró su guitarra y le vino la
inspiración. La agarró y tocó, rasgó mientras la instrumental de fondo le
acompañaba con jadeos y gritos de pasión acelerada. Él no se detuvo, continuó
tocando y tocando, agilizando el ritmo cada vez más, sin llegar a comprender si
ellos le seguían a él o él les seguía a ellos, el caso es que fue algo
frenético hasta que, sin más, sucumbió a la necesidad de un final cortante y
estrepitoso.
Se levantó,
guardó la guitarra y se marchó de ese lugar repugnante.
Una vez en la
calle, abrigado y desprotegido; sacó el móvil y llamó a Raquel. Ni yo sabría
explicar porque decidió que ella fuese la primera, siquiera creo que eso fuese
de suma importancia. Hablaron escasos segundos y decidieron verse para comer en
la cafetería que Alberto le había indicado. No necesitó llamar a Marcos ya que
llamar a Raquel suponía que el otro se enteraría en menos de lo que él tardaría
en sentarse y coger calor en el lugar de reunión.
Lo buscó sin
perder mucho más tiempo y no tardó en encontrarlo.
Abrió la puerta,
se compró un café y ojeó la sala con el fin de encontrar un lugar protegido y
apartado donde sentarse.
Una vez sentado,
sorbiendo el café poco a poco; una vez se le hubo quemado la lengua como a todo
humano que consume un café de cafetería, miró a su alrededor, no buscaba nada,
no ansiaba nada; siquiera posó la mirada en un sitio concreto, tan solo viajó
por su mundo irregular con el fin de dejarse llevar y transpirar. Quería
recordar lo que sucedió el día anterior, pero fue incapaz. Su mente volaba a
través de senderos oníricos incapaces de aportarle una respuesta real, o al
menos artificial, que le guiara por aquel mar de dudas. No entendía muy bien
hacia dónde dirigirse, ni que hacer; tan solo tenía clara una cosa,
necesitaba volar. Necesitaba volar, y
por desgracia, nació sin alas.
Estaba sucio y
olía mal, se encontraba mal consigo mismo. Le daba un asco terrible su
situación y aún más su indeseable y leve reflejo en el cristal transparente que
mostraba las irregularidades de las personas que cruzaban la calle.
Vagó por la
realidad, olisqueó con su desprecio a las personas que residían en ese lugar,
que transitaban, que deambulaban, que se despedían, que se besaban, que se
acariciaban y que discutían, sin tener siquiera una explicación sincera, quizá,
simple envidia; pero algo en aquel lugar llamó su atención, algo trastocó su
calma inestable y fijó su mirada en un rincón. Allí, en la oscuridad; allí en
donde los ojos del hombre no obtendrían visión por su oculta belleza no
superficial, existía un cuerpo de mujer incapaz de moldearse ni en los sueños
más capaces.
No pudo dejar de
mirarla.
Todas sus
obsesiones, sus inquebrantables imperfecciones, regresaron al olvido para dar
paso a la admiración. Su cuerpo sanó por dentro y renació con convulsiones
imperceptibles que le agitaban el estómago y le presionaban las ideas.
Su mirada era
fija, era ilimitada.
No parpadeó.
Prosiguió con su
hazaña, con su cobarde hazaña.
La miraba con tal
dulzura que la gente empezó a percibir esa bondad; la recitaba tales versos con
la mirada que hasta ella misma notó un escalofrío.
Ella giró la
cabeza y buscó aquellos suspiros de pasión incontrolable, de admiración
sofocante.
Él la evitó por
completo, evadió su mirada. Se escondió en su prosaica pestilencia. Dejó de
observarla, se apartó y se olvidó de ella, no era digno de su pureza, o al
menos así lo creía.
Ella se acercó
sin que él le viera, despacio, recreando un clima de armoniosa paz. Se aproximó
a su enigmático pretendiente visual y se sentó a su lado, contemplando el
infinito en sus hermosos ojos verdes.
-
Hola, ¿estás aquí solo? – su voz era suave,
cariñosa, repleta de bondad. Era una mujer y una niña. Su sonrisa… porque sí,
sonrió, y él, observó una sonrisa que daba pánico que se pudiese desgastar, que
se pudiese apagar. Su piel, su piel era blanquecina y rosada, con errantes
lunares escondidos. Su cara era angelical, con los mofletes marcados y hoyuelos
recogidos, que al sonreír, salían del mar como sirenas enamoradas. Era hermosa, era una belleza natural, una
belleza que removía a las personas, que las hacían grandes y preciadas.
-
Sí, bueno, sí, digamos que sí, ¿tú? – Héctor no
supo que decir, apenas podía mirarla a la cara, ya ni hablemos de sus ojos, que
ni llegaron a contemplar ese iris acaramelado que conducía en menos de un segundo
a la obsesión más desmedida.
-
Suelo venir por aquí, me gusta sentarme a
escribir mientras disfruto de un café frío – sus palabras desgarraban el
corazón de Héctor, le costaba mantener la conversación, no entendía lo que
decía, tan solo disfrutaba de la sinfonía vocal, sin la necesidad de darle un
sentido a aquellas palabas alegóricamente seleccionadas.
-
¿Frío? – fue estúpido, sus temblores le
traicionaban, y su vergüenza a que oliese o percibiese su indigna compostura le
aterrorizaba.
-
Sí, ¿soy rara verdad? – le miró con ternura y
sonrió –. ¿Qué te ha pasado? Parece que no has dormido en toda la noche – esta
vez rio, de forma bonita y despreocupada, pero rio. Héctor se murió de
vergüenza, pues su temor se había hecho realidad.
-
Sí, no – tartamudeó –. No dormí, no, no estaba
muy bien y salí a… beber, no, bueno, salí a tomar algo, ya sabes.
-
No, no sé – volvió a reír con esa ternura propia
de la gente bondadosa y confiada –. Parece que desfasaste mucho, ¿ya estás
mejor? – le miró de una forma tan sumamente cariñosa, que le consoló.
-
No desfasé, tan solo… olvidé… No pasé un buen
día ayer – no sabía por qué pero Héctor se abría, se mostraba tal y como era.
Ella le entendía, le miraba con una mirada especial, cálida.
-
Ya es un nuevo día, no te agobies, todo irá a
mejor sea lo que sea. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Lucía – le tendió la mano y
Héctor tardó unos segundos en dársela para saludar, permaneció un tiempo
contemplando con admiración sus suaves y delicadas manos.
-
Yo… Héctor… Encantado – volvió a tartamudear,
aunque esta vez le echó valor –. ¿Qué haces? ¿Estudias? – hasta el mismo
reconoció que la pregunta era absurda y tonta, pero necesitaba hablar, decirla
algo.
-
Sí – su sonrisa fue majestuosa –, estudio bellas
artes, me gustaría mucho llevar algún día una galería de arte. Además, me
encanta escribir y dibujar. ¿Tú? ¿Tocas la guitarra? – dijo mirando su guitarra
apoyada en la mesa.
-
Sí, empecé ayer el conservatorio. Encuentro en
la música lo que no encuentro en esta sucia realidad – se le escapó, se sentía
tan apoyado y comprendido que se le escapó –. Perdona, lo siento, no pretendía
ser tan… “ofensivo”.
-
No lo has sido, cada uno tiene su forma de
pensar – le miró y le sonrió, siempre sonreía –; pero, ¿no crees que quizá todo
sea hermoso? Yo miro a las personas y veo tantísimas cosas buenas… Es cierto
que hay muchas malas, pero hay que sonreírle a la vida, vivir y si algo no te
gusta, cambiarlo, cambiarlo desde el cariño. Yo me siento muy a gusto con mi
vida; eso no quita que haya pasado malos momentos, pero me siento bien, hago lo
que me gusta, veo cosas hermosas cada día y conozco a mucha gente que me aporta
una nueva forma de pensar. No hay que quedarse con lo malo, hay muchas cosas
que te pueden hacer feliz, es lo bueno de la vida, que es tan variada que se
puede encontrar de todo – su mirada era acogedora.
-
Ya bueno, cada uno tiene su vida y su forma de
ver las cosas. Yo nunca he sentido que formase parte de esta realidad. Nunca lo
entendí y siempre he buscado formas de vivir al margen – cada vez se sentía más
a gusto hablando, pero esta vez se le notó algo disconforme con lo dicho por
Lucía.
-
¡Pues eso es un problema!, hay que buscar
razones que nos unan con la vida. ¿Has viajado? Hay cosas tan bonitas en
lugares que ni te esperas… Nunca te ha pasado que en algún lugar o en alguna
situación te has sentido vivo, te hayas sentido repleto de vida y energía, esos
momentos en los que solo te queda decir… gracias, muchas gracias por seguir
viva – su entusiasmo era alucinante, y su carisma y belleza… aún más. El
entorno ya no importaba, se había alejado de aquel lugar repugnante y había
encontrado un lugar recóndito donde estar feliz, estar cómodo. Ella era la
razón, ella era aquello que necesitaba, ella le transmitía una paz que nunca
nada se la había otorgado.
-
No, nunca me he sentido así. Siempre me he
sentido solo, aislado y despreciado por todo y por todos. He vivido toda mi
vida lejos de lo cotidiano, lejos de la monotonía, ni siquiera con la música he
sido capaz de olvidar y sentirme bien. Para mí la música siempre ha sido una
obligación, un deber. Una responsabilidad que me torturaba, una necesidad al
fin y al cabo – sus sentimientos cada vez eran más profundos y cada vez se
agitaban más y más –. Lo siento, no quiero aburrirte tampoco.
-
¡No me aburres hombre! – me sonrió de nuevo y se
iluminó su preciosa cara –. Entiendo en parte tu sentimiento, siempre has
tenido esa necesidad de mostrar algo al mundo. Esa necesidad de dejar huella o
algo parecido. ¿No es así?
-
Sí, más o menos, ya no sé ni lo que necesito.
¿Podríamos hablar de otra cosa? ¿Cuál es tu sueño? – Héctor se estaba
agobiando, entre la sensación de felicidad absoluta que le consumía y la
sensación de repugnancia frente a sí mismo, estaba inquieto y no sabía bien
dónde meterse.
-
Mmm… – meditó –, no lo sé, no creo que yo tenga
de eso, vivir y ser feliz, ¿no es ese el mejor sueño? ¿Ser feliz? No, lo más
importante vivir, mi sueño es vivir.
-
Vivir es fácil, lo más complicado es saber morir
– le salió solo, no lo pensó.
-
Para mí morir es una angustia, dejaría de lado
todo lo que para mí es hermoso. No volvería a ver un atardecer, un pájaro
cantando al amanecer, un árbol al que se le caen las hojas… No me agrada nada
la idea – esta vez no sonrió, su mirada se quedó en el vacío.
-
Quizá tengas razón… – no terminó de hablar cuando Lucía le
interrumpió.
-
Me tengo que ir, lo siento, no puedo seguir aquí
contigo. Ya nos veremos, ¡hasta pronto! – aunque el final fue simpático y
cariñoso, se la notó angustiada y temerosa por algo que Héctor no logró
entender.
-
Pero… –
Héctor no consiguió decir nada, en menos de diez segundos ella había abierto la
puerta y se había marchado.
No camufló su
tristeza, se mostró apagado y deteriorado por la situación, necesitaba huir de
aquel lugar decrepito. Regresó a su pesimismo absoluto y fue como si le
hubiesen devuelto a la realidad con pavorosa crueldad.
Se levantó para
irse cuando de repente escuchó a alguien gritando su nombre.
-
¡Héctor! ¡Héctor! Al fin encontramos el sitio –
vio a Raquel entrando por la puerta y acercarse hacia él con Marcos.
-
¿Ya te ibas cabrón? Joder, no hemos tardado
tanto – rio Marcos.
-
¿Qué hacéis aquí? – preguntó Héctor extrañado.
-
Habíamos quedado, ¿no te acuerdas o qué? –
respondió Raquel extrañada.
-
Habrá visto a un fantasmilla en sus delirios y
se le habrá ido la cabeza de nuevo, ¿a qué sí? – Marcos le pegó suave en el
hombro con el puño cerrado y sonrió.
-
Más o menos, bueno, sentaros entonces – dijo
Héctor.
-
¿Queréis algo? Ya que estoy de pie os invito a
algo que además os quería contar una cosa – Preguntó Raquel animada.
-
Si nos vas a contar a cuántos te has tirado, o a
cuántas, no nos interesa, aunque si quieres que follemos, pues sí, me interesa
– Marcos seguía igual, Héctor siempre pensaba que algún día Raquel y él
acabarían liados.
-
Cállate coño, ¿queréis algo o no?
-
No gracias Raquel, siéntate, no pasa nada –
Héctor estaba en su pompa, solo pensaba en aquella chica de ojos alegres y
pequeños.
-
Yo sí, tráeme un café por favor, y después
limpia la mesa si puedes – Marcos a veces cansaba con sus insinuaciones, nunca
paraba, no tenía freno.
-
Este chico es tonto te lo digo en serio, pues
nada, ahora vengo – Raquel se fue a la cola para pedir algo para beber mientras
ellos se quedaron hablando.
-
Bueno, ¿qué? ¿Qué es de ti? Me contaron que te
follaste a la rubia esa del barrio. Cuéntame, ¿cómo es? Ya sabes… – Marcos siempre era igual, a Héctor le
comenzaba a cansar su actitud, era insulso, simple, muy simple. Era el más
apegado a la realidad de los tres, demasiado superficial.
-
No es el momento Marcos, me ha pasado algo raro
y no estoy para gilipolleces.
-
¿Otro fantasma? Deberías estar ya acostumbrado –
a Marcos le aburrían esas historias, el necesitaba acción constante.
-
No, no tiene nada que ver, he conocido a alguien
– a Héctor se le iluminó la cara a pesar de su tristeza.
-
No jodas tío, el amor no lleva a ningún lado,
déjalo pasar, fóllatela, divertiros los dos y continua componiendo tus
alegóricas y tristes canciones. Joder que mierda, ¿Aquí no se podrá fumar no?
Puto estado de mierda… – a Marcos le agobiaba no poder hacer lo que necesitaba
o quería en el momento en el que lo necesitaba o lo quería.
-
¡Ya estoy aquí! Toma Héctor, te vendrá bien – le
ofreció una taza de café con nata bien caliente.
-
No era necesario, pero gracias.
-
De nada, y para ti esto, por pesado – le tendió
a Marcos una tacita de expreso diminuta.
-
Gracias, es perfecto – la mirada de Marcos fue
lasciva, pero a Raquel pareció no importarle –. ¿Qué nos querías contar
Raquelilla?
-
¡He conocido a un chico! Es fantástico, es raro,
os lo tengo que presentar. Llevamos saliendo un mes ya, y parece que va para
largo. No me lo creo ni yo, me gusta mucho, creo que me he enamorado – la cara
de sorpresa de Héctor y Marcos fue apoteósica. Era su amiga, la amiga macarra y
bohemia del grupo, siempre jugueteando con el anarquismo y con el feminismo más
radical, y ahora… se había enamorado, era increíble cuanto menos.
-
Dios mío otra que no aprende… El amor es para
gilipollas sin personalidad, para personas que no son independientes. Y además,
¡tú! Pero donde vamos a acabar… ¿Pero qué coño os pasa? – a Marcos se le notó
demasiado alterado, bastante más de lo que era habitual en él. Héctor llegó a
pensar que estaba celoso, aunque no le dio demasiada importancia. Raquel se
quedó vergonzosa mirándolos, como si no se sintiese muy a gusto hablando de eso
pese a su ilusión.
-
No sé qué decirte… si tú eres feliz, lo único,
que me parece extraño, creo que lo entiendes. Nunca has sido de novios, incluso
te veía más con una chica que con un chico, pero bueno, es tu decisión y te
apoyaremos en todo – Héctor continuaba en shock, no podía evitarlo, tampoco
prestaba mucha atención a las cosas que decía u ocurrían.
-
Ya… os entiendo, pero es que es genial, lo tiene
todo, necesito estar con él. No sé qué me ocurre, os lo presentaré algún día de
estos, y Marcos no te pongas así, algún día te pasara a ti y tendré que
apoyarte no reírme o enfadarme – Raquel estaba distinta, hablaba diferente, no
era la misma persona que Héctor conoció.
-
¿Pero qué coño te ha pasado? Tú no eras así,
pero tú sabrás, si necesitas algo aquí estoy, eso sí, si sucede algo no dudaré
en decir “te lo dije” – esta vez Marcos rio a pesar de que todos le notaban
irritado.
-
Dejemos esto a un lado – dijo Héctor –. Quería
comentaros algo. Un colega del conservatorio, un tanto… especial, me ha
propuesto formar un grupo. ¿Os interesaría? Yo tengo dudas, pero vosotros
diréis, me hace ilusión, puede ser interesante.
-
¡Al fin me lo propones! Esto es mucho más
emocionante que un “cásate conmigo”. ¡Por supuesto que quiero! ¡Sí, joder, sí!
– Raquel gritó y la gente les miró incrédulos.
-
No gimas niña, que ya tenemos una edad –
contestó Marcos –. Bueno… Sí, podría estar bien, hay que probar de todo en esta
vida. No estaría mal. Ya me irás diciendo cómo lo quieres hacer.
-
Mira ahí entra mi colega – Alberto entró por la
puerta y Héctor le hizo una seña para que se aproximase a la mesa, colocaron
una mesa más y una silla para entrar todos –. Mira os lo presento, se llama
Alberto.
-
Hola, muy buenas. Oh, ¡Qué chico más guapo!
¿Cómo te llamas tú? – preguntó a Marcos sin siquiera mirar a los demás.
-
Mmm… ¿Eres gay? – rio Marcos.
-
¿Acaso hay alguna duda? – Dijo Alberto buscando
la aprobación del grupo.
-
No, ya se ve, de todas formas es normal que te
fijases en mí – Alberto y Marcos rieron.
-
Entonces, ¿ya se lo has contado? – dijo Alberto.
La conversación
continuó fluida, todos se echaron unas risas y halaron de lo que tenían pensado
acerca del grupo que querían formar. Héctor prosiguió en su mundo, buscando una
explicación racional al momento arcano que había presenciado, solo podía pensar
en aquella mujer, en aquella belleza terrenal que debió escaparse del cielo,
pues nunca había tenido el honor de admirar algo tan hermoso.
Pasaron horas.
Héctor, en su
mente prodigiosa, idealizó una figura a la que no sabía si volvería a ver. El
solo soñaba con tocar su rostro, con pasar horas acariciando esa mano suave y
seductora.
Todos se
levantaron y decidieron irse.
Héctor continuaba
en su mundo.
Se dejó llevar y
salió de aquel lugar angustioso y regresó a la vida cuando la noche golpeó su
cara. Había pasado todo el día en aquel farragoso zulo, no había hecho nada
más, y se acaba de acordar, hoy tenía clase a las siete en el conservatorio;
llegaba tarde.
Se despidió de
sus amigos y fue al conservatorio acompañado de Alberto.
Hablaron sobre
cosas superfluas y Alberto intentó algún tipo de tonteo con él, pero Héctor lo
repelió.
No tardaron mucho
en llegar al conservatorio, Alberto vivía bastante cerca.
Una vez allí, se
despidió de Alberto con dos besos muy forzados y entró a clase.
Toda la clase se
le quedó mirando de nuevo, pero él no se inmuto.
-
Siéntese – el profesor sentenció.
Héctor se sentó,
no por seguir la orden, sino por necesidad, una necesidad poco justificada,
pero una necesidad.
Su compañero,
sentado próximo a él, se rio y dijo por lo bajo: “menudo pieza, es la segunda
vez que llega tarde, no sé qué coño hace aquí”.
Héctor saltó,
sería por el día, o por su temperamento irracional, pero saltó. Se agarró a él
y le pegó un puñetazo en la cara.
Al segundo sus
compañeros se abalanzaron sobre él y le agarraron. El profesor le sacó de clase
y le llevó a ver al jefe de estudios.
No dudaron en
echarle, sí, le expulsaron del conservatorio. “Esos actos son intolerables en
un conservatorio de tanta categoría” le dijeron, él solo pensaba en aquella
chica dulce y buena.
Lloró de rabia,
de impotencia.
No entendía nada,
no sabía porque había actuado así, sentía una rabia muy fuerte dentro de él que
le obligaba a actuar de formas equivocas pero necesarias. Era preso de un mundo
somnoliento y decadente. Era preso de una angustia vital que le inspiraba y
torturaba con sus tentativas.
Se fue a casa.
Caminó pensando
en la belleza cándida de la mujer que le cautivó con su sonrisa.
Entró en el metro.
Todo estaba sucio
y demacrado. Todo era una pesadilla para él, parecía que cada cosa que existía
había sido colocada minuciosamente para que él la despreciase y le produjese un
asco despectivo. Era un alma en pena que vagaba por la vida como los alocados
fantasmas que le atormentaban.
El vagón tardó
bastante en llegar, aunque la verdad es que él apenas lo percibió; su paciencia
era ilimitada en esos momentos, pues estaba vinculada a su escasa presencia.
Entró despacio,
deambulando por la realidad como una víctima y no con privilegios.
Miraba a cada
pasajero como si no fuesen más que inteligencias artificiales, las cuales
habían sido colocadas por algún macabro ser cuya única intención era
torturarle.
La idea cobró
vida en su cabeza. Todo aquello era limitante, era algo que se debía destruir,
era algo que debía desaparecer. Esa realidad era su antagónica condena. Era el
mal, y él, a pesar de no ser el bien, ni pertenecer al juego del maniqueísmo,
era quién debía destruirlo. Era una persona destructiva, una persona que quería
derrumbar todos los cimientos que deterioraban su ser y lo limitaban.
El tren llegó a
la estación.
Se bajó cansado e
hipnotizado por los gases invisibles del desconcierto.
Con su guitarra
colgando se iba con la música de viaje a algún lugar donde nadie le escuchara.
Un lugar donde nadie pudiese poner frenos a su creatividad. Un lugar
impresentable, un lugar histriónico e histérico. Un lugar donde la muerte no
fuese un problema sino una bendición.
Subió las
escaleras calmado, manteniendo el control sobre sus manos temblorosas.
Subió las
escaleras con la mirada decidida. Con el miedo de su parte y el arma en su
espalda.
Subió las
escaleras con el alma fuera y su corazón en la cabeza.
Así subió y
salió, sin resoplar, sin mostrar debilidad, sin que su respiración le atosigara
ni supusiese un dilema de inferioridad.
Una vez fuera,
oteó el paisaje, ese paisaje de cemento digitalizado, esa realidad fragmentada
en segmentos cuantificados.
Encontró un
callejón donde refugiarse de las miradas sudorosas de la gente. Entró y se
arrimó a la pared. Caminó dos minutos sin desligarse del calor de una pared
sucia y agrietada. Caminó de lado, pensativo y enamorado de algo
incuestionable, hasta darse de frente con un conducto de agua no reciclable. Escaló
y subió a un tejado bajo de algún cuarto de basuras muy mal escondido.
Allí en la
hermosura de lo imperfecto se sentó.
Se apoyó en la
pared, sacó su guitarra maltrecha y rasgó las cuerdas desafinadas, no le
importó el sonido estridente al que dieron lugar sus manos desnudas. Le gustaba
ese ruido irregular, ese sonido misterioso y contaminado. Ese sonido artificial
y armonioso. Esa sinfonía partida que reponía con ladrillo los huecos de las
paredes del lugar. Ese sonido simbólico que se convirtió en algo que nunca
había tenido, algo que nunca volvería a poseer, algo que ya no echaría en
falta; aquel ruido inocente y simplista, aquel ruido que despotricaba contra la
crudeza del mundo, aquello se convirtió en su hogar.
Se levantó y
siguió tocando, tocó y tocó. Giró sobre sí mismo y tocó; giró y giró hasta
encontrarse.
Cantó despacio,
con voz ronca e improvisada. Cantó tan alto que el mundo le olvidó, cantó tan
alto que los fantasmas se acercaron y le observaron. Los muertos le escucharon
llorar por primera vez, escucharon como sus llantos salían de su música y no de
sus ojos, como sus angustias se almacenaban en aquella caja sonora, todo quedó
ahí, todo resonó y se consumió en ese mismo instante, nada fue atemporal, todo
fue momentáneo y espléndido.
“Canta, hermano,
canta”; todos los espectros le decían. Canta y vuelve a cantar pues el mundo
necesita música para sobrevivir, el mudo necesita arte para ver sus carencias y
evolucionar. El humano necesita regresar a sus orígenes y darse cuenta que su
naturaleza es el arte, que ya es hora de reencontrarlo, ya es hora de regresar
a sí mismos y buscar la verdad.
Busca
fantasmita busca, que en él lo encontrarás. Busca fantasmita busca, que él nos
salvará.
Lo
sé.
Héctor paró de
golpe. Se tumbó, se encendió un cigarro y fumó.
Héctor paró de
golpe, se preparó unas rallas y esnifó.
Cantó y cantó
hasta que acabó tumbado en el suelo, agotado, ido, hasta que, por fin… se
durmió.
Cuarto
capítulo.
La música
inundaba el lugar, la guitarra de Héctor alumbraba con su inusual rasgueo aquel
local farragoso y mugriento. Todos estaban ahí, mientras Marcos tocaba apagados
acordes, Raquel nos ilustraba con su escondido bajo; sí, todos tocaban, hasta
Alberto soleaba con su batería. No faltaba ningún integrante del grupo, todos
dirigidos por un maniático que veía espectros en sus ratos libres.
Cuando bajaron
del escenario la fiesta no paró por ellos, no eran nadie, tan solo unos payasos
que excitaban a personas asociales lo que sus drogas podía excitarles con
efectos mayores y mucho más devastadores. Aun así ellos eran felices, se
entretenían y pasaban un buen rato entre focos y sonidos estridentes; aunque,
para Héctor, la cosa cambiaba, su visión del mundo era completamente diferente,
él necesitaba más y no le eran suficientes aquellos contratos de mala muerte
donde tenían que pagar ellos por tocar o por sentirse valorados, le resultaba
deprimente.
-
¿Cómo te has visto hoy? – preguntó Alberto a
Héctor en cuanto se encontraron entre cervezas y mujeres volcánicas.
-
Demasiado flojo, la próxima tendríamos que subir
el volumen de las guitarras, o quizá equipararlo al de la voz, no sé, ya lo
pensaré mejor, necesito pillarme un buen pedo para pensar con claridad – a
Héctor se le veía pálido y congestionado.
-
No te preocupes, todo llegará, paciencia hermano
– su amistad había ido acrecentado con el paso del tiempo, aquel grupo era ya
como su familia.
-
Bueno chicos, voy un segundo fuera, ahora vengo
y os presento a alguien. ¡Pasarlo bien! – dijo Raquel mientras corría como
podía por aquel lugar masificado hacia una puerta que, para Héctor, se
encontraba a mucha distancia de sus objetivos diurnos.
La noche se
estaba haciendo pesada, Marcos no dejaba de coquetear con cada tía que veía y
Alberto se había tirado ya a dos mujeres distintas en lo poco que había
transcurrido. Héctor en cambio se sentía asfixiado y no veía otra forma de
contentar a sus pulmones que la de meterse más y más alcohol en sangre. Tampoco
dudó en pasearse en varias ocasiones por el baño a esnifar un poco de polvo
blanco, sí, de ese que hace que tus sueños perforen tu nariz.
Desorientado y
sudoroso comenzó a deambular por el local en busca de alguna mujer oxidada,
alguna mujer insustancial a la que susurrar al oído todo sus sueños, una mujer
superflua, una mujer sencilla a la que murmurar una canción en mi menor, una
canción que se le olvide en menos de dos segundos, y ella, sobria, le pregunte
si quieren follar suave en algún rincón polvoriento.
Vio a una mujer,
poca cosa, pero el alcohol la hacía muy hermosa.
Se acercó sin
miedo, con la valentía que te da la eufórica droga nívea.
-
Si me dices tu nombre es posible que te cante
algo… - su sonrisa fue torpe y desquiciada, y en ese preciso instante de
alcohol semántico una imagen realmente hermosa surcó su cabeza. Ella regresó a
sus pensamientos, aquel ángel volátil, aquella mujer que con su café frío le
había conquistado, aquella mujer que le abandonó como el tiraba sus colillas y
que le dejó enmonado a una droga que era incapaz de olvidar –. Mejor no cantar
nada, ¿No crees? No te ofendas, pero no vales la pena.
-
¿Perdona? – la mujer se quedó sin palabras, lo
cual no era excesivamente difícil, pero ya era tarde siquiera para una mala
palabra, pues Héctor se había alejado seseando improperios dignos de una
persona que camina una línea recta curvado.
Caminó sin ningún
tipo de sentido por los lugares más desérticos de un local socializado. Caminó
sin sentido y perdiéndose en sí mismo más y más hasta chocar de frente con una
cara conocida.
-
¡Al fin te encuentro! – dijo una Raquel bastante
distorsionada para Héctor –. Mira, te presento, este es Juan Carlos, mi novio –
ella le abrazó apasionadamente y le dio un beso en la mejilla. Él era un hombre
fuerte y apetecible, un verdadero superhéroe, con un toque clásico y singular.
Aunque para Héctor fue una mancha en el espacio común y vulgar.
-
¿Qué tal? ¿Cómo va? – comentó Héctor sin apenas
poder articular bien las palabras –. Bueno, que lo paséis bien – se fue de
aquel lugar sin mirar a Raquel a la cara, el hombre que la acompañaba siquiera
habló hasta que Héctor se fue.
Héctor se postró
en la barra y pidió algo más de alcohol, algo más puro, algo más estimulante y
degradante.
Giró la cabeza y
observó cómo Raquel y su novio dialogaban entre gesticulación y rabia sin
camuflar.
Héctor se alarmó,
no mucho, pero se alarmó.
Escuchó, sin
mucho esfuerzo; estaban gritando.
-
¿Quién era ese tío? Y, ¿por qué se ha enfadado?
Le gustas tía, le gustas, y tú no te has dignado a frenar ni a poner ninguna
barrera – la voz de aquel monstruo era estruendosa y fanática.
-
Es mi mejor amigo, le conozco de toda la vida,
no le gusto, es mi amigo, sabes que es solo mi amigo, no te enfades, no es
necesario – a Raquel se la veía asustada, tensa.
-
Cállate, sabes que no es verdad, le gustas. Que
te quede bien clarito, tú solo estás para mí, ¿te enteras? – cada vez la voz
era más y más fuerte, al menos en los oídos de Héctor.
-
No me hables así, no tienes ningún derecho – en
seguida lamentó haber sido valiente, aquel hombre repugnante la golpeó fuerte,
tanto que la tumbó.
Raquel se levantó
y salió corriendo de local. Buscaba una escapatoria, un lugar donde esconderse
de la vergüenza que sufría su cuerpo.
Héctor no dudó en
salir detrás de ella.
La calle
respiraba tranquila y gélida.
-
¿Qué coño ha pasado? ¿Por qué te ha pegado?
¿Cómo puedes permitir algo así? Tienes que denunciarlo – por supuesto todo esto
lo dijo Héctor como pudo, pues apenas era capaz de hablar.
-
No pasa nada Héctor, no te preocupes, se
solucionará – Raquel estaba en shock, no podía contener su nerviosismo y
vulnerabilidad.
El agresor no
tardó en salir a disculparse y aunque Héctor se puso en medio, Raquel le paró y
comenzaron a hablar. Héctor quedó completamente excluido, ellos se abrazaron y
él entró de nuevo en el local, aunque en un segundo resplandeciente pudo
observar una lágrima de Raquel cayendo y formando una escorrentía a través del
jersey de aquel desalmado.
Héctor entro de
nuevo en aquel lugar putrefacto y agobiante con la frescura de quien no ha
parado de beber en horas.
Se apoyó en la
barra y comenzaron a entrarle unas nauseas espantosas, fue víctima de un karma
cruel que se burlaba de él sin miramientos.
Dando tumbos mal
coreografiados se dispuso a abrir la puerta del baño, la cual abrió sin mucho
esfuerzo. Entonces, ahí, entre los váteres sucios y mugrientos contempló una
escena sexual nada atractiva. Alberto y Marcos se habían metido en el cuarto de
baño con una mujer y estaban haciendo unas cosas, las cuales, sería mejor no
describirlas, algo que hasta para Héctor fue repugnante.
Salió de ahí más
repugnado aun y vomitó en la primera esquina que bordeó.
-
¿Estás bien? El otro día se te vio algo mejor.
Por lo menos no tan acabado – la voz le resulto familiar a Héctor, era dulce y
apacible. Se dio la vuelta despacio y quedó hipnotizado con el hermoso rostro
de la que había sido su amante en su cabeza durante días y días.
-
¿Eres tú? ¿Qué haces aquí? – apenas podía
articular palabra pero fue suficiente para mostrar el enorme amor que sentía
por ella. Un amor puro, un amor sincero, el cual transpiraba desde su mirada
hasta el último poro de su piel.
-
Sí, sí, soy yo – la chica rio despacio,
tímidamente, como si se diese cuenta de lo que Héctor sentía por ella –. Nada,
soy muy amiga de una de tus amigas, y me invitó, además me dijo que tocarías y
me hacía ilusión verte cantar – Héctor se quedó embobado, ni siquiera pensó en
de que amiga hablaba, aunque también es cierto que era más que obvio. La miraba
con la boca entreabierta y con los ojos lúcidos a pesar del alcohol – bueno,
¿qué? ¿Me invitas a un café? – volvió a sonreír e iluminar la sala de un color
ancestral capaz de reanimar a la mitad de muertos que allí dormían.
-
¿Café? Por desgracia aquí no hay de eso, tan
solo drogas y alcohol, y dudo mucho que quieras algo de eso – Héctor intentó
disimular su adicción a todas las cosas que le deformasen la realidad. La
verdad es que no resultó muy convincente.
-
No pasa nada, era una broma – cortó la
conversación rauda, ella quería estar con él, pero el sitio le aprisionaba, le
daba malas vibraciones. Ella era una mujer dulce, una mujer cauta y buena.
Aquellos bajos fondos lo único que le aportaban era decadencia y depresión –.
¿Podemos salir fuera? Me estoy agobiando un poco – se empezaba a poner pálida y
se la notaba incomoda, aun así lo dijo con tal dulzura que Héctor se derritió,
no pudo soportarlo, fue como si le hubiesen apuñalado el corazón sin
miramientos.
Salieron de aquel
lugar espantoso vertiginosos, Héctor no dijo nada, simplemente la sacó, como si
de un héroe se tratase, hubiese hecho cualquier cosa que ella hubiese
necesitado, cualquier cosa. Su mirada era hipnótica y su delicado cuerpo
arropado con un vestido blanco con leves trasparencias le otorgaba una
melancólica belleza indescriptible.
-
¿Estás algo mejor? La verdad es que dentro era
un poco agobio – Héctor solo mostró interés por ella, todo lo de la noche había
desaparecido de su cabeza, lo único que le importaba es que aquella mujer
pequeña y bondadosa estuviese bien. Él solo necesitaba que ella fuese feliz y
no dejase nunca la sonrisa que le enamoró.
-
Sí, el sitio me hacía sentir mal, no sé por qué,
no me gusta estar rodeada de gente, prefiero estar sola – su preciosa cara se
entristeció. No sabría decir muy bien el motivo, pero era una persona demasiado
vulnerable, parecía como si se fuese a romper de un momento a otro.
-
¿Tampoco quieres estar conmigo? – pregunto
Héctor bromeando, aunque en realidad estaba bastante nervioso –. Si te soy
sincero, a mí tampoco me gusta estar entre gente, pero contigo me siento bien,
no sabría explicarlo.
-
No, no es eso, simplemente es que me sentía
agobiada. A veces siento que me miran pero no ven nada, no sé, como si pasase
desapercibida, no sé si me entiendes – estaba nerviosa, algo le ocurría y cada
vez que iba pasando el tiempo más nerviosa se ponía, como si algo la
inquietase.
-
En cierto modo te entiendo – siempre le iba a
dar la razón, daba igual, él siempre iba a intentar entenderla, a veces la
simpleza de los hombres es demasiado descarada –, es como si la gente no mirase
dentro de ti, solo tu apariencia. La gente juzga, es así, te juzga porque
tienen envidia, o porque se sienten superiores, es algo habitual, no debería
extrañarte. Además, ahora estamos aquí solos, estate tranquila – Héctor se
acercó muy despacio y la agarró de la mano suavemente, con tacto, no quería
herirla, pues su piel era blanca y delicada.
Estaban solos, y
aun así ella no se sentía del todo bien, quizá fuese porque el simple hecho de
estar al aire libre le contaminase. Necesitaba sentirse protegida, en el fondo
era una persona insegura, vulnerable y pacífica. Tenía miedo de que la hiciesen
daño, tenía tantísima bondad que nunca podía sentirse segura.
La noche era
cálida a pesar del viento fresco que aterrizaba en sus pieles de vez en cuando.
Todo estaba sumamente tranquilo, incluso los grillos habían decidido dormir por
una noche. Nada les molestaba, siquiera la luna, que les observaba con cariño
desde su reino estrellado.
-
¿Quieres sentarte? – no le soltó la mano, Héctor
se dejó guiar por sus andares pulcros hacia un banco algo apartado del local.
Allí se sentaron y Lucía se le quedó mirando fijamente a los ojos, buscando
algo que posiblemente perdió hace mucho –. Hay algo en ti que refleja bondad
Héctor, aunque tú no lo creas, algo en ti aun quiere tener una vida normal.
Eres una persona buena, ¿por qué te martirizas tanto? ¿Acaso no eres feliz?
Puedes serlo, déjame ayudarte – su interés divino en sus problemas le
descolocaron, se sintió por una vez avergonzado de su vida. Giró la cara y
ella, con su intrínseca delicadeza, posó su mano en su mejilla e hizo que su
mirada regresase junto a la suya –. No tengas miedo, puedo ayudarte.
-
No necesito ayuda, en serio. Simplemente no he
tenido una vida fácil, siempre he querido algo que nunca encontraré; y ahora…
no sé, estás tú, estás aquí tratándome tan bien que, aun no sé por qué, pero me
da que pensar – Héctor estaba dudoso, incrédulo. No podía entender por qué una
persona se interesaba por él de esa manera, ni por qué alguien tenía tantísimo
tacto con una persona como él, alguien deleznable.
-
¿Qué es lo que piensas? Cuéntamelo, estoy para
ayudarte. Créeme, eres una buena persona, no tienes por qué seguir así – su
mano rozó su mejilla de nuevo, aunque esta vez sin ningún fin, tan solo notar
su calor y su timidez.
-
Pues que quizá he malgastado mi vida, quizá debí
dejar esas ideas de convertirme en una genialidad, no sé, esas ideas
narcisistas de querer ser alguien, querer trascender – Héctor no se podía creer
que estuviese hablando así con alguien, jamás en su vida se había abierto tanto
con una persona.
-
Cierra los ojos – la voz que salió de la
infantil y a la vez suave boca de Lucía fue canto angelical para Héctor.
-
¿Qué? – Héctor se sorprendió, no entendía nada.
-
Tú confía en mí, cierra los ojos – Héctor los
cerró; y entonces, en la penumbra artística de la noche, ella se acercó muy
despacio, posó una mano en la pierna de Héctor, otra en su mejilla, y le besó.
Le besó suave, uno de esos besos que paran el tiempo y te convierten en una
persona de verdad. Uno de esos besos que te transforman en un hombre o en una
mujer, una experiencia cálida y sobrecogedora que manipula tu corazón y lo
atrapa en el aroma seductor de tu amante.
Hubiese cantado
al terminar si hubiese podido, pero su voz ya era de otra persona. Su
trascendencia pertenecía a la hermosa dama que le abrazaba y posaba su cabeza
en su pecho. Se sentía afortunado, y a la vez tenía muchísimo miedo, un pánico
infernal a perderla, a fallarla. No quería separase de ella, no quería volver a
estar un segundo sin su impecable presencia. Se sentía mal, él era un hombre
libre y ahora, en ese preciso instante, se moriría si ella le faltase.
Algo pasó, se
escuchó resoplar a lo lejos a la puerta del local y entonces…
-
Héctor… me tengo que ir, lo siento de verdad,
nos veremos pronto. Espero que lo entiendas – se la notó triste y preocupada.
-
Pero… –
ya era tarde… Lucía se levantó y se fue.
Héctor se quedó
solo en la oscuridad de la noche, tirado en un banco con la lágrima a punto de
aflorar cuando algo le alarmó, Marcos se dirigía hacia él.
-
¿Qué pasa tío? ¿Has visto a Raquel? – a Marcos
se le notaba extasiado y bastante bebido, pero no le importó.
-
No…
-
¿Te pasa algo? Bueno, da igual, ya me lo
contarás en otro momento. Te dejo, ¿vale? Voy a ver si encuentro a Raquel.
¡Xao! – Héctor se volvió a quedar solo, aprisionado en la desidia de un
aletargado beso onírico.
Para Héctor la
situación ya era una pesadilla, un auténtico sueño de terror, todo era amorfo y
condescendiente. Asique, sin pensárselo mucho, se levantó y huyó de aquel mundo
alocado, cargante y superficial.
Vagó borracho,
mareado, por aquellas calles tan conocidas para él. Pudo apreciar la decadencia
inminente, el resoplar de dragones encarcelados en edificios de metal gigantes.
Pudo contemplar una magia oscura que recorría con su maldad los pasillos
infinitos de la mente de las personas que se cruzaba, todas y cada una de ellas
envueltas en un aura de indiferencia trascendental. Todas y cada una de ellas
guiadas por su dios material, el cual les informaba día a día de que era lo que
debían hacer y qué vida debían de tener. Sí, para Héctor fue patético,
inhumano. No podía comprender como las personas se habían convertido en simples
animales, llevados por sus instintos sin reflexionar ni trascender.
El frío comenzó a
arraigar en su piel mientras que su paseo nocturno le devolvió la conciencia de
una manera algo inusual.
-
Disculpe, llevo prisa – chocó contra él un
hombre trajeado con un maletín.
-
Ve más despacio joder – replicó Héctor ofendido.
-
¡Oh! Pero si es un crío insolente, la entrevista
puede esperar entonces; con tal, estoy muerto – una sonrisa le iluminó la cara,
aunque a Héctor no le hizo ni puñetera gracia. No esperaba encontrarse con un
fantasma y mucho menos en esa situación –. ¿Cómo te llamas niño?
-
Héctor, y no me llames niño – a Héctor le
ofendían sus formas de hablar, demasiado altivas.
-
Yo me llamo John Harrison, encantado. ¿Qué haces
por aquí? ¿Una mala noche? – Héctor se dispuso a contestar pero John le
interrumpió –. Yo me dirigía a una reunión muy importante de mi empresa, me
gusta mirar cómo se asesinan todos con la mirada buscando al nuevo director. Es
divertido, no sabes lo emocionante que puede llegar a ser trabajar en los
negocios, es como trabajar en la selva, me han pasado una cantidad de cosas – Héctor
intentó pararle varias veces, pero no había manera –… Una de las más
anecdóticas fue cuando una de mis secretarias se me acercó en el baño y me la
intentó chupar, yo por supuesto la dejé, tengo familia, pero, ¿Qué más da? El
caso, me la chupó, pero me la chupó bien, demasiado bien, ojalá te lo hagan así
algún día. Esa mujer era toda una profesional, y cuando acabé, por qué por
supuesto no me la follé, no es bueno follar en horario de trabajo; el caso,
cuando acabé, la despedí, por guarra. ¿Tú lo ves normal? ¿Cómo se puede hacer
eso por un puesto de trabajo? Es lamentable, y encima va la muy puta y me
denuncia, yo no entendí nada. ¿Y sabes lo peor? Nada más salir uno de mis
empleados intentó lo mismo, por supuesto le dije que no, no me van los tíos. Asique
esa mañana tuve que despedir a dos personas, fue un día horrible.
-
Interesante – no pudo evitar reírse. Las cosas
que le contaban los fantasmas eran de otro mundo –. Yo lo flipo, y, ¿por qué me
cuentas todo esto? No sé, digo yo que no es necesario.
-
Me has caído bien, y porque puedes verme, eso es
un avance. Nadie me veía y estaba bastante aburrido, tan solo viajaba de aquí
para allá con un maletín que no guarda nada – abrió el maletín y tan solo pudo
ver una cantidad enorme de clínex.
-
¿Y esos clínex? – preguntó Héctor extrañado.
-
Por si tengo alguna erección imprevista, el
mundo de los negocios es muy estresante, de vez en cuando no viene mal hacerse
una buena paja – la cara de Héctor fue un auténtico poema.
-
Yo flipo, en serio, flipo. No me extraña nada
que estés muerto, si así fue tu vida… Normal, te daría un ataque al corazón –
Héctor se giró para irse pero el fantasma se teletransportó delante de él y
continuó hablando.
-
¡Qué va! Esa historia es aún mejor – Héctor
suspiró –. Me fui de vacaciones como mi mujer y mis hijos a la playa, a una
casita en la orilla del mar – hablaba siempre alardeando, como si fuera
muchísimo más que el resto de seres humanos –. Y, entonces, en un día muy
intenso, cogí mi pistola y salí a la playa a tomar el aire. La verdad es que
había sido un día de mierda, asique me dispuse a hacer lo que siempre hacía
esos días, cargué la pistola con una sola bala, miré a los lados, vi a un niño
y le pedí que observara, me coloqué la pistola en la boca y disparé. Tuve muy
mala suerte, al parecer la bala estaba ahí y me atravesó la cabeza, salpicando
toda mi sangre en la cara de aquel pobre crío que se tocó la cara y salió
corriendo gritando y lloriqueando – John soltó una carcajada de tal sonoridad
que Héctor se echó para atrás.
-
Dios… Mío… Sí, es usted un capullo, tenía mis
dudas, pero es un capullo – Héctor se hizo el indignado aunque en verdad no le
importaba una mierda.
-
Alguien lo tendrá que ser, ¿no? Sino el mundo
sería un coñazo – empezó a reír. Agarró a Héctor del hombro y lo teletrasnportó
a la azotea del edificio que les estaba haciendo sombra –. Perdona, no me gusta
que nada me haga sombra, me agobia; además aquí hace más fresquito.
-
Espera, ¿cómo has hecho eso? – preguntó Héctor
sorprendido, nunca había conocido a un fantasma con el poder de alterar a las
personas vivas. En teoría; por lo que él sabía, que era lo que podía saber
alguien en su situación, más bien poco; eso no se podía hacer, iba en contra de
alguna norma.
-
Práctica, no todos los fantasmas somos iguales;
es algo que tienes que aprender, algunos tenemos mucho más poder que otros –
sonrió, le guiñó un ojo a Héctor y se fue aproximando muy lentamente al borde
del edificio, por supuesto, sin soltar un segundo su maletín.
-
¿Desde cuándo podéis alterar la realidad física? - Héctor aún continuaba sorprendido, además
de que se empezó a marear.
-
A mí me lo enseño un fantasmita muy extraño, no
tengas prisa, ya le conocerás – John tiró el maletín bien lejos, y esperó unos
segundos.
-
Joder, qué mal me encuentro – vomitó, sí Héctor
vomitó. No es agradable el teletrasnporte, creerme.
Héctor levantó la
cabeza y el fantasma había desaparecido, entonces un aura blanca le rodeo y
regresó al suelo, a tierra firme. Aguantó tan solo dos segundos esta vez sin
vomitar, en cuanto pasaron lo soltó todo.
Se sentía
extasiado y abandonado, no entendía la relación de todo aquello con su día a
día, era como si estuviese viviendo dos vidas separadas. Su mente cada vez se
bifurcaba más y más, aunque últimamente la imagen de Lucía eclipsaba al resto
de pensamientos. No había otra como ella, su ternura y roce habían convertido
su vida en algo trascendental, algo que, a pesar de sus esfuerzos, no había
conseguido la música.
Regresó a la zona
en la que había aparcado el coche, ya se había medio recuperado y necesitaba
regresar a su casa para tumbarse.
El camino se le
hizo rápido, suele pasar cuando tienes mucho en lo que pensar.
Llegó al coche, abrió la puerta y se sentó. No tardó en
hacer descender las ventanillas y arrancar. Una vez solo, se relajó en el
asiento escuchando el aromático olor a cerrado de su automóvil y colocó la
radio para poder silenciar todo aquel ruido asqueroso. Siempre se mantenía en
la misma sintonía. Escuchó el rasgado de la guitarra eléctrica nada más colocar
con suma impaciencia el aparato reproductor en su hueco y pudo apreciar la
destreza de los guitarristas de rock mientras comenzaba a mover el volante con
desgana hacia la carretera. El viaje fue nostálgico, conducir siempre le había
hecho sentir alguien diferente, siempre le había conducido hacia pequeños
rincones olvidados de su pasado, a la vez que le permitía con cariñosa
simpatía, aparcar sus pensamientos y acariciar el desprecio a la precognición.
Pasado el tiempo su mente dejó de vaciarse y comenzó a dibujar el caluroso
recuerdo de una persona que a su parecer constituía el aspecto reencarnado de
la belleza. Una obra de arte compuesta únicamente por materia viva. Su deseo
hacia esa persona no era ni mucho menos común, más bien pecaba de abstracto, un
deseo pictórico, griego. Cada vez que imaginaba su mitificada sonrisa su alma
generaba un nivel insano de hormonas inconclusas, cuya satisfacción consistía
en sumirme en el horror de lo inacabado, el terror psicótico de aquel que es
incapaz de tocar aquello que ama, incapaz de salvarlo, incapaz de sentirlo en
su propia piel. Enamorado estaba de aquella mujer sensorial, aquella expresión
angelical, aquellos ojos marrones adornados por un leve verde cauto; de pelo
castaño sonrojado, piel nívea, hechizada por magia artesana. Su mirada escapa a
la comprensión de sus oníricas fantasías y sepultaba su honor y su tristeza en
un profundo baúl emocional donde ni sus dedos podían tocar aquel cuerpo tenso e
iluminado. Aun siendo su deseo carnal, su deseo sexual y pecaminoso una de las
razones más importantes de su amor por dicha mujer, por dicho espectro dulce,
la verdadera razón por la cual su mente física era incapaz de olvidar cada
centímetro de su reluciente mirada residía en su poderosa ternura, una mujer
que lucía en la noche con la frescura de quien viaja de día. Era un ente
superior que descolocaba su corazón y le aprisionaba en una cárcel de
sentimientos profundos y arbitrarios.
Sin darse cuenta
había llegado a casa, había aparcado y había apagado todas las luces de su
coche. Se encontraba solo en medio de un barrio muerto y somnoliento. Abrió la
puerta y abandonó aquel ataúd. Sus pasos eran firmes pero desconfiados,
apagados podría decir, ya que la situación lo exigía, el desánimo constituía
una enorme barrera anímica a la par que física. Sus ojos apenas percibían la
luz tenue de la noche, y sus oídos, no escuchaban más allá de sus pensamientos.
Abrió con seguridad irónica la puerta de su portal sin apreciar el chirrido del
mecanismo oxidado cruzando el umbral asfixiante del hogar sin propiedad. El
paseo por el ascensor digamos que fue corto. Llegó al tercer piso sin fuerzas
pero con decisión. Abrió la puerta de su hogar agotado; en ese momento lo
pensó, toda residencia no es más que el diminuto habitáculo del agotado humano,
lugar de culto onírico, lugar de descanso. Las pasiones deberían darse en
regiones de riesgo, nunca en el hogar, en el lugar donde todo guerrero, fuerte
o débil, descansa. Allí, en el apagado zulo donde los terrores le protegen,
allí, donde el calor le provoca frío y le atormenta. Al lado de la calefacción,
a un paso de la encimera de la entrada, apareció su madre con un vaso de
bourbon en la mano.
-
¿Qué coño haces aquí? ¿Acaso no te he dicho que
no volvieses? Eres un desprecio para nuestra familia, un repulsivo engendro de
tu padre, ojala te mueras – las palabras de su madre fueron sentenciosas y
horribles, y así las tomó él. Su cara no fue un poema, ni se sobrecogió, tan
solo asintió con la cabeza y dio un paso hacia delante –. ¿No me has escuchado
o qué? – el vaso comenzó a temblar –. Que te largues he dicho, que aquí no eres
bienvenido.
-
Déjame pasar, quiero ir a mi cuarto – replicó
Héctor seco y despectivo. Volvió a adelantarse, y, esta vez, intentó apartar a
su madre para poder pasar, a lo que ella respondió estampándole el vaso de
wiski en la cabeza. La sangre llenó la habitación, Héctor cayó al suelo en el
acto.
-
¡Que te largues joder! ¡Vete de aquí ya! – clamó
su madre asustada.
Héctor estaba
desorientado, asustado, veía la sangre correr por su mano mientras intentaba
taponar la herida, pero él no era de esos chicos que lloriqueaba, él era frío,
sus experiencias vitales le habían enseñado que o te pones tú en pie, sin
ayuda, o siempre estarás arrastrándote.
Se levantó, le
costó, pero se levantó. Fue a la cocina tranquilo, sin dirigir la mirada a su
madre.
-
¿A dónde coño vas? Vete de aquí joder – esta vez
su madre lloró, nadie sabría explicar el motivo pero lloró.
Cogió un trapo,
se lo puso en la cabeza y se fue de la casa.
Cuando llegó al
coche, se taponó la herida y se dirigió a casa de Marcos.
El viaje fue
tenso, casi estrella el coche en varias ocasiones, pero su destino o su
determinación lo impidió.
En cuanto llegó,
bajó rápido del coche, asustado, pero haciéndose valer, con valentía. Llamó al
timbre y Marcos le abrió, siquiera preguntó, Héctor le informó del problema y
él, raudo, apretó el botón que accionó el mecanismo de apertura.
Una vez arriba,
Héctor, cayó de rodillas y lloró, no pudo parar de llorar, le fue imposible
dejar de encharcar la alfombrilla con su pestilencia.
Alberto también
salió a ayudarle, ambos estaban ahí, no le pareció extraño, tampoco le
importaba en ese momento, solo quería ayuda, necesitaba ayuda.
Le tumbaron en la
cama cogiéndole entre los dos y manteniendo presionada la herida. Nada más
pasó, pues se desmayó.
Capítulo 5.
Me desperté con
él, abrió los ojos despacio, permitiendo que su párpado le protegiese
paulatinamente de la acalorada luz del sol. Contempló a su amiga, rota por
dentro, por lo que a él le había pasado y por lo que ella había vivido hace
relativamente poco, ni siquiera tenía sentido que estuviese allí, debería estar
junto a la policía explicando la situación, pues la gran verdad es que por
mucho que se lo mereciese, ella, por muy mujer que fuese, no debió de haberlo
hecho, o al menos, eso dice la ley.
-
Raquel… – dijo con la voz ronca y demacrada.
Apenas sentía las partes de su cuerpo, y cada vez que las intentaba mover,
parecía como si la gravedad quisiese mofarse de su ridícula fuerza.
-
¡Héctor! Al fin te despiertas… estábamos todos
preocupadísimos, espera que llamo al médico – no tardó en marcharse, le dio un
beso en la frente, por el cual se pudo dar cuenta de cómo una lágrima mojaba su
piel, y salió de la habitación con una sonrisa que casi no ve la luz.
-
Espera… –
no surtió efecto, estaba completamente desconcertado, envuelto en una sudorosa
sensación de frustración generada por su incapacidad, por su inevitable
deterioro y por su imposibilidad de abandonar ya ese lugar.
-
¡Bu! Bududu, ¿qué tal? O… ¿Qué? ¿Qué coño?
¿Quién soy yo? Mm… Quizá, no sé, quizá soy un conejo… ¿Tú qué opinas? –
apareció frente a él en un segundo, fue una aparición espontánea, nunca antes
había visto a un fantasma aparecer tan rápido. Era difícil de explicar, era una
persona, un hombre rudo disfrazado, iba como de un conejo vaquero o algo
parecido, una representación maniaca de algún perturbado que como todos murió
en extrañas condiciones, ya sabéis, un muerto viviente que había resurgido para
caminar por el mundo de los vivos y enseñar sus virtudes de genio trasnochado.
-
¿Por qué ahora? ¿Qué he hecho yo? – su voz era
tenue, se acababa de despertar tras largas noches de sueño profundo.
-
¡No quiero hablar de ti sucio egoísta! Me has
ofendido con tus patochadas – se quitó la máscara de conejo y realizó algo
parecido a una pedorreta, su cara era horrible, lo único que se salvaba era su
bigote blanco –, por tanto, como manda la ley… ¡Te reto a un duelo! ¡¡WIIII!! –
se quitó el guante y me golpeó fuerte la cara.
-
¿Pero qué coño haces? ¿Eres gilipollas o qué? –
sacó una pistola y apuntó a Héctor mientras se reía.
-
Tú, sí, tú… ¡Tú pierdes! – puso el dedo en el
gatillo, se metió la pistola en su boca y disparó –. ¡PUM! – el ruido de la
pistola hubiese dejado sordo a medio hospital si pudiesen oírlo, pero lo que
realmente molestó a Héctor fue el ruidito que hizo aquel payaso descolorido
cuando disparó. Se rio despacio, susurrando, cerró los ojos y desapareció.
Héctor no se lo podía creer. Raquel regresó con el médico justo cuando el
individuo se difuminó.
-
Ya estamos aquí…
– dijo el médico nada más entrar junto a Raquel – ¿Cómo estás? Te diste
un buen golpe, ¿qué ocurrió? Tus amigos aún no me lo han querido decir – el
médico parecía preocupado, pero Héctor continuaba embobado, mirando fijamente
el lugar donde aquel fantasma había desaparecido, cada vez le pasaban
situaciones más extrañas.
-
Em… Nada, nada – dijo Héctor desconcertado.
-
¿Nada, nada qué? – el médico no lograba entender
sus palabras y, mientras tanto, Raquel tomaba asiento mirándole con
incredulidad y ternura.
-
Ah, no sé, me caí, creo, no lo recuerdo muy bien
del todo. Fue un golpe tonto – Héctor mentía, no sabía muy bien por qué, lo
hacía de manera instintiva, sin ningún fin aparente.
-
Bueno… Parece que no me lo quieres decir. Has
sufrido un traumatismo craneoencefálico y has estado durante más de dos días en
coma, no sabíamos muy bien cuando ibas a despertar ni de qué manera, asique en
los próximos días te iremos haciendo una serie de pruebas. Si no tienes ninguna
duda, de momento vamos a dejarte tranquilo, puedes llamar a la enfermera en
cualquier momento – el médico fue muy educado y conciso, Héctor no prestó
atención ninguna, ni siquiera sabía de qué le estaban hablando, él continuaba
en su mundo fantasmagórico cuando el médico abandonó el lugar.
-
Raquel… ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué el destino
ha querido esto de mí? ¿Qué hice yo? No entiendo nada… Estoy luchando por algo
que se va desvaneciendo… Tengo pesadillas caminando dormido y sueños despierto,
no sé a dónde voy a llegar, mi vida no tiene ningún sentido, todo se deforma a
mí paso – a Héctor se le notaba cansado, agotado de tanto luchar por cosas que
vagaban y jamás se cumplían, como un mensajero que siempre tropieza con el
mismo perro antes de entregar el mensaje, pero él es íntegro, necesita entregar
la carta, dar ilusión, cambiar las cosas.
-
No lo sé, si yo te contase… Mi vida no va mejor
que la tuya… – quizá fuese egoísta lo
que ella hizo, pero eran amigos y se lo podían disculpar todo, no eran
rencorosos ni rebuscados – Tenemos el grupo… Al menos casi todos, ya te contará
Marcos, el caso es que yo es posible que también me ausente un tiempo, no sé
qué va a pasar después de lo de Carlos… Puto nombre, me ha arruinado la vida, y
encima tengo que pagar por él… – comenzó a llorar, pero no de una forma
abundante y dramática, sino por rabia, repleta de ira acumulada, avergonzada de
soltar la más mísera lágrima por ese asunto.
-
¿Qué ha pasado? No recuerdo casi nada de la
última noche, pero era un gran hijo de puta si me lo permites… Sí… ya me
contará Marcos, pero con lo mal que me van las cosas últimamente no me
sorprende nada ya, bueno, cuéntame, ¿qué ha ocurrido? – estaba apático,
desmoralizado, todo le resultaba banal ya, con tal, todo le salía como el puto
culo.
-
Lo maté Héctor, estábamos en mi casa y me fue a
pegar… asique, le estrellé una lámpara en la cabeza. Mi abogado dice que fue en
legítima defensa, pero ahora estoy en juicios y no sé qué pasará – lloró,
regreso a sus andadas de coleta y lágrima, envuelta por un aura gris que
aprisionaba sus ilusiones, era una chica extraña, jamás quería que la viesen
débil por muy hundida que estuviese.
-
¿Cómo? ¿Qué cojones pasó? Espera, tú no te
rayes, estate tranquila, todo se va a solucionar. Si necesitas cualquier cosa
aquí estoy no tienes por qué preocuparte de un gilipollas que casi te mata,
pasó eso… pero bueno, podría haber pasado algo peor asique no lo pienses, te
acompañaré a todos los juicios y estaremos juntos en esto, ¿vale? – Héctor
saltó como siempre, quiso ayudarla como fuse, buscaba cualquier manera de
hacerla sentir mejor pese a su situación, ya no le importaban sus problemas
solo que ella estuviese bien, nada más.
-
No te preocupes, estoy bien. Ya me conoces, no
hay nada que pueda conmigo – esta vez sonrió, pero Héctor pudo contemplar como
en realidad miraba hacia la ventana y una lágrima corría por su mejilla en
busca de un vida mejor, o simplemente, de cumplir su destino, estrellarse
contra el suelo y morir, haciéndonos ver que el dolor corroe, que cuantas más
gotitas surquen nuestra piel más nos demacraremos, más nos pudriremos sin poder
volver hacia atrás, sin poder recuperar todo lo perdido, tan solo consumirnos
por el caprichoso juego de la injusticia.
Permanecieron
sentados, el uno frente al otro, mirándose de una forma tierna que unía dos
pensamientos ya muertos, pues es muy posible que en otra vida hubiesen estado
juntos, pero en esta estaban condenados a ser amigos, hermanos por
convencionalismo social. En cierto modo podría ser culpa del instinto que
determina quién te atrae y quién no, aun así discreparía, su conexión era
realmente fuerte, por el contrario, pese a que me cueste admitirlo, aunque yo
aquí no sea nadie, ellos no sentían ningún tipo de deseo hacia el otro, Héctor
continuaba embobado por la persona que cambió su oscuridad por luz, pese a que
le abandonase y no sabía dónde estaba, él la quería, soñaba con su piel
blanquecina y sus ojos transparentes, de los cuales podía encontrarse con su
alma y su sonrisa espiritual, podía acariciar cada arruga de su corazón y
conquistar cada peldaño del castillo de su mente. Ya no veía sentido a nada, y
pesar de ello, ella seguía ahí, en su mente, otorgándole una mísera esperanza
que le conducía y le guiaba por la vida en busca de algo que él mismo desconocía,
en el fondo, en lo más interno, ella siempre estaba ahí, ella lucía como su
nombre, ella era única y especial. En cambio, Raquel… Raquel lo había perdido
todo, se había vuelto inmune a la opresión, a la congestión imparable del
dolor, estaba cansada, nadie lo podía negar, pero se mantenía de pie, ruda,
constante, consistente, pues su única ilusión era continuar y continuar hasta
el final de los días, dentro de sus principios no estaba el de rendirse pese a
estar hundida, pese a no dejar de sufrir, pero ella seguía ahí, luchando por
ser algo más que una simple mujer florero.
-
Héctor, voy a ver si consigo localizar a estos,
que aún no sé por qué no han venido, ahora mismo vengo – se levantó y se fue,
le abandonó en aquel lugar frío y desalentador.
Héctor miraba a
todos los lados en busca de alguna explicación a su pesadumbre, buscaba un
razón de ser, algo inexistente ya saben. No sabría decir si estaba loco o solo
reflejaba los desechos de un mundo andrógino. Cerró los ojos y se dejó llevar
por Morfeo, fue la única vez que obedecía de forma tan descarada a un Dios tan
poderoso.
Apareció
frente a mí, carente de vida, con los ojos en blanco y el cuerpo flotando en
medio de un mundo ilógico en llamas. Yo le miré con cautela, esperando una
reacción de él, un insulto o algún tipo de reproche, en cambio, lo único que
recibí fue su indiferencia, total y absoluta. Me miraba perdido, destrozado,
corroído por los designios del tiempo y el dolor, supurando cada pena sufrida y
contaminándose con su propio veneno. Le miraba y no alcanzaba a entender el
porqué, por qué ese ansía tan descarada de pudrirse a sí mismo, esa rabia tan
desencadenada hacia su propio ser… No lograba entender nada, yo no le había
hecho nada, tan solo le había mostrado una realidad irónica y perversa, una
realidad mugrienta que corrompe hasta al humano más íntegro. Yo solo cogí a un
hombre, le escogí a él y lo volví incorruptible.
-
Tú, tú me mataste – su cuerpo flotaba en la
nada, pero esta vez su mirada reflejaba rabia, lejos de estar vacías sus cuencas,
se llenaron de odio y me miraron fijamente, buscaban algo que no existía,
luchaba por una ilusión.
-
No se puede matar lo que nunca estuvo vivo…
Héctor se despertó asustado,
sudoroso. Apenas se acordaba ya del sueño, pero en su fuero interno algo
acontecía que le removía cada palmo de su intestino.
-
¿Qué tal tronco? Casi se nos muere un loco –
Marcos entró por la puerta junto a Alberto, se acercó a Héctor con rapidez y le
dio un golpe en la espalda sin importarle su situación o su estado, él era así,
impetuoso, solo se importaba a sí mismo.
-
¿Qué ha pasado? – Héctor aún continuaba en
trance, aunque la verdad es que no tardó en recuperarse y regresar a ese
asqueroso mundo que determinada cada movimiento de su vida.
-
¿Qué ha pasado de qué? Se te va la puta cabeza,
seguro que has visto a otro fantasma de esos – Marcos rio y le dio una
palmadita en la espalda a Alberto, los comportamientos humanos no tienen mucho
sentido a veces.
-
¿Cómo te encuentras? Raquel nos ha dicho que
estás bastante mejor, estábamos preocupados – Alberto se mostró afectado por la
situación, en el fondo era una persona muy sensible y atenta, a pesar de sus
locuras transitorias.
-
Gracias por venir, aquí estoy, no sé, todo es
muy raro, aun me encuentro algo mareado pero en general estoy bien – Héctor
miró a Raquel en busca de un apoyo femenino, en busca de un consuelo algo más
tierno, se encontraba perdido.
Raquel le miró,
pero algo raro pasó, su mente quería huir de aquel lugar, abandonar la realidad
y refugiarse en alguna cueva ilusoria donde poder descansar tranquilo. Los ojos
de aquella mujer tan ligada a él le proporcionaron paz, una extensa
tranquilidad que le desligó de las pesadillas de su alma. Se encerró en sí mismo, en la cruel
presencia de lo metafísico, de lo indefinible. Su mente voló por caminos
inhóspitos mientras vislumbraba como todo lo de su alrededor se emborronaba y
difuminaba a la par que le trasmitía una abrupta felicidad, una sensación de
ternura camuflada, de deseo incomprensible pero placentero.
-
Ten cuidado con Raquel que quizá te mate, no la
mires tanto, ella no te puede ayudar, a lo mucho te podría ayudar a llegar a la
luz – a Raquel no le hizo ni puta gracia, pero Marcos rio.
-
Tú eres gilipollas – Raquel fue contundente, no
se lo pensó.
-
Callaros ya los dos anda, que sois muy pesados,
y tú, Marcos, déjala en paz anda, que no es el momento – Alberto fue el único
cuerdo, pero a Héctor le dio igual, él continuaba en su mundo irreal, envuelto
en pensamientos harapientos.
Todo continuó igual, un par de
conversaciones insignificantes, un par de diálogos que parecían escritos por un
penoso cómico incapaz de hacer llorar a nadie, un panorama algo estrambótico e
innecesario, todo hasta que por fin Raquel y Alberto se fueron, dejando solos a
Héctor con Marcos, convirtiendo la estancia en un lugar tremendamente frío.
-
Lo siento tío, tengo que dejar el grupo – Marcos
fue al grano, siempre era directo, él no se andaba con rodeos, no lo
necesitaba.
-
¿Puedo saber por qué? Tío, teníamos un plan,
¿qué vas a hacer con tu vida? ¿Vas a convertirla en lo que todos quieren, en
una realidad insignificante? – parecía mentira, pero Héctor estaba muy
decepcionado, contaba con él para lograr lo que necesitaba, no era
imprescindible, pero le necesitaba.
-
Lo siento, de verdad que lo siento, pero he
conocido a alguien y nos vamos de aquí, necesito conocer mundo, necesito
desligarme de todo. No es que quiera una vida normal, pero necesito algo de
estabilidad, de verdad que lo siento, además, seguro que tu hubieses hecho lo
mismo – al final rio y dio la vuelta para irse, no quería entrar en ninguna
confrontación, le estimaba demasiado aunque él nunca lo reconocería, era
demasiado orgulloso.
-
Puedes hacer lo que quieras, pero no me esperaba
esto de ti, has estado conmigo en todo, y ahora… me dejas, bueno, tú sabrás, me
habré equivocado contigo – Héctor no medía las palabras, estaba descolocado,
todo lo que le estaba pasando no era ni medio normal, y encima ahora esto… que
sí, que bueno, que se lo podía esperar, sin embargo en su interior lloraba, y
deseaba lo mejor a su amigo, sabía que estaba haciendo lo correcto. Mejor eso
que desperdiciar su vida como él, mejor que destrozarse a sí mismo…
-
Adiós Héctor, espero que todo siga su cauce –
Marcos se marchó y le dejó solo, envuelto en sus histerias y preocupaciones,
compartiendo sus trastornos con la única persona que le escucharía, él mismo.
La verdad siempre
es triste y está contaminada por las limitaciones, condensada en pequeñas
partículas que arrancan la piel y la transforman en fuego incorruptible. Somos
desechos, compensaciones a la vida mediocre y tradicional que todos quieren,
excepciones transitorias que acabaran sucumbiendo a la cruel realidad de la
vida humana. Buscamos alejarnos de lo tradicional, de lo terrenal y al final
acabamos muertos en sus prados, en sus senderos, pues somos de su misma especie
y nos llama lo de nuestros semejantes a pesar de odiarlos o repudiarlos. Somos
decadencia, somos mediocridad, siempre imaginando la vida como un tránsito
irremediable y pudoroso, siempre caminando como burros por el pasto y
dispuestos a todo con tal de no aburrirnos. Somos la mierda del mundo, ya se
dijo una vez y es la verdad, somos la mierda, los desechos de la realidad.
Sí, así se sentía
Héctor en su cama, esperando que alguien le sacara de aquel lugar y se lo
llevase bien lejos, solo con su guitarra y su depresión, nada más.
-
¿Qué haces aquí solo? – preguntó un extraño
individuo con un sombrero y la cara completamente cubierta, no se le veía
ninguna parte de su cuerpo.
-
Otra vez no… Hoy no es mi día… – Héctor se
lamentó, pero le miró con curiosidad, buscando alguna explicación a semejante
improperio, aunque en el fondo sabía que no había explicación alguna, era un
fantasma. Suspiró –. Aquí, trabajando no te jode, ¿a ti que te parece? – el
extraño sonrió.
-
Curioso… ¿Sabes de algún lugar donde encontrar
tabaco? Tengo el mono y me gustaría poder agarrar un cigarrillo lo antes
posible, hoy no ha sido un buen día, aunque bueno, ¿qué te voy a contar no? –
Héctor alucinaba, todo era cómico y a la vez agobiante.
-
No, ni puta idea de dónde encontrar tabaco, pero
si lo encuentras tráeme un piti anda, que lo necesito yo también, a ver si así
puedo estar tranquilo un rato – Héctor giró la cabeza y cuando regresó al punto
donde estaba el individuo no le encontraba, había desaparecido.
Se recostó de
nuevo y volvió a intentar dormirse, regresó a sus fantasías y sus composiciones
artísticas ilusorias, intentó crear una canción mientras soñaba con
paradisiacos planetas los cuales jamás pisará, buscaba una salida, un lugar
bien lejos donde refugiarse y vivir como los antiguos, en una cueva y con tan
solo una hoguera para calentarse las manos después de cazar y de pintar
garabatos en las rocas.
-
Ya volví, parece ser que en la cafetería había,
toma uno – le dio un cigarro a Héctor, lo cogió y se lo metió en la boca, a lo
que el fantasmagórico individuo alzó el mechero y lo encendió.
-
Gracias, gracias, me relaja bastante. Como nos
pillen nos echan y lo sabes – Héctor rio esta vez, era obvio que no iban a
echar a nadie, ya le gustaría.
-
¿Qué opinas? ¿Crees que debería quemar el
edificio? – Héctor no se sorprendió de que aquel individuo lo dijese tan en
serio, con su personal y característica compostura de loco disfrazado.
-
¿Por qué no? ¿Quién te lo impide? – dio una
calada profunda y expulso el humo oscureciendo su visión de la habitación.
-
Nadie, nadie, pero no sé si sería lo más
correcto, quizá fuese mejor matar a todos uno a uno, sería más divertido, pero
por otro lado… no sé, el fuego purifica a las personas, a mí me purificó – era
una mezcolanza entre lo irrisorio y lo perturbador, una especie de cómico que
siempre te hace llorar.
-
Joder, me decepcionas, creía que eras el hombre
invisible, siempre le quise conocer – Héctor rio.
-
¿Quién? – el extraño se sorprendió.
-
Nadie, nadie – Héctor continuó con su risa
inocente.
-
¿Entonces qué debería hacer? ¿Qué opinas? –
retomó.
-
Quema el edificio – fue contundente.
-
¿En serio? – preguntó.
-
Sí, en serio. Puede ser divertido – dio otra
calada y le dio el cigarro al loco invitado –. Toma, úsalo.
-
Gracias, te debo una. Ya nos veremos – el hombre
desapareció sin decir nada más.
-
Hasta luego – dijo Héctor cuando ya se había
ido, de un modo bastante despectivo y apático.
Las llamas
comenzaron a replegarse por las baldosas del habitáculo y un miedo incansable
golpeó el pecho de Héctor, con tal contundencia que le aprisiono en un sueño
profundo, en un continuo estar, en la permanente muerte del cuerpo, presenció
por poco tiempo lo que para otros sería la revolución de la muerte.
La oscuridad se
cernió sobre sus ojos y no alcanzaba a ver absolutamente nada, tan solo oír,
como poco a poco, una nota crujía en la infinidad del espacio, como algo, entre
la nada, corría y se balanceaba. Él caminó, no muy despacio, ni muy rápido, se
acercó paciente, sin prisa, con el sentimiento de que aquello no era real, pero
sin llegar a saber del todo que caminaba por los senderos de un sueño
posiblemente inconcluso.
-
Cuanto tiempo… Hace mucho que no caminabas por
aquí, ¿A dónde fuiste? – de pronto, como si el mundo hubiese jugado su mayor
carta nada más empezar se encontraba frente a un hombre oculto entre la nada,
un hombre que hablaba con voz muy grave, cuyas palabras ascendían a lo más alto
a través de una vocalización casi perfecta. Un hombre, que envuelto en la
extrañeza de lo invisible, desprendía un aura de pureza, aun así, a pesar de su
aparente luz, Héctor estaba tremendamente asustado, corroído por el desprecio
humano y su depresión moribunda –. No tengas miedo, no muerdo. Acércate y
siéntate a mi lado, no esperes que las cosas las hagan por ti, ven y siéntate,
hay mucho de lo que hablar.
-
¿Quién eres? – Héctor estaba desubicado, sabía
que aquello no era real, y aun así temblaba, experimentaba como su cuerpo no
existía, como su presencia estaba allí, acompañada de una voz desconocida y a
la vez tan real, no entendía nada.
-
Entiendo tu confusión, entiendo tu estigma, pero
no va a pasar nada por escuchar a un pobre viejo, no voy a hacerte nada, no
tengo nada con lo que herirte, al menos no físicamente. Acércate y hablemos, tu
mundo y el mío no son tan diferentes, y hay momentos en la vida que todos
necesitamos de alguien que nos guíe, y tú, amigo mío, no eres diferente. A
pesar de que pienses que todo gira entorno a ti, no, no eres diferente – Héctor
se acercó muy despacio, como si algo le atemorizara, como a pesar de aquellas
cálidas palabras algo se escondiese detrás, siempre había convivido con la
presencia de extrañas personas, pero desde hacía un tiempo estaba comenzando a
tener unos sueños a los cuales no les encontraba ninguna explicación.
-
Ya estoy aquí, no sé si a tu lado, pero estoy
aquí, ¿qué quieres de mí? ¿Quién eres? – se sentó
a su lado y dejó que todo fluyera, la conversación nació de la montaña, del
hielo que se derrite, del rio que nace volando y que muere nadando.
-
¿Yo? Yo no soy nadie, tan solo un recuerdo de lo
que deberías haber sido, una imagen, un conflicto, un desengaño amoroso, yo soy
algo que pita en tu cabeza, algo que vuela sin alas, algo que deambula con
vendas en los ojos y manos cortadas. Soy algo que nunca entenderás pero que
siempre odiaras y al que al final recurres. No soy útil, no soy real, no soy
nada – los ojos de Héctor brillaban, se cristalizaban en aquella oscuridad
invisible.
-
¿Qué quieres de mí? – sus manos temblaban como
las de un adolescente en su primer orgasmo.
-
Hablar, necesitaba una conversación. Hacía mucho
tiempo que no hablábamos, desde que caminas solo no me escuchas, desde que
tienes consciencia de lo que eres te has olvidado de mí, por un lado es normal,
no te lo echo en cara, pero te echo de menos, de niño eras más accesible,
ahora… pues eso, prefieres el calor de otras personas, no te culpo, les pasa a
todos. Ya te lo dije, no eres especial, y en mi tiempo en esta oscuridad
abrupta he conocido a mucha gente, y hubo un personaje muy peculiar que llamó
significativamente mi atención, ¿por qué? No lo sé, quizá por sus abundantes
imperfecciones y por su claro deterioro espiritual, no es que yo sea religioso…
pero bueno, ya me entiendes. Esa persona hizo que contactase contigo, que me
acercase a ti y hablase contigo, pues necesitaba que nos comunicásemos, no
alcanzo a entender su finalidad, en el fondo solo quiere que le escuchen.
-
¿Qué dices? ¿De qué hablas? – Héctor estaba
desconcertado, el mundo en el que vivía cada vez crecía más y con él sus
locuras y misterios.
-
De nadie, eso no importa, lo importante es que
te diga que estás dentro de algo mucho más grande de lo que crees, que
perteneces a una realidad que se aleja de lo material, que aunque pienses que
eres alguien especial, no eres más que una ironía, un esperpento coronado por
la lujuria de la verdad.
-
No entiendo nada, y no entiendo porque me estás
contando todo esto, nunca me he creído especial, no voy a engañarte, es cierto
que muchas veces pienso que por algo tengo que estar aquí, pero no soy
especial, soy uno más, de hecho, soy mucho menos de lo que son muchas otras
personas, asique no entiendo porque me dices todo esto – Héctor mostraba dolor,
decepción y algo de enfado, pero no se alteró, ya no tenía ningún temor, el
llanto estaba por encima, un llanto que nunca llegó.
-
Todos somos páginas en blanco, ilustraciones mal
hechas de penes pequeños y controvertidos. No por eso somos menos valiosos, tu
corazón está ocupado y tus sueños visualizados, pero tu mente está en otra
parte, no te concentras, no luchas por aquello que realmente necesitas, no
luchas por encontrar respuesta, te conformas y piensas que ya sabes más que los
demás por el hecho de que cuatro idiotas te molesten de vez en cuando, no funciona
así, no tienes un don, pero tienes un privilegio, tienes una base que muchos
otros no tienen y lejos de sentirte orgulloso por ello, lo has interiorizado y
hecho de ello algo natural – sus palabras resonaban como en un teatro, y su voz
tranquilizaba la furia interna de un Héctor incapaz de enfrentarse a la verdad.
-
Sigo sin entender el porqué de todo esto, yo
solo quiero ser feliz, vivir tranquilo, no necesito fantasmas ni mierdas, no
necesito algo más, solo necesito sentirme en paz, alcanzar a través del arte un
nirvana que ni Kurt Cobain, necesito saber en mí mismo y encontrar paz en lo
que soy, no quiero nada más, la naturalidad en mi poder es algo común – Héctor
hablo claro y sincero.
-
Quizá nunca lo entiendas, pero quizá todo lo que
muestras no es más que una coraza que algún día se romperá y aparecerá el
verdadero ser que habita en tu interior y que ruge por salir. No eres un niño
ya, eres algo mucho mayor, no eres distinto, pero eres una persona con
capacidades, aprovéchalas.
La luz regresó,
las sábanas del hospital regresaron a su naturalidad, ya no estaban
carbonizadas, el suelo había recuperado su blanquecino color y el día
continuaba siendo el hogar del sol.
-
La verdad es que no me salió nada bien esto de
quemar el hospital.
-
¿Qué? Ya, a nadie le sale bien quemar sus
recuerdos.
-
¿Cómo lo has sabido?
Capítulo 6.
-
¿Qué haces aquí? – preguntó Héctor desde un
banco próximo a la carretera.
-
Nada… Vine a verte. ¿No crees que es bonito
mirar los coches? – dijo Lucía envuelta en una alegría momentánea
indescriptible. Sonrió, sonrió tan dulce que hasta Héctor se emocionó, era como
ver un ángel, como una caricatura de la realidad que mostraba todo lo hermoso
para ridiculizarse a sí misma.
-
¿Los coches? – Preguntó extrañado.
-
Sí, es curioso ver como entre tanto caos hay un
orden, aunque en cierto modo relativo, pero un orden. Es muy bonito contemplar
cómo van cambiando de carril sin chocarse, respetándose a base de leyes no
escritas, leyes que solo atienden a la muerte – Lucía admiraba atónita la carretera,
parecía hipnotizada por el tránsito desordenado de aquellos coches.
-
Es muy rebuscado, pero tienes razón, es curioso
verlo – dijo Héctor extrañado.
-
¿Cuál es tu sueño? – preguntó ella sin dejar de
mirar hacia delante.
-
En un mundo donde el arte se mastica fácil no
hay lugar para los sueños. Hoy en día los sueños no son más que copias
bastardas de la realidad, cuando en verdad, deberían de ser creaciones
alegóricas de un mundo dañado por la falsa moral.
Ella no contestó.
Él… Él se despertó en la cama de un hospital solitario, con las luces apagadas
y olor a muerte. No tardó en dormirse, después de todo, al día siguiente le
daban el alta, aun así el sueño le preocupaba, estaba demasiado obsesionado con
aquella chica.
Dos años después…
En la oscuridad
de lo repugnante y degradante, a la par que morboso, se escuchaban fuertes
gemidos de dos hombres que frente al ansia irracional de la violencia habían
decidido hacer el amor. Un amor desorientado y perverso que transformaba sus
deseos en endebles ilusiones fragmentadas por el alcohol y las drogas, muestra
de un arte impulsivo irradiado por el odio. Esta vez, Alberto, la única
percusión que escuchaba era los golpes desenfrenados de sus manos contra la
pared, algo bastante romántico a su parecer, en contra del pensamiento maniqueo
mayoritario.
-
Dios sí, sigue por ahí – Alberto no se cortaba,
tampoco su ubicaba, se dejaba llevar por el calor de un hombre desconocido y
desorientado, el cual no tenía mucho que decir más que…
-
No puedo más, joder…
Siempre comienza
la tragedia con un previo aviso de un loco encapuchado, pero esta vez solo lo
pude predecir yo entre la oscura sombra de una página en blanco.
Héctor abrió la
puerta del baño con fuerza, con una violencia poseída por su trastorno compulsivo, sus razonamientos
se limitaban a… “ahora estoy aquí, debo estar ahí ya”, en fin, es complicado.
-
¿Qué cojones haces? Tenemos que salir ya, ¿eres
gilipollas o qué? – Héctor estaba imbuido en una obsesión constructiva que
hacía de él una persona capaz, al mismo tiempo que una persona descontrolada.
-
Ya voy, ya…
– Alberto continuó con lo suyo, y su amigo de cama, bueno, ya me
entienden, prosiguió con su única hazaña positiva de la noche.
Héctor giró la
cabeza rápido tras escuchar un ruido, lo que no sabría deciros es que cosa
precedió a qué.
-
¿Qué coño está pasando aquí? – preguntó el dueño
del local, el cual no hizo más que preguntar una obviedad que le repudiaba,
puede sonar decadente, pero las miserias del sistema crean personas incapaces
de comprender lo ajeno a su visión intrínseca del mundo.
-
Nada, ya salimos – dijo Héctor colocando su mano
en el pecho del empresario. Esta vez Alberto y su amante frenaron y adquirieron
una posición anormal, pues, ¿qué es más normal que estar como animales
siguiendo nuestro único instinto real? Nuestra única verdad…
-
Esto no puede ser… ¿Qué cojones creéis que es
esto? ¿Un bar de ambiente? Y tú, quítame la puta mano de encima. Teníamos un
trato y en ningún momento eso os permitía hacer mariconadas en mi casa, os
quiero fuera de este bar antes de que os escupa, ¡Fuera! – su ceja se arqueó,
las venas de su cabeza se hincharon, algo similar a los que leyeron la primera
escena del capítulo.
Héctor cerró la
puerta, se apartó de él y asintió con la cabeza a Alberto.
-
¿Qué haces? – dijo el simio a Héctor.
Alberto se acercó
despacio, con los pantalones en el suelo y sus calzones atrapados en su pierna
derecha, le miró fijamente, como quien mira a una rata y le propició un
puñetazo en la sien que le dejó completamente fuera de sí, la gravedad y el
suelo hicieron el resto, siempre fueron buenos cómplices del que golpea
primero.
-
Bueno, ¿qué? ¿tocamos? – Comentó sonriendo a
Héctor –. Y tú… ¿A qué esperas? Vete ya de aquí. Menudo inútil – Su amante
abandonó el lugar como un zombi sin hambre.
-
Ve con Raquel, ahora voy yo – Héctor seguía
mirando atónito el cuerpo desmayado de un hombre sin valor.
Alberto cerró la
puerta del baño y dejó a Héctor en su absoluta soledad.
Su mente nadaba
por la sangre de su imaginación como pez en el agua, ansioso por encontrar una
luz que desvista su espíritu y convierta su cuerpo en algo inmaterial capaz de
resolver la gran verdad de las limitaciones.
Sus oídos se
agudizaron, lo que supuso que su percepción de lo nocturno catase unas notas
perdidas en la noche azul de un baño sin estrellas, solo vómitos pasados de
gente enferma, gente cuya mente no sabe volar, solo refugiarse en lo visible
para ser capaces de caminar sin un tropiezo que les abra la cabeza.
Las notas
aumentaban y su sonido se transportaba a través de la realidad y los sentidos.
Una figura
configuró una nueva apariencia logística del cuarto, un piano empotrado a la
pared emergió del suelo con una pianista joven y guapa, de piel negra y curvas
de atleta. Sí, una mujer hermosa cuya piel estremeció el vello de Héctor,
incluso el contoneo de su figura le abdujo a un mundo de perversiones y
parafilias casi psicópatas.
-
¿Por… Qué…? – Preguntó Héctor balbuceando
mientras la mujer acompañaba su entrada con arpegios vertiginosos de piano.
-
Mátalo, no merece vivir, toda alma cuya negrura
proviene de la suciedad de lo inmoral debe morir – su voz era suave como la de
una sirena que se intenta apoderar de tus deseos como si su música fuese el mar
de tus recuerdos y tú, un niño estúpido que necesita resucitar aquellos
instantes tan nostálgicos y felices, sin darte cuenta que eso pasó como un
barco impulsado por el viento hacia la nada.
-
Lo inmoral… Yo soy inmoral, todo lo que hago es
inmoral, no puedo matar a alguien que merece exactamente lo mismo que yo –
Héctor no estaba extrañado por la situación, se veía atraído por su belleza
carismática y su movimiento de manos.
Ella voló
transmutando su cuerpo con su ropa transparente de fina tela y apareció frente
a Héctor, traspasándolo hasta quedar detrás de él, cabeza con cabeza.
-
Tú, pequeño demonio, no eres más que el producto
de tus actos, tus actos hacen de ti una enseñanza, haces un uso práctico de lo
inmoral, en cambio, ese patético mono es un reflejo de una sociedad que no ve
más allá de lo que sus ojos y su mente basada en la experiencia les permite
comprender. Son animales que no han evolucionado, son hormigas que mimetizan lo
común y lo mundano, establecen sus valores en base a normas carentes de
fundamento y lo llaman verdad, pues alienan sus almas y crean seres que no son
más que su propia contradicción. Tú rompes esos valores con un fin, ellos se
adueñan de valores ajenos; que irónico; para poder vivir – su voz penetraba
como notas claras en su cabeza.
-
Aun así…
– Héctor estaba muy confundido, su cuerpo temblaba y su mente lloraba
consecuencias trágicas.
La doncella del
piano volvió a transitar entre la nada y apareció frente a Héctor.
-
Hazlo… – dijo con suavidad. Se acercó más a sus
labios y le besó.
Todo se esfumó
sin más, sin lógica aparente. Héctor se aproximó al muerto, abrió la mano y
apareció un trozo de cristal entre sus dedos, lo apretó, lo que hizo que
sangrara, y se lo clavó en el cuello al hombre tumbado. Un charco enorme de
sangre apareció en el todo.
-
Héctor, ¡Héctor! ¿Estás bien? – dijo Raquel.
-
¿Qué? – Héctor se dio la vuelta y todo regresó a
la normalidad, el cuerpo estaba en el suelo pero intacto – Em… Sí, sí. Vamos –
Salieron de la habitación a la vez, mientras, Héctor, contemplaba a su paso o
incomprensible de la situación que había vivido, cada vez estaba perdiendo más
el sentido de lo real.
La vida se va
pudriendo poco a poco, degradando el alma y convirtiéndolo todo en cenizas
mugrientas que queman con sus vestigios, pues no hay dolor más grande que el
recuerdo de lo perdido.
Él estaba ahí,
contemplando como su concepción de las cosas se esfumaba como el humo de un
cigarrillo devorado por la muerte silenciosa, como si la vida no fuese más que
una experiencia insignificante que finaliza con una nada mucho más estable y
tranquila, un lugar donde acariciar tus penurias y convertirte en un ser normal
consumido por la avaricia del todo. Ya no le preocupaba si el techo se
derrumbaba o si el suelo se precipitaba hacia el vacío, solo contemplaba un
escenario repleto de personas indecentes impacientes por vislumbrar como
rasgaba de mala manera una guitarra usada, solo esperaban escuchar letras
difusas que calmasen su ira y les encaminasen hacia una luz que devora las
almas como si de moscas se tratase.
Salió del
habitáculo y observó la situación con cautela y admiración, admiró el esfuerzo
que había traído a tantísimas personas a aquel lugar; subió al escenario entre
gritos y sonrisas desviadas. Una vez allí contempló el precipicio, el paisaje
hermoso que trascendía más allá del ruido y las personas, era una idea
escondida en muchos lugares, una idea que rebuznaba pasión y locura, una idea
que trasnochaba en su cama desde hacía demasiado tiempo.
Agarró la
guitarra.
Las cuerdas
estaban desafinadas, el público, mientras, miraba impaciente como si algo
estuviese ocurriendo, pero no, nada acontecía, a Héctor le había dado una leve
histeria y quería que todo sucediese como sucedía, todo sonaba fuerte y
estridente. Alberto, entendía lo que allí sucedía, seguía el ritmo con la
batería de forma natural y prosaica, hasta que de pronto, cesó el sonido,
estiró la cuerda y comenzó a tocar una canción que todos conocían, dando el
giro dramático a una situación que nadie hubiese esperado, y sí, por supuesto,
iba dedicado.
Él tocaba como si
entre sus manos hubiese una mujer carnívora, trascendía ante la nada y la
percepción, poseía cada pliegue de su piel contemporánea, y adquiría la mayor
habilidad del ser humano, ser capaz de no pensar, dejarse llevar por el
momento.
-
… –
Sus ojos no se enteraron pero sintió su presencia postrada a su lado, un hombre
alto con el pelo negro como su sombra, un sombrero de copa y un bastón con la
punta plateada.
Prosiguió con su
sinfonía infravalorada por los portadores de la verdad, por los sucedáneos de
los dioses y escuchó sus palabras muy dentro de él, se incrustaban en el
corazón y lo bombeaban con su presteza y desazón, un mal antiguo que transmitía
a través de los sentimientos más simples y profanos, un artista de otro tiempo
cuya única finalidad es encontrar el vanguardismo sacrificando la moral.
-
Huele a sangre… Huele a mierda enquistada…
Su voz resonaba
en su pecho como el pico de un cuervo que no consigue el alma de una mujer
abandonada.
Héctor siguió
tocando junto al sostén melódico de Raquel y la base instrumental de Alberto,
intentando olvidar su maldición de escuchar sonidos donde abunda el silencio.
Esa capacidad melancólica que cualquier músico necesita y no posee, o eso
dicen, y ya sabéis, si de algo hay que fiarse es de lo que nos dicen.
-
Huele a muerto, ¿no crees? – el
hombre se arrancó el brazo izquierdo y se lo comió. Se esfumó poco después.
Giró la cabeza en
la nota final y creyó apreciar un charco de sangre justo debajo de los
altavoces. No le dio especial importancia.
Regresó para dar
las gracias y largarse pero la vio, la vio a lo lejos, vislumbró su
inconfundible luz entre el público. Ahí estaba, observándole, contemplando un ser amorfo que camina sin rumbo y que se
pierde en la inmensidad. Ahí estaba, buscándole, buscando su mirada entre las
sombras de guitarras poco amadas.
No miró a nadie,
se fue al camerino, se cambió y salió por la puerta de atrás, y, para su
sorpresa, le estaba esperando.
-
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Me has echado de
menos? – lucía preguntó con su voz idealizada y Héctor, no, no lo dudó ni un
instante, la besó. Fue un beso pasional pero delicado, un beso suave, un beso
con sabor. Un beso que vive de tus ilusiones y las dibuja en parpados cerrados.
-
Podría decir que sí, todo ha sido muy extraño
este tiempo, no he pasado momentos agradables. Me alejé de ti pensando que todo
mejoraría en mi vida pero al parecer las malas influencias a veces son mejores
que la vida cotidiana que muchos nos intentan imponer. No puedo negar que el
camino que yo quería para mi vida distaba de lo que realmente anhelaba en mi
interior, no sé, pero bueno, da igual, ¿cómo estás? – se notaba que Lucía había
madurado, su mente estaba más clara y centrada, aun así, su voz seguía sonando
angelical.
-
¿Yo?, me conoces poco si haces esa pregunta,
todo fluye sin más, todo se muere a mi paso – se encendió un cigarro –.
¿Quieres dar un paseo? – ella asintió y comenzaron a caminar por el paseo de un
río que deslumbra por su entereza ante el cambio climático. No es necesario ser
el más grande ni el más caudaloso para ser hermoso.
-
¿Crees en los fantasmas? – preguntó Lucía.
Héctor no fue capaz de disimular una cara pálida y desagradable.
-
¿Cómo? – dijo sorprendido.
-
No sé, últimamente me he planteado que debe de
haber algo más allá, algo que nos conecte a todos, no entiendo si no cómo puedo
estar tan ligada a ti – dijo mientras le cogía del brazo y se acercaba a él, le
abrazaba y le daba un beso sincero en la mejilla –. No es que crea en los
fantasmas, ni que me refiera directamente a ellos, solo que… no sé, debes de
pensar que estoy loca, pero me parecen una figura que plasma a la perfección la
vida tras la muerte, la conexión con lo pasado. En cierta medida necesito creer
que no estoy sola, que algo me guía… – frenaron a la mitad de un puente que
cruzaba el río, dejando atrás un mundo lúgubre, y se besaron bajo la luz de la
luna, una luna que abraza con su calor y nocturnidad, una luna que apacigua el
alma y transforma el amor transitorio en familia.
-
Estate tranquila, hay algo más, hay un camino
para cada persona, un lugar donde cobijarse y una razón de ser para cada vida,
de eso no debes dudar, y si dudas, ese es tu camino – la abrazó con fuerza,
dejando que la cabeza de Lucía se apoyara en su pecho y escuchara como su
corazón latía con tierna tranquilidad.
El tiempo pasó
con presta lentitud, poca gente lo entenderá, o, por el contrario, esperemos
que mucha. Estaban ahí, contemplando el reflejo del río mientras el tacto de
sus manos dilucidaba su amor desinteresado y sangrante, un amor alejado, un
amor destinado. Es verdad que cuando pasa mucho tiempo se tiende a olvidar,
pero hay escasas excepciones donde el amor es más fuerte y aguanta un vendaval,
escasas ocasiones en las que el mundo puede caer que si esas dos personas se
vuelven a encontrar lloverá en sus hogares y las sábanas siempre estarán
mojadas. Así es el destino de cruel, te hace amar lo difícil y complejo, nunca
lo transparente y sencillo. Es por eso que la luna lucía con esperanza aquella
noche, es por eso que sus labios no huían y el misterio se ocultaba la piel y
no detrás de la tela de la vergüenza.
Se abrazaron con
delicadeza y Héctor le susurró algo al oído que jamás relataré, caminaron hacia
el césped que acariciaba el agua y se tumbaron. Se sostuvieron el uno al otro
en una lujuria presa de la libido más descarnada, desalojando un cuerpo que
poco tenía que aportar y evolucionando a seres sin limitaciones, alcanzando un
lugar donde las almas pintan y los cuerpos son pintados, donde las almas narran
y la piel se esconde en cuentos imposibles. Un lugar que muchos temen, un lugar
que nadie recuerda ya, un lugar abandonado por culpa del ansia terrenal y
mundana, un lugar al que te quiero llevar cada noche, sí, un lugar dedicado a
una persona muy especial, y tras el inciso, un lugar donde nadar sin necesidad
de saber nadar, un lugar donde volaron sin plumas, sin artefactos, sin magia,
un lugar exótico, un puerto en la nada, un puerto donde los piratas son adultos
y los niños no crecen ni temen la inmadurez. Allí se amaron, no es necesario
decir más.
La luna descansó
y cesó el sofoco, todo regresó a la normalidad y las palabras resonaron en el
todo.
-
Jamás nos olvidemos del hoy, ni de lo que ahora
sentimos, pues el futuro es incierto, por eso debemos guardar un pedacito de lo
que ahora tenemos, apoderarnos de ello y protegernos, pues somos uno, somos lo
único que tenemos y lo más hermoso que nos pasará jamás, tenlo en cuenta – dijo
Héctor con los ojos rojos, posiblemente porque jamás había sido capaz de tener
algo tan normal a la par que maravilloso, era su único refugio, la única
realidad tangible que merecía la pena, era ella…
-
No sé… No puedo prometer nada, no sé qué será de
mi vida, aún sigo perdida – ella estaba bloqueada pero le abrazó con
intensidad, en lo más profundo de su ser, aunque le costase asimilarlo,
dependía de aquella extraña persona que se asustaba cada vez que salía a un
escenario y veía fantasmas en los cristales de la realidad.
-
Yo estaré, siempre estaré… – Héctor se apoyó en su tripa y se durmió
escuchando su intestino.
El agua era cristalina, estaba caliente y
el aire salpicaba con un olor relajante, algo asfixiante a su parecer. Nadaba
alrededor de sus amigos, protegiéndoles de sí mismos y de sus fantasmas, nadaba
sosegado, contando el tiempo que conseguía mantener, escribiendo música en las
plantillas de su mente. Era una experiencia extraña, todos hemos vivido algo
así. Nadaba sin presión, sin angustias, riendo con cosas indescriptibles como
un chiste o una aguadilla, reían como si fuesen críos, como si la vida no les
hubiese obligado a madurar, recordando momentos pasados, sin tapujos, sin
prejuicios. Reían y bailaban en el agua, flotaban, pataleaban, se abrazaban, se
besaban, jugaban y experimentaban como si la vida no les pusiese limitaciones,
nadaban entre el mar y el río, nadaban en la piscina, huían de las fronteras,
huían de sus almas asustadas, huían de su realidad. Corrían en el agua,
buceaban esperando encontrar piedras preciosas que regalar, flotaban mirando un
cielo al que irían a visitar. Entonces, él se alejó, fue a buscar algo al fondo
de aquella piscina ilimitada, se adentró en la oscuridad, regresó y nada estaba
igual. Hacía pie, podía caminar a pesar de su velocidad, los veía en la lejanía
conversar, observaba cada momento y recordaba la experiencia, se acercó, pero
cada vez estaban más lejos y no avanzaba nada. Miró al agua y se comenzaba a
marear, el reflejo de su rostro se distorsionaba, la realidad cambiaba y la
noche se apoderaba de la luz, el sol abandonaba para dar paso a la comicidad de
la luna, entonces, se dio cuenta, no era más que un sueño, un sueño al que
llamaba vida.
A veces hay ganas
de llorar y no sabes por qué, no sabes de donde provienen. A veces sueñas
despierto y piensas que la vida está dispuesta a todo por ti, así se sentía,
así veía el momento, había sucedido algo que no alcanzaba a entender pero que
sabía que provenía desde muy arriba, que no era una decisión tomada a la
ligera, era algo que traspasaba barreras y le caía en forma de lección, una
lección que desconocía por supuesto, aun así, la lección estaba ahí, infiltrada
en su memoria y no tenía pinta de que fuese a marcharse pronto.
A veces caminas
despacio y piensas que el tiempo va seguir tu ritmo pero no funciona así, la
vida se te adelanta siempre y ataca con todo lo que tiene en su mano para
derrumbarte, quiere demostrarte que está por encima de ti y que tú no eres más
que un pelele que ansía el control, un control inexistente en una vida basada
en las limitaciones. Sí, así se ríe de nosotros, nos muestra que esta todo a
nuestro alcance y cuando estamos a punto de tocarlo, ¡qué digo!, rozarlo, tira
de ello y sonríe. Es todo tan irónico… Pobre Héctor…
La luna se
escondió tras unas nubes oscuras, tenía miedo de que la acosaran miradas
lascivas, a pesar de ir siempre provocando, no nos puedes quitar nuestro
derecho a mirar y más cuando es tan azul… Las nubes atronaron y la lluvia
empapó con dulzura un césped creado y dos cuerpos postrados a la expectación.
Corrieron rápido
de ahí y volvieron al bar olvidado, al reencuentro del soldado herido, al lugar
del resentimiento, al lugar donde habita lo patético, donde el alcohol exprime
tu cerebro hasta conseguir arder en tu alma.
Corrieron, fue
fugaz.
El camino no
supuso un problema, la lluvia un aliciente, sus manos la unión de mentes
pachuchas.
Una vez allí,
para sorpresa de ambos, se encontraron de frente a Raquel, fumando en la
puerta, tapándose como podía con el abrigo y susurrando mierdas cada vez que se
le apagaba el cigarro.
-
¿Dónde estabas? – dijo Raquel a Héctor.
-
Estaba con Lucía. Ah, es verdad, no la conocías,
pues bueno, Lucía, Raquel – Héctor las presentó a ambas sonriendo.
-
¡Hombre! Ya me habían hablado de ti, encantada –
contestó Lucía con entusiasmo. Miró a Héctor e hizo un gesto de aprobación.
-
Encantada…
– dijo Lucía con voz tímida.
-
Bueno qué, ¿recogemos? – esta vez se dirigió a
Héctor.
-
Sí, ya es hora – rio Héctor –. ¿Nos acompañas? –
preguntó a Lucía.
-
Mejor que no, estoy algo cansada y no quiero
molestar, mejor nos vemos mañana, ¿vale? – le cogió el móvil, apuntó su número,
dio tres pasos y se giró –. Llámame – le dio un beso y se marchó.
Capítulo 7.
“No busco dibujar bien, solo apaciguar a los dragones que
incendian mi interior”.
Todo estaba
oscuro y repleto de dramatismo, condensado en una realidad harapienta que
arruinaba su propia esencia mortal.
¿Por qué? ¿Por
qué escribes?
Héctor se asomó a
la nada, vislumbró como un hombre miraba el infinito, un hombre del cual solo
podía estudiar su espalda, pues no se podía reconocer nada más. Una figura en
el espacio, en la oscuridad más aterradora. Allí, entre el vacío y la soledad
se encontraban, algo irónico.
¿Por qué? ¿Por
qué escribes?
El mundo es algo
complejo, el mundo es un organismo que corroe y marchita. El mundo, el mundo es
una razón, una explicación a nuestras vidas, a nuestra paupérrima existencia.
El mundo, el mundo es una fantasía, una alegoría horripilante, una abstracción
de nuestra mente narcisista que no busca más que dar la razón a quien no la
tiene.
-
¿Dónde estoy? ¿Qué pasa aquí? – Héctor proclamó al eco que
alumbraba a la nada.
El silencio fue
funesto, ¿qué coño importaban unas estúpidas palabras en aquel lugar? Por
desgracia para muchos, las palabras siempre fueron importantes. Siempre fueron
aclamadas por nadie, por alguien que deambula por los prados de la perdición,
por el camino a la cascada infinita. Siempre fueron acogidas por una vida que
nace y muere en el corazón de sus víctimas.
-
¿Dónde estás? – una sonrisa se intuyó a lo lejos, detrás de
aquel cuerpo inmóvil.
Los genios habitan
en mentes débiles, en un arte común y estipulado. Los genios cosen sus mentiras
con alfileres finísimos, casi imperceptibles para la vista, pero ahí están, en
cada hilada, en cada atadura, en cada límite. Ahí están, firmes, seguros,
esperando que los comprendamos, que los amemos. Olvidarlo, no hay que amar lo
que nos corrompe, lo que nos impide crecer y evolucionar. Descosamos la vida,
destrozad la razón y la lógica y nadad por el jardín, sí, nadad sin sentido,
nadad hacia la nada, hacia vuestra meta.
-
Sí, ¿dónde me encuentro? – Héctor parecía impaciente,
asustado.
La cabeza da
vueltas, la esencia palpita, las mentiras aparecen y te consumen.
-
En el lugar en el que naciste – La silueta no se movió,
tampoco podríamos saber si movía los labios, tan solo narraba con voz poderosa
y apacible –. Mira, te voy a contar una historia, algo que me contó alguien,
alguien muy importante, quizá te haga entender algo. Tómatelo como la enseñanza
de un dragón viejo que solo anhela dejar de respirar.
La realidad se va
difuminando y la oscuridad lo conserva todo, cada detalle, cada mensaje.
-
¿Una historia? ¿Qué dices? ¿Qué cojones hago aquí? ¿Qué es
esto? – Héctor estaba irascible, podría ser un sueño, pero llevada demasiado
tiempo soñando.
-
Calma muchacho, ten un poquito de educación y escucha…
“Le
miré desde el pasillo, estaba sentado en el sofá, como siempre, pintando en su
cuaderno algún boceto abstracto. Estaba triste, como siempre, no sabría decir
por qué, pero lo estaba, se sentiría solo, marginado, abstraído, envuelto en un
mundo complejo del que no es nada fácil salir. Yo estaba preocupada asique me
acerqué, me senté a su lado y le miré durante un rato sin mediar palabra.
Contemplé su rostro, no presté apenas atención al dibujo, tan solo observé con
delicadeza sus hermosas facciones. Era un niño muy guapo, no entendía del todo
bien por qué malgastaba su vida encerrado en casa.
-
¿Por qué estás triste, puedo ayudarte en
algo? Necesitas salir a tomar el aire, te pasas la vida dibujando, hay más
cosas ahí fuera – le dije mientras le acariciaba el pelo con ternura, al fin y
al cabo era la persona a la que más quería y estaba preocupada.
-
No estoy triste – me respondió con una leve
sonrisa en la cara, como si escondiese algo, como si no quisiese decirme lo que
realmente sentía.
-
No estés mal hijo, la vida es complicada, te
dará golpes, tendrás que soportarlos, pero no puedes encerrarte, no puedes huir
de la vida, no puedes abstraerte, tienes que ser fuerte, es más, no puedes
intentar que la vida sea como tú quieres, la vida es como es y tienes que
amoldarte a ella, no eres más que un hombre, un pequeño hombrecito, pero al
final, un hombre es solo un hombre – le dije tranquila e intentando convencerle
de algo.
-
Pero mama… Yo no soy un hombre… Yo, yo soy
un pájaro….
Un
hombre es solo un hombre.”
La silueta, la sombra que no se
movía, se dio la vuelta y mostró la verdad. Era un hombre sin rostro, una cara
vacía, una representación del mayor miedo de Héctor, un hombre que no expresaba
nada.
Se despertó sudando y enseguida Lucía lo abrazó asustada.
-
¿Qué pasa? – dijo Lucía con tono de
preocupación.
-
Nada, solo ha sido una pesadilla…
Lucía le miró con ojos de enamorada, con esos ojos que perforan tu alma y
la hace endeble y vulnerable, esos ojos que convierten la rabia en ternura y el
deseo en lujuria. Una mirada tentativa, una mirada consoladora. Le dio un beso
suave, delicado, de esos besos que te hacen olvidar hasta la pesadilla más
horrible de todas, incluso el mejor sueño, aquel en que dejas de existir y
puedes vivir tranquilo y en paz o, simplemente, eres aceptado por todos y
puedes vivir cómodamente hasta tu funeral.
Lucía se sentó encima mientras continuaba besándole.
Le miró a los ojos mientras él seguía con los parpados cerrados y observó
como por primera vez se sentía a gusto, tranquilo, las únicas preocupaciones
residían en su incapacidad de controlar sus fantasías más perversas en aquella
situación, pero ella prosiguió orgullosa, tentándole a sacar toda su rabia
contenida y que la expulsase en forma de mordiscos ocasionales o leves arañazos
por su espalda.
El beso cesó, y por fin sus miradas conectaron, fue intenso pero breve,
ella empezó a moverse y se volvieron a besar, revolcándose por la cama,
gimiendo mientras sus respiraciones iban a contratiempo y sus balanceos impacientes
convertían la situación en un caos placentero e irrisorio, no dejaban de
sonreír entre azotes y coquetos contoneos.
Héctor la giró, la puso boca abajo y lamió su espalda, saltándose el
obstáculo del sostén, regresando al cuello como soldado suicida, mordiendo cada
pliegue, cada lunar que erizaba su piel. No tenía tiempo para pensar, la guerra
es rápida, arrancó su sujetador y se lo hizo morder a Lucía, le tapó los ojos y
con su lengua recorrió la espalda temblorosa de la única mujer capaz de haber controlado
las pasiones más oscuras de un hombre asustado de sí mismo. Llegó al culo, la
azotó, la marcó con ternura y ella soltó un leve gritito silencioso que desató
por completo el deseo de Héctor. Le quitó las bragas, y en aquella posición se
la metió, no de golpe, no con suavidad, entró primero con ternura,
mordisqueando a la par su cintura, hasta que ella estuvo preparada y embistió
susurrándole al oído un te amo tan intenso que apenas pudo entenderse. Ella no
pudo evitar gemir, esta vez de manera más sonora, y él, poseído por sus
demonios la acarició el pelo y se lo agarró, siguió un buen rato sin parar,
uniendo sus sudores, sin escrúpulos, sin ascos, hasta que ella se giró, le
tumbó en la cama y bajó por su cuerpo lentamente hasta alcanzar con deseo aquello
que todo hombre protege y lo lubricó, no porque hiciese falta, no porque nada
de aquello tuviese un propósito, no, simplemente porque su instinto más
primitivo se lo iba sugiriendo, les motivaba a ir cada vez más lejos. Estuvo un
buen rato ahí abajo, hasta que sin más, se la metió. Ella necesitaba moverse y
él disfrutaba mientras miraba su hermoso cuerpo deslizarse por su entrepierna,
le agarró de las tetas y se incorporó para besarla, pero esta vez no fue suave,
fue brusco, muy agresivo, quizá demasiado. Ambos se mordieron los labios, ambos
sintieron un ligero dolor, un dolor que se esfumó en cuanto comenzaron a gemir
por la hermosa conexión que había entre sus piernas.
Todo fue demasiado visceral, demasiado compulsivo. Acabaron sudorosos,
tirados en la cama y sin siquiera capacidad para abrazarse, tirados, derrotados
por la pasión, felices y tristes porque todo había acabado.
Todo acaba viejo amigo…
Héctor sintió un vacío en el pecho, cómo si algo hubiese pasado en otro
lugar y él lo pudiese percibir, como si todo lo que allí sucedía no fuese más
que una ilusión. Allí estaba, tumbado, mirando fijamente el techo blanco de
aquella habitación diminuta y recordando lo que le había impulsado a desatar su
pasión.
Deja de disimular, ¿acaso esta es
la vida que quieres?
La voz hubiese sonado extraña en la mente de cualquiera de vosotros, pero
en la suya, en la mía, no fue más que un acto más de una obra que parecía no
tener fin. Su cabeza comenzó a dar vueltas, a preguntarse si realmente hacía
bien, si Lucía se merecía aquella vida, no nos engañemos, él la quería, no de
cualquier manera, la amaba profundamente y había encontrado en ella la luz que
su corazón no profesaba. Una verdad real, no una mísera ilusión. En parte,
podríamos decir que era una válvula de escape, pero, ¿qué no lo es? Todos
tenemos idas y venidas, momentos de evasión, momentos de cordura.
-
¿Estás bien? – preguntó Lucía al verlo tan
callado, lo que al lector puede resultar algo irónico.
-
Sí, a veces veo fantasmas. Nada relevante, no te
preocupes – Lucía le miró extrañada, estaba desnuda, envuelta en un aura de
dulzura capaz de erizar la piel del hombre más frío, sentada a su lado, tapada
ligeramente con las sábanas, y aun así, en esa posición, se sintió afligida.
Yo nací de la sangre, del dolor de
un humano incapaz de nada, de los temores más asquerosos y banales. Nací del
desprecio a uno mismo, de la verdad, de esa verdad que aunque la escondas sigue
saliendo a flote, aparece y te llena de mierda. Yo nací de ahí, de la ruina de
los labios, de la apatía de la mente, del desprecio del cuerpo marchitado. Nací
de la culpa, del desasosiego, y lo peor, lo peor de todo, no es que yo no sea
más que un reflejo de un hombre carbonizado o simplemente invisible, sino que
soy el reflejo de un reflejo, pues tú, amigo mío, asqueroso amigo que no es
capaz de hacer uso del único arma real, estás muchísimo más jodido que yo. Eres
un cobarde, dejas que te manipulen, que abusen de ti, que te violen, y no haces
absolutamente nada. ¿Mi tortura? Mirarte, otear desde mi castillo inexistente
como cada día das un paso más hacia el abismo y te humillas. No soy un santo,
no soy la verdad, solo soy un monstruo, pero aquí estoy, no me dedico a
escribir palabras, vivo en tu realidad y me alimento de lo mismo que tú.
-
A veces no te entiendo… Lo mejor será que me
vaya a dormir – Lucía se dio la vuelta y se durmió, o por lo menos se hizo la
dormida.
Héctor no sabía a donde mirar, solo cerraba los ojos y esperaba callado a
que todo tomase otro cariz, pero la verdad flotaba en la oscuridad, el drama
sosegaba sus retinas y le permitía adentrarse en un sueño tan profundo como
misterioso. Una luz apareció entre las tinieblas, una luz tenue, sin apenas
brillo, una luz que tan solo permitía ver el rostro de un hombre elegante, con
gorro y bastón, trajeado y dispuesto a cabalgar sobre un caballo blanco, aunque
en realidad las apariencias siempre engañan, pues era una persona lúgubre, un
hombre siniestro y violento. Su cara… ensangrentada. Sus ojos… rojos como el
cielo antes de perder la luz. Se asustó y abrió los ojos de golpe. Examino
lentamente el techo en busca de un cuadro actual, de esos en lo que lo único
que se ve son sentimientos propios, de esos que nosotros hacemos la mitad del
trabajo. No vio nada, solo miró a lucía y la abrazó.
Por mucho que intentes huir de mí
no desistiré.
Héctor giró la cabeza pero no vio lo que tenía en su cerebro, tan solo
contempló como una enorme armadura irrumpía en su habitación. Un caballero de
la antigua usanza moraba por su santuario, por su adormecida habitación. Era
algo regordete, con un semblante blanquecino pero hinchado, de mofletes grandes
como se diría a día de hoy.
-
Buenas noches don Héctor, ¿se encuentra
disponible? – Héctor se quedó petrificado, no estaba en posición de conversar
con otro fantasma.
-
Mejor me voy a dormir – contestó Héctor con
desgana.
-
Por favor espere, necesito hablar con usted. He
perdido el grandioso nombre que me amparaba – la armadura hacia un estridente
ruido cada vez que aquel hombre extraño comenzaba a hablar, era como si su mandíbula
fuese capaz de hacer mover toda una armadura.
-
¿Qué dice? ¿No ve que estoy durmiendo? – a
Héctor se le pegó algo de aquel formalismo irracional.
-
Sí, lo veo, pero, ¿acaso eso le escusa? ¿Cómo
puede negar la ayuda a un hombre perdido, abandonado por su identidad, en busca
de un nombre oculto en las profundidades de un alma rota? Es usted un ser
cruel, frío, sin corazón en el pecho que caliente su piel. He venido de muy
lejos con el único fin de pedirle ayuda a vos, un señor capaz de hablar con los
muertos, un hombre digno de escuchar mis humildes penas – el hombre rasgaba la
voz cada vez que respiraba.
-
Cada día entiendo menos mi vida… ¿Qué nombre? Yo
no sé nada de ningún nombre – Héctor estaba frustrado, sentía un vacío
incurable en su interior.
-
Mi nombre, el nombre que domino estas tierras
hace miles de años, el nombre de un valiente guerrero que asesinaba a sus
enemigos con astucia y el filo de su espada, imponiendo su saber con la fuerza
de una estocada. El nombre de un muerto que no recuerda, de un hombre vivo sin
cuerpo, de un hombre con alma y sin corazón – el hombre de la armadura parecía
que canturreaba mientras hablaba, narraba con pasión cada palabra que nacía de
su boca.
-
¿De dónde salís? – preguntó Héctor incrédulo.
-
No lo quieres saber – resopló el hombre –. Nací
del vacío, soy presa de un deseo escondido en algún desalmado, o quizá solo el
recuerdo olvidado de una persona indecisa. No somos más que la consecuencia de
un destino caprichoso, cabalgué durante año y solo encontré miserias en la
bruma. Usted no lo entiende, no soy un fantasma cualquiera, no soy un hombre,
soy una espada, un arma capaz de destruir cada límite que se esconde en tu
mente, capaz de desollar a los animales más sanguinarios que acechan sus
sueños. ¿No lo ve? El mundo se pudre, y no es la peste, los sentimientos se
estancan, la gente ya no lucha, ya no persevera – miró por la ventana y
permaneció estático durante unos segundos –, permiten que la suerte se apodere
de ellos, de sus angustias, de sus miedos, de sus anhelos más profundos y
descabellados, no somos más que eso, reflejos, copias dirigidas por poderes que
ni nosotros mismos conocemos, reyes, reyes malvados, dragones que escupen fuego
desde elevadas torres que ni alcanzamos a ver. Son dioses, usemos nuestras armas,
nuestros puños, usemos nuestra mente y venceremos.
-
Nada de eso existe, no hay dragones, no hay
monstruos, no hay poderes ocultos, desvarías. La única verdad es que estamos
encerrados en una realidad absurda y aburrida, lo único que nos queda es
aprovechar cada instante de felicidad que nos regala, aunque sea falso, aunque
esté en un vaso vacío o en un polvo blanco oculto en un cenicero. No hay más,
la realidad es simple, yo veo fantasmas, tú eres un estúpido fantasma y mis
miserias me atormentarán por el resto de los días – Héctor se tumbó, se dio la
vuelta y cerró los ojos.
Algo resopló como una brisa, como un viento apacible y ligero que surco
la habitación, destapando a lucía y engañando a los oídos de Héctor con un
susurro casi imperceptible, sí, casi, porque lo escuchó como el canto de una
hermosa sirena atado al mástil de un barco húmedo y trágico.
-
Los dragones existen y están en nuestra mente,
los poderes no están en la realidad, no manejan a las personas desde fuera, no,
mi gran señor, los seres que nos dominan y aprisiona están ocultos en un lugar
mucho más peligroso, en un lugar donde nadie mira ya, los dragones están en el
alma.
-
Entonces su nombre no es otro que el de “locura”
– contestó Héctor con desprecio.
-
Gracias mi señor, por fin lo vuelvo a oír… Fue
la locura quien derrumbo los muros, quien aplastó a opresores con su espada y
quien conquisto el reino, el reino más importante de todos, el de uno mismo.
Héctor se durmió como si las palabras llevasen un fuerte somnífero
impregnadas en su pausada pronunciación.
¿Me escuchas? No debe ser difícil
escucharme en sueños, por algo estoy aquí. Debo contarte algo, es muy
importante.
-
¿Quién
eres?
Hace bien poco leí que para ser
capaz de escribir un buen libro, lo primero que debes de hacer es comenzar con
algo muy triste, algo capaz de atraer las simpatías de los lectores, no me
juzgues por llegar algo tarde, como bien he dicho en numerables ocasiones, no
soy ni seré un buen escritor.
-
¿Cómo?
La noche era oscura, poco
iluminada para ser una noche de invierno, fría y lluviosa. Debería decir que la
luna tenía la obligación moral de que aquella noche lloviese como si no hubiese
un mañana, como si nunca más volviéramos a disponer de agua en el mundo, pero
así era, llovía como si Noé estuviera llorando de la risa. Yo, en mi apatía natural
caminaba por la calle, con las farolas a medio iluminar y las prisas de la
gente. A lo lejos, entre la bruma y la soledad vi a una mujer en un banco,
oculta por los arbustos y los árboles desnudos. Anduve hacia ella, con
discreción, sin aproximarme mucho, no tenía ninguna intención de hablar con
ella, tan solo de mirar su figura y su cara. No me voy a justificar, todos en
esta vida hemos pecado de superficiales o nos hemos dejado llevar por la pasión
material.
Ella no me vio, pero escuchó mis
tenues pasos cerca de donde ella moraba, giró con suavidad la cabeza y se
percató de mi existencia. Aproxímate, me dijo con la voz más dulce que he
escuchado jamás. Yo, incauto, fui hacia ella con la mirada engatusada por su
hermoso rostro. Su pelo precipitaba hasta sus hombros, sus mofletes iluminaban
lo que aquellas asquerosas farolas no eran capaces de alcanzar y sus ojos se
adentraban en mi cuerpo sin permiso alguno atentando contra mis muros. Su
figura era digna de admirar, apenas recuerdo como iba vestida, lo único que
consigo rememorar era que su cuerpo impactó en mí como las estrellas en un
joven que viajaba con su novia y, en un momento de debilidad, él le entregó su
corazón en el altillo de una casa muy lejos de su hogar.
Me miraba curiosa, impaciente,
sentía que si no me hablaba ya iba a desaparecer en la nada. Siéntate a mi
lado, no tengas miedo. No voy a engañarte, sentí pavor, no solo por su
hermosura, sino también por la extrañeza de la situación.
… –
Héctor quedó anonadado, a pesar de su incredulidad, no podía dejar de
escuchar. Ahí reside la hermosura de los sueños.
Yo me senté, la miré a los ojos y
no dudé en contarle lo que sentía, sufrí un arrebato de dulzura y pasión y lo
solté de golpe, me he enamorado nada más verte. Ella, impactada por tal acto de
estupidez y valentía se mantuvo impasible durante unos largos segundos. Yo no
puedo corresponderte me dijo, yo nunca voy a darte lo que necesitas, jamás,
sino, no estarías enamorado de mí. Fue cruel y despiadado, jamás unas palabras
me habían dolido tanto, jamás había sentido tantísima rabia ni había llorado de
esa manera, me escocían los ojos, pero aún más el alma, la sal perpetraba mi
herida y yo tan solo fui capaz de preguntar, ¿por qué? Fui muy estúpido, no te
voy a engañar, no todo en esta vida hay que saberlo, hay cosas que es mejor no
conocer jamás. Pues porque, mi enamorado desconocido, yo soy tus sueños, tus
metas, tus deseos, y, mi único amor, es el fracaso.
Héctor despertó pálido, colérico. Su cuerpo necesitaba destruirse y su mente
olvidar, asique, en la penumbra de la noche, fue hacia la cocina, sacó del
mueble un wiski barato e impregnó la copa de ese brebaje pagano. No dejo de
beber, siquiera cuando caminó hacia el sofá, ni cuando se sentó en él, solo
bebía y mareaba sus pensamientos con un alcohol corrosivo que entraba en su
garganta cual magma enfurecido. Sus bostezos eran casi imperceptibles por su
cerebro endemoniado y su tristeza oculta en los vaivenes de sus ojos,
angustiado por una idea que jamás había llegado a plantearse, se había
adentrado tantísimo en el corazón de las tinieblas que ya no recordaba lo que
era o no era real, todo se esfumaba como el humo del cigarro en la noche
eterna, como susurros de amor en el cementerio, como ángeles poseedores de la
verdad que afirmar conocer y no se dan cuenta que el conocimiento reside en lo
relativo, en lo personal. Todas las palabras volaban, todos los pensamientos,
recuerdos; flotaban en el aire, regocijándose del malestar de un hombre que
solo buscaba un camino que seguir, un sendero libre de insultos o piedras que
lo único que buscan son pies doloridos para hacerles tropezar. Ahí, mientras la
luna cantaba la llegada de su amor, él añoraba cada paso por la vida, cada
momento tierno y ansioso, cada error, cada caricia, pero algo más le
atormentaba, algo cruel, algo sucio. ¿Estaba ella realmente en su cama? Su
mente se nublaba cual luz en la taciturna carretera. Sus pasiones afloraban,
sus deseos más oscuros, pues ya saben, es bueno ser desconfiado, ser gris en un
mundo de claroscuros, pero hay momentos de duda, pues lo relativo lleva a la
incapacidad, a la negación, al bloqueo. Y ahí se encontraba él, asustado,
temblando de miedo, abrigado con una manta y con la copa desperdigada por el
suelo, contemplando como el alcohol marchitaba la vida de la alfombra y su
sudor empapaba la manta que cuidaba de él. Estaba solo en el mundo, nadie
atendía sus suplicas, no había Dios que le socorriera, amor que le ayudase, ni
hogar donde resguardarse. Era culpable de todo aquello, de toda la penumbra,
del gris margen que separaba su realidad de la verdad. Era culpable de caminar
por una tabla de madera sin final, sin mar al que caer ni barco al que volver,
sobrio en sus pensamientos, ebrio de placer, de acción, de terror a girar la
cabeza y ver como su amada no está, se fue a un mundo del que nunca quiso saber
nada, del que nunca logro entender nada.
-
Sabes lo
que debes hacer, haz desaparecer todo aquello que te limite, haz desaparecer
todo, tú perteneces a un mundo mucho más complejo… – regresó, una sombra
tras el sofá, él no miró, no quería volver a contemplar su rostro. Se aproximó a su oído y, con el brazo cortado
y chorreando sangre, le dijo algo que Héctor jamás olvidó –. No debes temerme, debes temerte a ti mismo
pues Dios tan solo fue el reflejo de
lo que nunca creó.
Héctor palideció
bajo la lámpara, observando como el alcohol ya no protagonizaba ninguna escena
sucia, al contrario, era lo único que impedía a Héctor admirar la sangre
caliente que surcaba el suelo con grandilocuencia y serenidad.
-
Acaso piensas qué realmente ella…. – susurró
Héctor.
El silencio
contestó a su pregunta.
La pena engrandece al débil y la muerte deserta al fuerte,
no somos ángeles, no somos demonios, vagamos por lares insufribles, entre el
todo y la nada.
Se levantó escaso, alcanzó un papel y escribió una canción,
una canción que se convirtió en poema, un poema escrito por la dulce psicosis
que le atormentaba, una canción disuelta, un poema que jamás existió:
Nuestra apatía
somnífera
conversa con la controversia,
con el amor carnívoro
y agresivo del
reverso.
Nuestro deseo refleja
el fondo flojo de una
sociedad compleja
y adversa que ama del
revés.
No soy más que el
santo muerto,
la libido mártir
de tu corazón
perplejo.
Amante del partir,
del reflejo,
de tus labios rojos
carnosos
y tus piernas
"amateur".
¿Me amas?
No compensa,
no converso con la
locura.
¿Me odias?
Siento fobia
al ascenso de la
cordura.
Soy ateo,
no me ates,
no me toques,
no me sometas,
tan solo contesta,
sé sincera y
destrózame;
consuélame, pues mi
alma está absorta
por los pliegues de
tu piel.
Sé imperfecta,
sé completa
y condensa mi rabia,
la ira que amedrenta,
que daña y me apresa.
El calor de tu sien.
Somos cien, somos
uno.
Somos solos,
somos en conjunto.
Nunca fui gracioso,
tan solo un ser
ocioso
amante de tu carne
incandescente.
Fóllame sin prisas,
con rabia, con
pasión.
Sé mi musa en algún
rincón,
por un rato,
sin razón.
Será corto;
la vida lo es.
Estaré roto;
la realidad lo está,
pero atenta,
escucha,
pues volaré.
No sé si fue el alcohol o el reflejo de sus piernas en la
habitación, no sé si fue que Héctor la veía sin mirarla o que la vida alcanza
más de lo que uno puede observar, no lo sé, porque solo él estaba en el salón,
releyendo un poema carente de significado y con la mayor verdad que jamás había
escrito. Dejó el papel en la mesa con sumo cuidado, con la presión de quien no
comprende, con el tacto de quien no se tiene en pie y por eso se mantiene
sentado con las piernas cruzadas vagando por un mundo devastador, un mundo que
hiere con su prosaica verborrea.
-
La ves, la ves sin mirarla. Solo tú sabes por qué – Héctor volvió a oler aquel repugnante hedor putrefacto
detrás de su sofá, respirando en su nuca y arañando su cerebro.
Se levantó
despacio, miró su guitarra colgada de la pared y arpegio sus cuerdas con la
mirada. Recito en su cabeza las palabras que tanto le atormentaban, nada era
real, nada acontecía, todo era fingido, todo era una obra de teatro manchada de
sangre, de su sangre impía, solitaria, carcomida. Todo era una farsa burda, una
mentira que dañaba su ser, amedrentaba su afligida ánima y carcomía su piel.
Héctor no dejaba
de arañarse los brazos con las uñas de las manos, de rechinar los dientes con
ferocidad de forma inconsciente.
Abrió el primer
cajón de la cocina, el que estaba situado debajo de la encimera, donde las
sartenes crean arte y las personas quedan por fin saciadas con él.
No es necesario
decir lo que sacó, no es necesario presumir de la ira que le envolvió, no es
necesario describir lo que hizo, no es necesario herir la sensibilidad de quien
no es capaz de entender nada de lo que aquí sucede, no es necesario pero lo
agarró con fuerza, se aproximó a una cama impregnada con el más dulce olor, con
la más intensa fragancia, con la única belleza. Una cama que arropaba a la
juventud, a la plácida desnudez, a la bondad incrédula, a la incandescencia. Un
hogar del placer más hermoso y perdido, donde el tabú habita innecesariamente y
la ira es dulce y no cruel, donde los besos muerden y las palabras escasean,
donde los gemidos gritan y lo suave es místico. Allí, en la ceguera de la
noche, mientras las estrellas lloraban lo que un día amaron, se perpetró una
confusión.
La sangre no
desentonó, no se escuchó ningún grito, ni ninguna súplica, fue algo rápido y
lúgubre, como un beso en un altar, como una prisión tras un papel, como un
disparo al envejecer.
Fue rápido como
la vida.
La sangre caía y
embelesaba las sabanas con su ternura irracional…
La habitación
quedó cubierta con un silencio intenso, apasionante, seductor. La habitación se
sumió en la tristeza más tensa y concienzuda mientras el amor salía por la
ventana, mientras el deseo se ocultaba en la violencia y las miradas
incriminatorias se escondían en la conciencia.
La guitarra ya no
sonaba en la cabeza, ni ninguna voz fantasma, tan solo un insufrible goteo, la
sangre se precipitaba, el líquido se amoldaba al suelo, y durante el lento
proceso, el sonido se hacía cada vez más estridente, gota, gota, perforaban su
cabeza, gota a gota.